Cuento Ganador el 2002 del Primer Puesto de los Juegos Florales de la UPC

1

Luchino despertó. Miró su reloj; eran las once y diez de la mañana.
–Maldición, hoy comienzan mis clases –aseveró.
En Universidad Cuadrática, las vacaciones concedidas a los alumnos duraban un año. El otro año, era dedicado al ciclo de estudios. Era por eso que los alumnos más capaces acababan su carrera en diez años. Ni qué comentar sobre los alumnos de Medicina; era digno de fascinación ver a estos jóvenes de frentes arrugadas, pelo cano y veinte años de estudios, todos estos, amontonados sobre voluptuosas barrigas cuando salían como orgullosos egresados de la Institución. Obviamente muchos doctores,  aprovechaban para jubilarse a los cinco años de ejercer su profesión.

Luchino recordaba su primera visita a Universidad Cuadrática; las aulas con retretes, el frondoso bosque de las serpientes y la encantadora piscina; sí, más que nada la piscina. Se paró, entro al baño y refregó su rostro con agua fría. Observó tras el espejo su enorme y musculosa espalda; ésta era una forma de identificar a los estudiantes de Universidad Cuadrática: todos tenían espaldas anchas. Esta fisonomía particular, venía de la estricta preocupación integral de la institución por el bienestar de los alumnos. Todos los docentes y alumnos, para ingresar a las aulas, debían pasar nadando por aquella piscina, ya que la misma abarcaba toda el área de acceso a clases.

Luchino se cambió rápidamente, alistó sus cosas y encendió el carro. Era hora de partir, ver viejas caras y asombrarse con las peripecias de sus profesores. Se preparó unas tostadas con el aroma de mantequilla lentamente deslizándose de su cuchillo. 11:20 a.m. Sus clases comenzaban a las doce. Luchino vivía en el campo, a 60 kilómetros de la ciudad. No llegaría a tiempo si seguía masticando esas tostadas. Las escupió, dejando que los residuos salivosos sean picoteados por las gallinas.

Al salir de su granja, entrando en la despejada carretera, el auto ronroneó y traqueteó; iba a 80 kilómetros por hora, velocidad necesaria para llegar a tiempo a la universidad. Estaba notablemente emocionado. Sus obligaciones en la granja no le permitían ir a la ciudad durante las vacaciones.

El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. Siguió de frente el largo trecho que lo llevaba cada vez más cerca de la ciudad. Recordaba, el boletín de su universidad con orgullo:

Estimados Alumnos,

Nos es grato saludarlos a ustedes con el fin de darles las buenas nuevas. Universidad Cuadrática ha logrado ampliar sus horizontes, con lo que ahora hemos tenido el espacio suficiente para la creación de nuevas carreras profesionales; digno de nuestro sello, nuestra institución ha optado por la creación de carreras sumamente innovadoras. He aquí una lista de estas para aquellos interesados:

1– Peluquero Forestal: el alumno podrá dar un nuevo look ambiental en cortes de pelo, extrayendo de los más recónditos bosques la esencia necesaria para decorar la cabellera de su clientela en diversos estilos arbóreos.

2 – Plomero Contorsionista: capacitado para reparar todo tipo de tuberías a domicilio y en posturas elásticas para mayor alcance a lugares de difícil acceso. El alumno deberá entretener a la clientela con graciosas flexiones mientras trabaja; para esto, deberá pasar por cursos de yoga y elasticismo para suplir los requisitos de esta carrera tan demandante.

3 – Ingeniería Payasista: el alumno será capaz de sorpender a amigos y colegas con su sabiduría de las artes de circo. Sabrá como arruinar fiestas y analizar las últimas tendencias suicidas para emplearlas en un escenario no menos decente.

4 – Veterinario Ventrílocuo: a través del maravilloso mundo de la cirugía, el veterinario ventrílocuo podrá utilizar sus animales disecados como amenos títeres para las fiestas infantiles.

Sin importunarles más tiempo de su fructífera aventura universitaria, les deseo lo mejor.

