I

El sol renace bajo la luz primaveral, encendiendo las rugosas arenas en rigor celestial. Aguas espumosas embisten las troqueladas rocas costeñas salpicando los cielos opacos con sus sales. Aquella lontananza de los mares ocultaba a sus espaldas una cueva, ennegrecida por las sombras del crepúsculo. Fríos, aterradores vientos silbaban acompasando el amargo fragor de las olas. Pequeños fajos de luz allanaban la fosa oscura; los vientos, eran prohibidos por peñas rocosas que guardaban celosamente la madriguera.

Agustino yacía sólo bajo los oscuros techos del recinto; suavemente contemplaba la fogata deslumbrándolo con baile pícaro y mordaz. Muchos otros fines de semana, la larga y firme prosperidad de la cueva le habían nutrido con recuerdos lejanos; una hermosa juventud, resarcida por emociones incandescentes. Ahora el suelo cubría el ardor de sus suelas gastadas mientras un surco lóbrego de cejas cernía su frente con palpitante dolor; se hallaba ausente, frustrado por su indecisiva soledad.

Vislumbró bajo las fauces explosivas del fuego su última esperanza de vida, cayendo en el truculento engaño del fuego ilusorio: aquel que, aparentando la luz, engendra las tinieblas. La luna, que tras la brava marea emergió temprano, se disolvía en horas de veloz palmoteo. El oscuro vacío fue broquelado en tonos naranjos por el pequeño haz de luz que se elevaba por los montes; el chillido de gaviotas engrandecía la luz, transformándola en un enorme orbe en aureola de plumas. Las ardientes ondas de calor inundarían la playa con bosques de personas, buscando simplemente absorber los rayos en sus cuerpos ramificados contra la arena.

Agustino aguzó los oídos pero no escuchó el leve barullo humano. Cerró los ojos intentando conciliar nuevamente el sueño. Pero esta vez la cueva resonó como campanas enronquecidas y la tierra tembló. Abrió los ojos horrorizado; un tractor de gigantescas proporciones lustraba con boca de hierro el enarenado campo. El monstruo estaba rodeado por cincuenta hombres uniformados. “Siempre tiene que haber gente que destruya lo bueno,” pensó melancólicamente.

Los hombres notaron pronto la presencia del extraño, contemplándolo en detalle. Unos treinta rodearon la entrada a la cueva, unos de brazos cruzados, otros dando vueltas, lo que delataba su nerviosismo.

—Usted no es bienvenido a estos recintos. Ahora esto es propiedad del archimillonario John Ashton. Retírese inmediatamente del lugar.

Los hombres, amenazantes mediante la declaración, parecían dispuestos a la violencia; Agustino resondró e injurió con ripio verbal a los asaltantes de su pacífica posada. Finalmente, agotados los tenaces alacranes que saltaban de su lengua, se dejó caer como bulto entre la arena.

Los guardianes voltearon; un hombre cuarentón hizo su desfile a través de la pasarela azul de uniformados, destacando una bermuda alargada y un polo que hacía juego con sus estrafalarias cadenas de oro. Viró hacia sus subordinados,

—¿Cómo permitieron entrar a este hombre en la facilidad? —el silencio acrecentaba el calor—. Hablen de una vez —aseveró.

Un uniformado, tembloroso se aproximó al Sr. Ashton. —Disculpe jefe, lo encontramos aquí en la cueva. Supuestamente habíamos desalojado a los últimos.

El millonario se rascó el bigote. —Ya está hecho, que le vamos a hacer.

—Pero señor, si llega a contar algo acerca de…

—¡Silencio! —encomendó a gritos el bigotudo. Agustino yacía idiotizado.

La vehemencia caprichosa del hombre puede llevar ciertamente a la confusión. El señor Ashton, de pronto, transformó su ira en una cálida sonrisa al aproximarse a Agustino.

—Disculpe la molestia, estimado amigo. Lo que pasa es que estamos organizando un evento muy especial—. Miró al suelo— Es más, es una especie de aventura. Estaría honrado de contar con su presencia debido al incómodo percance que le han manifestado mis empleados.

