“¿Aburrido de lo mismo? ¿Busca una universidad con principios educativos y a la vez divertidos? Venga a la Universidad Cuadrática, donde le enseñaremos lo que es aprender viviendo”.

Luchino vio el panfleto con cierta curiosidad. Acababa de terminar el colegio y buscaba una universidad donde estudiar. No pudo contenerse más y decidió averiguar cómo se aplicaba al examen de ingreso.
–Luchino, ten paciencia –le aseguraban sus padres–  no sabes nada acerca de esa universidad.
Tenían razón, y fue por eso que Luchino decidió averiguar más al respecto.

Al llegar, se quedó asombrado con la inmensidad de la misma. Se aproximó al gran portón en la entrada, esperando que alguien lo atendiera. Sin embargo, el único personal que yacía en el lugar era un sólo hombre uniformado. Luchino, se acercó cuidadosamente al hombre que cuidaba las instalaciones.

–Señor, disculpe, quisiera saber donde puedo conseguir más información sobre esta universidad.
–Dígame, ¿usted está interesado?
–¿Perdón? –dijo Luchino extrañado de la pregunta.
A esto, el vigilante se levantó de su banquillo, estrechando la mano del aturdido muchacho.
–Mi nombre es Ruprieto Benavio, soy el dueño de esta universidad.
–Mucho gusto, soy Luchino  y pensaba ver que facilidades dan en esta universidad para ver si postulo al examen de ingreso.
Ruprieto se recogió el bigote.
–¿Vas a ver a que universidad entras, eh? No te hagas la vida difícil. Te daré un tour gratuito.
Asintió con la cabeza mientras el viejo abría el portón de la universidad. Dentro del enorme portón, a las justas cabía un estrecho pasadizo por el cual entraba nada más una persona.
–Este pasadizo –murmuró el bigotudo– sirve para controlar a los alumnos que entran y salen de nuestra universidad.
–No entiendo, ¿no se supone que la entrada debería ser mucho más abierta para que los alumnos puedan entrar y salir más rápido?
Ruprieto se rió.
–Al contrario, mi querido amigo. Es más fácil controlarlos si ingresan de uno a uno. Lo cual, desgraciadamente no es suficiente.
Luchino lo miró con cara de asombro.

Unos cuantos metros más al fondo, una enorme puerta bloqueaba el estrecho camino.
–Como verás –dijo el viejo mientras abría la puerta– en nuestra universidad nos preocupamos mucho no sólo por que el alumno aprenda las clases sino también queremos que se conviertan en verdaderos deportistas.
La puerta llevaba a un vestuario.
–No comprendo, señor Ruprieto.
–Ponte esto encima –indicó entregándole ropa de buceo– si realmente quieres conocer el resto de la universidad.
Invadido por la curiosidad, se puso la ropa de buceo en el vestuario, el cual para este entonces ya era lo suficientemente ancho para poder considerársele un cuarto. Al fondo, unas escaleras descendían hacia una piscina que abarcaba todo el grosor.

–Los alumnos y docentes tienen que nadar a través de la piscina para poder llegar a sus aulas de clase. No se puede entrar de otra forma.
Luchino se puso el buzo con rapidez, avanzando hasta bajar por las gradas de concreto. El agua se mostraba tibia. Pronto al bajar descubrió que la piscina no tenía piso.
–Maldita sea, ahora tendré que nadar –pensó para sus adentros.
Pero en sí, la reconfortante tibieza del agua lo reanimó. Comenzó a nadar, braceando intensamente. Faltaba. Cambió entonces de postura, nadando de espaldas, luego estilo mariposa. Ya casi sin fuerzas, divisó muy próximo a él la orilla. Lo había logrado. Subió las gradas y se tumbó en el pasto que se hallaba a unos metros.

Cinco minutos permaneció tendido así, sin aire, cuando escuchó el sonido de un motor sobre las aguas. Era Ruprieto aproximándose en una lancha.
–Disculpa la demora, muchacho. Ahora prosigamos con el tour. No tengo mucho tiempo, así que te mostraré como funcionan nuestros salones de clase.
Comenzaron a caminar a través de la franja pastosa, y Luchino notó que mientras más avanzaban, se encontraban con más árboles. La caminata se hacía ahora cada vez más difícil. Ruprieto, con una hoz en la mano, cortaba los densos ramajes que se atravesaban en su camino. Pronto no se veía nada.