Atentamente,

Ruprieto Benavio
(Rector Universidad Cuadrática)

El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. “Tantos recuerdos,” pensó suspirando mientras el carro avanzaba.
–Hey, Luchinaummmmmmmm!!! –escuchó resonar la voz de un conductor de vehículo que viajaba en dirección contraria.
El carro que se alejaba parecía correr a más de 300 kilómetros por hora.
–¡Locos!!! –exclamó Luchino, olvidándose que su universidad tenía esa misma fama.

Pero lo habían saludado. Sí, estaba seguro que eran compañeros suyos de la universidad. ¿Pero quienes podían haber sido? Tal vez fue Gorlozo, un muchacho de rostro deforme, que solía trabajar después de clases en las pruebas de resistencia de impacto vehicular, cosa que solía remarcar con orgullo mostrando sus elefantescas cicatrices.

El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. Luchino observó nuevamente su reloj, eran las 11:45. Tenía la sensación de estar aún muy lejos de su universidad. Prendió la radio con intenciones de relajarse. Aumentó el volumen, “Tum, tum, tum, tum, tum, infiernos, fríos, muerte, revelaciones, AHHH, MUERTE!”.

Cambió la estación. Necesitaba relajarse, no escuchar una sesión destructiva. Sus oídos afinaron al suave ritmo del Adagio en G de Albinoni. Era la estación que escuchaba cada vez que necesitaba relajarse. Pura música clásica. Ahora se sentía extremadamente tranquilo. Tan tranquilo que hasta creía sentir a la gente moviéndose al compás de su carro.

Aún así, contemplaba el panorama. El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. El compás aletargaba el tiempo. La gente pasaba el carro a un ritmo tranquilo y caprichoso.
–Un momento –pensó Luchino– esto es demasiado irreal.
Apagó el equipo de música y observó la vereda; un anciano, a paso corto,  pasaba su vehículo presionando su bastón contra el suelo. Luchino sentía su pie sobre el pedal; sí, seguía presionando éste con fuerza. El velocímetro marcaba 85 kilómetros por hora. Contempló nuevamente el horizonte. El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe.

Era ilógico. Frenó y se bajo del vehículo con intenciones de ver que sucedía. No bien se había bajado cuando un súbito mareo lo hizo caer sobre la pista. La gente y las casas de tejas rojas se alejaban. Él estaba estático, pero retrocedía a una velocidad de 80 kilómetros por hora.
–¡¡¡Ahhhh!!! –gritó meneando la cabeza– con todo lo que he tenido que soportar estos años en Universidad Cuadrática y ahora esto!

Un sujeto de barba hasta la cintura saltó de la berma a la pista. Era Barbidio, el profesor de yoga de la universidad.
–Profesor Barbidio, ¡pero está usted loco! ¡Lo pude haber atropellado! –exclamó el joven.
–Eso lo dirán los astros en su momento, Luchino.
–No comprendo, dígame por favor qué sucede. ¿Por qué nos estamos moviendo para atrás si no estamos en movimiento?
Barbidio sacó un encendedor y lo prendió tranquilamente sobre su extendido mentón. Mientras su barba era consumida por llamas de fuego, calmadamente le explicó:
–Sucede mi estimado amigo, que nos encontramos en una pista con faja.
–¿Qué? ¿Tipo las máquinas trotadoras que se hallan en los gimnasios?
–Exacto –sonrió sudando por el intenso calor del fuego.
Ver a Barbidio con un haz de fuego en el mentón era una escena sorprendente.
–No entiendo por qué la municipalidad tomaría esa clase de medidas. No tiene lógica –protestó Luchino.

–Verás, mi estimado aprendiz, fue decisión de la Universidad Cuadrática, no de la municipalidad.
Luchino se jaló de los pelos.
–¿Por qué la Universidad haría una cosa así? ¿Acaso no quieren que lleguemos a entrar en la misma? ¿Después que harán? ¿Pondrán tiburones en la piscina que todos deben entrar nadando?
–Calma, calma, muchacho. Yo conozco el nuevo camino a la universidad. Subamos a tu carro.
Barbidio juntó sus dos palmas frente a su chiva de fuego y la apagó; Ahora expelía humo y olor a quemado. El auto ronroneó y traqueteó.
–Pero esta vez –murmuró– vamos en dirección opuesta.