Sacó unos extraños boletos de su bermuda tomándose su tiempo en ponérselo en las manos de Agustino. —Esta tarjeta te dará la posibilidad de invitar tres amigos.

El rostro de Agustino irradió felicidad. Eran años que no veía a sus amigos; ahora tenía un pretexto para invitarlos y lograr que realmente se diviertan.

II

En una esquina oscura de su habitación, Agustino hablaba por teléfono. La emoción y exquisita lucidez le regresaron la jovialidad de años a priori.  Se despidió y colgó el auricular. Observaba nuevamente el destello plateado de la invitación, inscrita en finas letras góticas:

“PENTRAGMA, Invocaciones y Poder Barbárico.

Fecha: Jueves, Viernes y Sábado en desfase lunar.

Tema: Aventura Medieval.”

Apagó la tenue luz de su lámpara y recostó su pesada cabeza sobre la mesa, aún remembrando los añorados momentos de su infancia. Entre memorias oscuras y destellantes, discernían los recuerdos de sus tres amigos.

III

La bocina monótona del Porsche de Jelenio retumbó en las inmediaciones del decadente edificio. Agustino bajó con celeridad, portando en una mano un pequeño bolso con pertenencias. Dio un pequeño saltó al último escalón, casi tropezando, pero finalmente empuñando el botón del enrejado que lo libraría de su atormentada soledad.

La puerta delantera del esplendoroso vehículo azul se entreabrió. —Mereces ser el copiloto, estimado Agustino —proclamó Jelenio, enjuto y flaco como hace diez años atrás. Tibios y frescos ventarrones de aire soplaban sobre el canoso y maltratado pelo de Agustino.

—¿Y qué tal te va Agustino?

—Algo mal —suspiró. —Tengo una bodeguita pequeña donde me dedico a vender licores. Con decirles que a duras penas logro pagar la renta de mi apartamento.

Heripanto generó un chasquido lastímero. —Qué mala suerte tienes. Yo al menos tengo mi propia empresa de publicidad. Si quieres un día me visitas.

—Heripanto, no infles tu ego. Sabemos que tu mayor defecto es querer lucirte ante los demás.

Gandamo rió estruendosamente,

—Es verdad, pero no se compara a la gran debilidad de Jelenio; es demasiado boquifloja. Carcajadas.

—Puede que tengas razón pero por lo menos no me ciego tanto como tú, Gandamo.

—¿A qué te refieres? —preguntó agarrándose la larga chiva oriental.

—Eres demasiado ambicioso. Tanto así que a veces te dejas llevar por el poder y luego no sabes como controlarlo —insinuó Jelenio.

—En verdad, creo que Agustino es el único que no tiene defectos tan serios como los nuestros —agregó Heripanto pensativo.

—A lo mejor por no tener muchos defectos es que se encuentra en la melancolía y la pobreza —comentó Jelenio. Agustino se puso notablemente pálido.

Gandamo estalló en escandalosa mofa. —Ya ves Jelenio, eres todo un boquifloja.

—No fue mi intención! —exclamó agarrándose la cabeza en señal de culpabilidad.

El Porsche avanzó, flotando sobre las carreteras a unos cien por hora. Pronto, los rayos de luz solar se extendían con incrementada intensidad, aguardando el acecho de los venturosos playeros.

IV

El vehículo fue detenido en la entrada. Una enorme barrera vehicular y 5 jeeps resguardaban la zona.

—Se les ofrece algo señores? —inquirió un recio uniformado portando una ametralladora en el hombro.

—Todo está bien jefe, no se preocupe, —respondió Jelenio seriamente intimidado.

—Entonces dese media vuelta y siga su camino. Esta playa ha sido clausurada —declaró amenazante.

—Agustino, ¿seguro que es acá? —inquirió Heripanto.

—Sí, es acá. He estado viniendo todos los fines de semana. El boleto de entrada transformó la faz amarga del guardia en la de un humilde y sonriente servidor.