–Bueno, como verás, nuestro jardín está densamente poblado de árboles.
–Sí, ya veo, ¡es mas bien un bosque! –dijo Luchino sorprendido.
–Con esto, logramos que nuestros alumnos estudien en un ambiente propicio y lleno de aire puro que le dará mejor vigor a sus clases; al mismo tiempo contribuimos así con la preservación de los bosques amazónicos. Cuidado con la boa.
Ruprieto alzó su pierna en el momento justo en que una boa atravesaba su camino.

Pronto, los árboles fueron disminuyendo y el sol volvió a destellar, cegándole a ambos los ojos. Esta vez el camino estuvo bordeado por una acera que los dirigió hacia los ya vistosos pabellones de la universidad.
–Hemos llegado, acompáñame al primer pabellón por favor. El ascensor se malogró así que vamos a tener que ir por las escaleras eléctricas.

El recorrido, que hasta el momento resultó agotador, ahora parecía sumamente calmado. Los salones de clase tampoco eran cosa común. Delante de la pizarra y detrás del salón habían colocado arcos de fútbol. Un olor increíblemente apestoso emanaba del aula, y en medio de todo el zafarrancho yacían unas raras carpetas con palancas y botones.

Entonces el señor Ruprieto, comenzó su explicación:

“El salón de clase es el núcleo de nuestro sistema educativo. Aquí es donde el alumno deberá adquirir sus conocimientos dados por el maestro. Sin  embargo, hemos considerado importante la relación entre alumno y maestro. He descubierto que el odio generado entre estos dos, puede solucionarse en la misma clase con la colocación de dos arcos de fútbol. El maestro tendrá en su poder, no sólo que poder explicar la clase, sino que también será responsable de atajar en el arco todo tiro que le hagan los alumnos. Asimismo, los alumnos tendrán como deber que cuidar su portería en la parte de atrás del salón. Si observas, esto genera beneficio mutuo, ya que los alumnos nunca se aburren en las clases; el profesor nunca se queda dormido y a su vez son pocos los alumnos que desean sentarse atrás por temor a sentirse culpables en la portería. Si los alumnos logran anotar tres goles durante la clase, podrán irse todos sin que se les marque asistencia y se le penalizará al profesor. En caso contrario, si el profesor mete los tres goles, pondrá inasistencia a todos sus alumnos.”

Luchino se rascó la cabeza.
–¿Y no temen los profesores que los alumnos se puedan retirar del salón si se les pone la inasistencia?”
–No, eso no es problema, todas las manijas de las puertas son electrizadas con suficiente voltaje para dejar inconsciente a una persona. Eso le debo de agradecimiento a los chicos de la facultad de Electrónica.

Luchino, se agarró la nariz, tratando de soportar el espantoso olor.
–Ahora bien, eso en cuanto a las reglas de clase. Ahora, hablemos de la importancia de la comodidad para los alumnos. Los alumnos tienen la ventaja de tener carpetas reclinables para poder atender cómodamente a las clases. Estas carpetas, como las puedes admirar, vienen con televisores con cable, ranura para audífonos, y VHS. Debido a que los alumnos no pueden salir de clase en ningún momento, cada aula tiene barman incluido donde pueden apetecer de los más deliciosos y refrescantes tragos.

–No me diga… ¡¡es increíble!! Pero hay un pequeño detalle… ¿cómo hacen los alumnos si es que quieren ir al baño?
–Ah, eso! Casi lo olvidaba. Supongo que ya sospecharás algo por el olor del aula. Todas nuestras carpetas tienen incluido un retrete. Lo único que hay que hacer es pararse, levantar la tapa de la silla y listo, he allí la facilidad de no tener que estar interrumpiendo las clases por querer ir al baño. Con relación al papel higiénico, eso ya es cuestión de criterio. Un alumno inteligente usa los recursos que tiene a la mano para limpiarse el culo.

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Luchino es ahora un egresado ad honorem de nuestra orgullosa universidad. Así como él, usted también puede llegar a ser un profesional creativo e innovador. Para cualquier consulta busque al señor Ruprieto Benavio, dueño de la universidad, que él con gusto lo esperará en su nueva caseta de guachimán.