Luchino no comprendía. Si iban en la dirección contraria, se alejarían cada vez más de la universidad. Dio la vuelta al carro y empezó a acelerar. Con ayuda de la faja, el carro parecía volar. Después de unos minutos, la velocidad del vehículo descendió a su velocidad normal.
–Hemos salido de la faja. Es más, allí esta tu granja, Luchino.
El muchacho asintió con la cabeza.

Los diez minutos siguientes transcurrieron rápido. Luchino bajó la velocidad al ver carros alineándose con sumo cuidado en una fila. Habían llegado al peaje. Luchino, empezó a balbucear, injuriar y mentar la madre.
–¡Por qué diablos habrán hecho un sólo peaje para tantos carros! ¡Maldita sea!
Bocinazos, caos y desorden. Un volkswagen en su desesperación había chocado al carro de su delante. Dos kilómetros más al fondo, un camión cisterna erupcionaba humo de su motor como lava ardiente.

La larga fila iba avanzando de a pocos. Tortuosos minutos después, Luchino se encontraba a un carro del peaje.
–Hola, Luchino. ¡Bienvenido!
Luchino alzó la cabeza y vio con sorpresa el rostro conocido.
–¿Ruprieto Benavio? ¿Pero qué hace usted trabajando en peaje? ¿Que acaso ya no está a cargo de Universidad Cuadrática?
Ruprieto se rascó el bigote sonriendo. –Claro que lo estoy muchacho. Sigo siendo el dueño de la universidad. Verá usted, hemos ampliado nuestras instalaciones.
–Sí –aseguró Luchino– leí el boletín.
–Que buen muchacho –sonrió el director –vas a la universidad, ¿no?
Asintió.
–Bueno, entonces deberás pagar $200 de peaje y estacionar tu auto en alguna parte de nuestro estacionamiento.
–¡Doscientos dólares!! –exclamó Luchino– ¡Por qué tanto!
–Es que como no se puede llegar a Universidad Cuadrática por la pista. Ya que le pusimos una faja trotadora, la única forma de llegar allí es por helicóptero.
–Entonces, –balbuceó Luchino– ¿por qué pusieron la faja?
–Por estética. Ahora págueme los doscientos dólares –sonrió Ruprieto.
Luchino sacó de su billetera el dinero y se lo extendió. El bigotudo le arranchó el billete con sigilo, levantando la tranca automática. Luchino atravesó el peaje presuroso, por temor a que esta se vuelva a cerrar.

–El director Benavio es un hombre muy humilde –comentó Barbidio– a pesar que es dueño de la universidad, trabaja en un pequeño puesto de peaje.
–Sí, creo que tienes razón –murmuró Luchino contemplando su billetera vacía.

La antigua carcocha entró a una larga vereda señalizada, donde un gigantesco cartel demandaba: Sólo para Cuadráticos. El vehículo fue estacionado y Luchino agregó,
–Rápido, creo que el helipuerto está allá.
Corrió agitado. Barbidio se había quedado atrás, caminando lentamente. Se apresuró, olvidándose del profesor de yoga,
–Al menos ya no sentiré ese olor a  quemado – se aseguró mientras le mostraba su carné de estudiante al guardia del helipuerto.
–Puede pasar –aseveró el mismo con voz queda.

2

El helicóptero descendió, mostrando el contorno de la isla rodeada de palmeras.
–Este lugar es fantástico! –murmuró Luchino a uno de los estudiantes que se encontraba mirando también el paisaje. La máquina aterrizó sobre una plataforma de aspecto hexagonal. Los veinte alumnos bajaron, contemplando el horizonte; delante de ellos todo era playa y palmeras.

El sol hacía el lugar aún más acogedor. Hermosas mujeres en bikinis saltaban de un lugar a otro; en la arena, los hombres se dedicaban al fútbol con sus gruesas bermudas floreadas. Rodeados por la frescura de las palmeras, los bares exhibían los daiquiris y piñas coladas con su sorbetín y sombrilla miniatura.