—Disculpen la inconveniencia, teníamos que estar seguros —dijo dando la indicación para que abran la enorme barrera.

Agustino aguzó la vista; el terreno cada cierto tramo parecía vigilado. Estacionaron el auto; un terreno yermo servía de estante a la docena de carros.

—Poca gente —notó Jelenio. El ambiente caldeado por la luminosa extensión solar parecía aletargado y atemporal.

De una de las limosinas salió un hombre jaloneándose el bigote. Agustino lo reconoció al instante; lucía un terno blanco deportivo y una corbata de seda verde.

—Nuevamente bienvenido, Agustino. ¿Así que estos son tus amigos?

Los tres asintieron con la cabeza.

—Muy bien, entonces estamos listos par comenzar el campeonato. Son el grupo que faltaba.

Con un simple chasquido de dedos, dos enormes guardaespaldas saltaron del vehículo forzadamente revisando los bolsillos de los invitados.

—¡Como si fuéramos a poner una bomba! —exclamó Gandamo.

—Sí pues, en realidad ellos tienen más  pinta de criminales. Nosotros deberíamos revisarlos a ellos —comentó Jelenio. Los guardaespaldas detuvieron su búsqueda montados en cólera.

—¿Qué, qué pasa? ¿Dije algo malo? —reclamó inocentemente.

—Sí Jelenio, como sueles hacerlo cada vez que abres la bocota —refunfuñó Gandamo.

El Sr. Ashton intercedió con otra seña para que la revisión continuara.

—Vacíen todo lo que tengan en los bolsillos —declaró uno de los colosales.

—No! Pero, ¿y mi celular? —protestó Jelenio.

—¡Mi billetera! —reclamó Heripanto.

Agustino dejó su única pertenencia; un lapicero hongeado y sin tinta que poseía como recuerdo de su abuelo.

—No se preocupen muchachos, todo les será devuelto a su debido momento. Probablemente hasta con creces…

Gandamo puso una cara de resignación. —Pucha, yo no traje nada para que puedan compensarme.

—No te preocupes, aún así puedes ser premiado con gran poder en esta aventura —aclaró el elegante Sr. Ashton.

—Uff, ¡mejor ni le vayan a dar una pizca de poder! Apenas tiene algo de poder bajo las manos pierde el control de lo que está haciendo —declaró Jelenio.

Fueron interrumpidos por el claqueteo de pezuñas y una nube de polvo que se acercaba a galope. La ominosa carreta, galopada por cuatro caballos negros de estirpe, deslumbraba con sus decorados en oro y plata. Algo en aquel vehículo remontaba viejas historias épicas.

Agustino estaba conmovido; sus amigos mostraban entusiasmo y esto lo motivaba. El conductor, sentado en uno de los caballos posteriores hizo frenar el coche. Jelenio y Gandamo escupieron sus carcajadas al observar al conductor herméticamente encerrado en una armadura de bronce.

—¡El pobre debe estar casi muerto de andar en una armadura tan pesada en plena playa! ¡Con el calor que hace! —exclamó Jelenio.

Agustino y Heripanto mantenían la seriedad.

—Shhtt, cállate y no digas nada comprometedor esta vez —advirtió Heripanto.

—Muchachos, es hora que suban. El transporte los  llevará hasta las puertas de Pentragma. Adentro, no encontrarán el más mínimo grano de tecnología bajo la arenilla. Las reglas del juego les serán explicadas por El Príncipe.

Los muchachos, sin comprender y desposeídos de toda tecnología, subieron a la flamante carroza.

Agustino empezó a temer lo peor. El lunático Sr. Ashton probablemente los estaba mandando a una especie de anfiteatro para servir de buffet a leones y fanáticos de películas de gladiadores. Los veinte minutos de galope apenas fueron percibidos en la lujosa comodidad medieval.

—Llegamos —resonó la voz dentro del casco del conductor.

Nadie había observado la lenta aproximación del caballo a una elongada muralla de piedra que bloqueaba todo el litoral playero. Sólo unas enormes rejas, compuestas por un retortijo de fierros extrañamente cifrados daban entrada al lugar. La base superior de la reja, un arco que en letras góticas leía:

Pentragma.

