Surge tras los montes

la desastrosa ave

del pico en réquiem.

Su noche de lívida presencia,

escarmienta los pájaros,

menos aquél.

Tan gris es el aparato

que la luna refleja

y en los aires gélidos

la cabeza pone en pie

como quien alberga

la paz de un rey.

Cuando sus pastosas tierras

pronto se talquean,

bajo dos augurios

un eclipse retoña.

Cambia de faz

la noche enternecida,

brotan los húmedos rosales

de la efímera mañana.

La corriente carraspea

el acerbo pedregal,

el murmullo se torna

en extraño rumor.

Ya al alzar la mirada

veo quién soy:

aquél al que el pasaje efímero del tiempo

todo le dio.