–Disculpe, –interrumpió Luchino al piloto– ¿es esto parte de Universidad Cuadrática?
–Así es muchacho. Sea usted bienvenido.
–Pero–  pero esto no puede ser. Es un paraíso! –exclamó Luchino– ¿cómo hago para llegar a mis clases?
El piloto sonrió. –Muy simple. Los letreros que han sido colocados en tierra firme te guiarán. Tú sólo haz lo que estos indican.
–OK, gracias! –despidióse el alumno.

Luchino avanzó sintiendo como los zapatos se le filtraban con arena.
–Amigo, ¿sabes como hago para llegar a la Universidad Cuadrática?
El muchacho de gafas oscuras, se encontraba tendido en su toalla, recibiendo a quemarropa, la luz solar.
–Estamos en Universidad Cuadrática, loco.
–No comprendo, ¿para esto se viene a la universidad? ¿Sólo para–
–Bueno loco, no sé tú pero yo vengo acá para huevear. Todos los que estamos acá somos de la Facultad de Ciencias de la Buena Vida. No creas que es una tarea fácil…
–¿Ah no?
–Por supuesto que no. Ayer ponte, tuve examen en mi clase de eticultura. Teníamos que comprobar experimentalmente, los efectos de tomar mucho whisky, ¿manyas? Desgraciadamente me jalaron –frunció la boca.
–¿En serio? ¿Por qué? –inquirió Luchino.
–Es que mis compañeros y yo nos acabamos las cinco botellas de whisky. Se supone que el profesor se las iba a tomar para que nosotros anotemos los efectos negativos en su persona, pero en fin.. nos terminó gritando, inculpándonos que jamás había estado tan sobrio como el día de hoy y por lo tanto nos iba a poner ceros a todos.
–Así que eso fue lo que sucedió…
–Sí, pero felizmente en el resto de cursos estoy bastante bien.
–¿Qué otros cursos llevas?
–Hmm..estoy llevando, Análisis Gastronómico, Arte Kamasutra….no, pero ese es en la noche… y Juegos Deportivos.
–Suena interesante –dijo Luchino mirando su reloj– pero me gustaría que me digas como llego a mis clases.
–¿Clases? Realmente vas a ir a clases? ¿Por qué no te quedas en nuestra Facultad? Acá ni siquiera te tienes que inscribir para graduarte. Sólo basta con que pagues tus cuotas universitarias y te quedes  10 años de buena vida en la isla.
Luchino miró a las dos chicas topless que pasaron frente a él.
–No –dijo apenado– no me puedo dar ese lujo.
–Bueno cuñao, francamente creo que tú estás mal de la cabeza. Pero en fin, si tú quieres encontrarte con todos los lunáticos y marcianos, eres bienvenido. ¿Chequeas ese letrero, allá al fondo en la orilla?
Asintió.
–Bueno, pues ese letrero dice como llegar.

El letrero se encontraba surcado por gaviotas. Estas se agitaron y tomaron vuelo ante la presencia del extraño. Luchino leyó el  vetusto cartel desparramado en guano:

“Bienvenidos a la Isla de la Facultad de la Buena Vida. El resto de nuestras instalaciones se encuentran a 20 kilómetros de la isla. Se deberá llegar a estas nadando y no por uso de otros medios. En caso contrario, alumnos de la universidad serán severamente sancionados.”

–No, ¡no puede ser!
Miró el lento y suave oleaje que extendía y retornaba sus fauces en la arenilla. Sonrió, agitado. El año pasado era necesario entrar a las facilidades de la universidad nadando a través de una piscina. Ahora la espalda, brazos y pulmones del estudiante se encontraban dispuestos a afrontar este nuevo reto: cruzar el océano.

3

La ropa de buceo le encajó perfecto. Entró en el agua cálida y se alegró ante el agrio olor a sal; su cuerpo cada vez se iba haciendo más diminuto hasta que sus piernas, sin dar con el piso, comenzaron a patalear con fiereza. El mar no ofrecía mayor resistencia, simplemente dejaba que su fiel rival lo atravesara como espada filosa. Braceó y respiró; el pataleo era intenso. Le aburría nadar mucho tiempo de esa forma así que decidió ponerse de espaldas. El sol, aún intenso, soltaba su brillo sosegado.

Luchino se relajó, tal vez demasiado; la extraña picazón sobrevino su pie derecho. Se estiró un ratito en el agua y se rascó. Debía seguir braceando, no detenerse en detalles absurdos. Ejecutó cinco brazadas adicionales y sintió nuevamente su pierna; esta vez sentía un fuerte jaloneo. Sudó frío. Miró a su alrededor, viendo que se encontraba solo, en medio de un vasto océano. El camino de regreso a la isla estaba a unos quince minutos. Dio una brazada más, tratando de ignorar su pierna, pero el dolor se comprimió en el músculo. Era un calambre.
–¡Auxilio! –aleteó los brazos– ¡Alguien ayúdeme!
Era inútil. Las piernas no reaccionaban. Poco a poco sucumbía a las mansas aguas flotando como una boya, inútil e inmóvil.

4

Luchino miraba el cielo. Una cara enorme, elongada y borrosa atravesó su visión.
–Parece que esta recobrando conciencia.
Viró la cabeza. Otro hombre con vestido escocés fumaba de una pipa. Sobresaltado, Luchino se levantó.
–Qué– ¡qué sucede! ¿Quiénes son ustedes?
Los hombres reían a carcajadas.
–Calma, calma muchacho. Somos los salvavidas de Universidad Cuadrática.
Miró a su alrededor. El escocés jaló la cuerda del motor, una, dos, tres veces. El motor arrancó y disparó a la lancha sobre el manso oleaje.

–Tienes suerte que te hemos avistado, muchacho. Pero igual vas a tener que sufrir las penalidades de la universidad.
Luchino los miró con sospecha,
–Un momento, ¿de qué penalidad me están hablando?
–Bueno –aclaró su garganta– simplemente que has incumplido las normas de la Institución.
–¿Qué?! Yo jamás–
–Sí, muchacho. Sí lo has hecho. El reglamento dice claramente que los alumnos sólo pueden cruzar nadando y no por otros medios. Tú estas viajando en una lancha. Has transgredido el reglamento.
–¡Eso no es justo! –protestó Luchino– pero si ustedes son los que me han subido a bordo!
–Bah, eso es lo de menos. ¿Qué acaso preferías ahogarte en el agua? No te preocupes por esa penalidad. Agradece mas bien que estés vivo.
–¿Y cuál es la penalidad?
–Te aumentarán $300 de multa a la boleta –sonrió el de la cara elongada.
Luchino los contempló fatigado.

Llegaron a la costa en poco tiempo. El lugar parecía una estepa, con franjas de pasto verde y colinas cubiertas de flores. Fue dejado a orillas, despidiéndose de los dos salvavidas con un suave movimiento de su brazo derecho. Se hundió en el agua que esta vez le llegaba hasta la cintura. Todo parecía perfecto, un paraíso; la tierra, los mares y el aire…

Luchino se zambulló justo a tiempo cuando vio una avioneta caer al mar en brotes de humo. La ambulancia llegó al instante, con dos paramédicos que se tiraron al agua y fueron al rescate del cuerpo.
–¡Cayó allá, cayó allá! –gritó el aturdido Luchino a los doctores.
Arrastraron el cuerpo a tierra con suma velocidad. El rostro estaba pálido, pero aún más Luchino, que conocía a la víctima; era Gorlozo.

En un santiamén se encontraba fuera del agua, corriendo hasta el lugar donde extendían a su amigo.

–Gorlozo, Gorlozo, ¿te encuentras bien?
Este sonreía, mostrando los tres dientes delanteros que le quedaban.
–Pucha, ¡que ha sido de tu vida maldito suicida! –rió Luchino.
–Lo de siempre, gajes de la carrera.
–¿Y no has pensado cambiarte de carrera? Estudiar para ser piloto de pruebas es un poco peligroso, ¿no crees?
Su amigo grito mientras le ponían una inyección.
–Sí lo sé, pero mi siquiatra me ha dicho que es mi vocación.
Luchino hizo un gesto sorprendido.
–Oye, pero te veo diferente. Algo te has hecho.
–Ah, sí. Me tuvieron que amputar una oreja al probar los nuevos celulares con encendedor incorporado.
–Bueno, pues –tembló de asco–  nos estamos viendo– y cuida esa otra oreja!
Luchino se despidió de su magullado amigo y continuó la travesía.

Cruzó la colina, y cuando lo hizo, quedó tieso. La ciudad había cambiado bastante. Las casas eran enormes, cada una parecía una mansión de dos o tres pisos. El aire era puro. A su alrededor vio las pistas limpias, transitadas sólo por vehículos propios y taxis. Se preguntaba que habría pasado con todos los microbuses. Niños, adultos y ancianos, caminaban portando libros en la mano.
–¡Increíble! –pensó– no puedo creer que tanto progreso y cultura cautivaran con fervor a la ciudad.

Echó dedo. Un taxi amarillo paró a su costado mirándolo fijamente.
–Buenas señor, cuánto me cobra por llevarme a la Universidad Cuadrática?
El taxista sacó un cigarro de la guantera furioso.
–Oiga usted, no me tome el pelo o ahorita salgo del vehículo y lo golpeo.
–¿De qué habla? No entiendo–
El vehículo aceleró y fue perdido de vista. Luchino se sacudió la cabeza.

Nuevamente llamó otro taxi.
–Buenas tardes, necesito que me lleve a la Universidad Cuadrática, porfavor.
El hombre sonrió. –Pero amigo, estamos en Univer–ciudad Cuadrática.

Lentamente lo que sucedía sacudía las redes neuronales del estudiante.
–O sea que todo esto–,
–TODO esto es parte de la Universidad. Se lo compraron todo al Gobierno hace ya ocho meses.
Luchino miró de nuevo la ciudad con nuevos ojos. Evidentemente, cada casa tenía el sello de la universidad, ahora transformadas en pabellones de la floreciente institución.
–¿Adónde quiere que lo lleve, joven?
–Porfavor, lléveme al Pabellón de la Facultad de Economía.
El taxista rió. –Usted es uno de los mediocres, ¿cierto?
–¿A qué se refiere? –respondió indignado.
El carro viró.
–Es que en el periódico leí, que ahora con las nuevas y extravagantes carreras que ofrece la universidad, aquellas otras carreras ya existentes son sólo para alumnos conformistas y mediocres. Decía también que estos alumnos buscan estancarse en el mundo de la globalización.
Luchino alzó los hombros en señal de no comprender.
–Me mantengo bien informado amigo, y eso es lo que decía el periódico.
–¿Y quien maneja el periódico? –inquirió el joven.
–Ah, esos son los muchachos de la Facultad de Periodismo Correctivo.
–Hmm…bueno, creo que no hablaría mal de ellos, entonces –murmuró Luchino con sarcasmo.

–Bueno, aquí es. Tienes suerte que no está nada lejos. A otros alumnos les he tenido que hacer cruzar 4 distritos –dijo frenando el vehículo.
El joven estudiante miró por la ventana.
–No puede ser. Pero ese pabellón de allí… ¿que no era antes la casa de mi abuelo?”
–¡Qué sé yo! La Institución compró todas las casas y edificios de la ciudad. Los que se negaban a irse fueron sometidos a juicio. Como yo –murmuró tristemente el taxista– antes tenía mi departamento y un trabajo como ejecutivo. Desde que rehusé abandonar mi casa, El Hermano Rector me abrió juicio, despojándome absolutamente de todo. Ahora ya ves, soy taxista y trabajo como empleado de la Institución. No me queda otra.
–Sí pues –murmuró Luchino con tristeza– no te quedaba otra.

–Bueno, amigo –necesito que me muestres un ratito tu carné universitario.
Luchino se lo entregó. El taxista atravesó la tarjeta por una pequeña maquina en el respaldar del vehículo. Se la devolvió al momento.
–Toma muchacho. No te preocupes, con tu carné universitario el costo del taxi ahora se carga a tu boleta.
Luchino salió a la intemperie, sonriendo. Veía con orgullo el renacer de su nueva univer–ciudad.