—Hasta aquí hemos llegado. Es hora que entren. Les espera una aventura difícil de olvidar —declaró con frialdad el conductor. Unos hombres, vestidos con armadura de hierro y lanzas, entreabrían las rejas. De notar por el forzoso crujido que emitían, eran rejas antiguas.

V

Dejada atrás la antigua muralla, el panorama vislumbraba las salvajes arenas, agitadas por bandadas de gaviotas que rápidamente alborotaban en ausencia del hombre. Un guardia enrumbó a Agustino y sus amigos hacia una carpa negra; ésta se hallaba anclada hacia un costado de la empedrada muralla. No bien se acercaban cuando una voz suave y reconfortante les murmuró un “Adelante, por favor”.

Pasar de la luz, a las extremas tinieblas de la carpa, los hizo pausar a medio camino. Era como si la carpa absorbiera toda luz solar, incrementando la penumbra, pero a su vez, el calor infernal.

—Quédense allí donde están —musitó el extraño hombre.

—Discúlpenos por pertubar su siesta. El guardia nos trajo aquí por error —explicó Jelenio.

—No se preocupen, no estaba tomando una siesta. Yo trabajo así —respondió con voz reconfortante—. He oído mucho acerca de ustedes, en especial de ti, Agustino.

A medida que los ojos de Agustino se adaptaban, podía ver mejor al extraño; poseía una mirada fuerte. No entendía como ese hombre lo había reconocido del resto de sus amigos.

—Así que han venido a participar en Pentragma, ¿eh? Me alegra mucho.

Agustino lo miraba con mayor detenimiento. El hombre estaba cubierto con un largo traje clerical de color negro. Su rostro, oculto ante una capucha, apenas mostraba sus penetrantes ojos de sabiduría. Luego de permanecer un tiempo en incomodo silencio, el extraño prosiguió:

—Pentragma es un juego que celosamente ha sido resguardado al conocimiento público durante muchos años. Su invención ocurrió en el año 903 en Gran Bretaña, durante el reinado del Rey Lorthorn. En aquellos tiempos, el Rey tuvo como consejero al conjurador más poderoso que haya podido existir. Su magia y conocimientos no tenían comparación. Fue luego de algunos de sus antiguos escritos que hechiceros como Merlín obtuvieron su fama. A diferencia de estos célebres conocedores místicos, él supo mantenerse en el anonimato. El Rey Lorthorn celosamente lo ocultaba en los bajos sótanos; fue Belgator, el enigmático conjurador que trajo entre muchos de sus textos antiguos el juego de Pentragma.

—Suena interesante, ¿pero cuando vamos a ponernos a jugar? —protestó Heripanto.

Una leve risa brotó del rostro cínico. —Sólo necesito que firmen acá —indicó señalando un antiguo pergamino. Se acercaron presurosos;

—No, tú no, Agustino. Tú tienes que firmar este otro.

Agustino miró fijamente el otro pergamino tratando de leer algo de lo que decía; estaba demasiado oscuro. A fin de cuentas, era sólo un juego. Firmó el papel.

—Hay ganadores en este juego? —preguntó Gandamo.

—Por supuesto que sí. Los victoriosos se llevarán un cofre en abundantes piedras preciosas; cortesía del Sr. Ashton.

—¿Que?!! —exclamó Heripanto— ¡increíble!

Ahora los rostros de sus amigos se mostraban iluminados. Se peleaban por firmar. Agustino vio esto con satisfacción.

—Veo que están listos para comenzar su aventura. Pues vayan. Mis guardias los escoltarán —declaró.

—Por cierto —agregó Gandamo—. ¿Quién es usted?

—Soy el Príncipe de Pentragma. Es todo lo que necesitan saber. Ahora vayan.

VI

El juego resultó más extraño de lo que esperaban. El resto de la tarde, un hombre canoso, vestido en finas telas pre-socráticas,  les leyó de unos finos manuscritos el contenido del juego;  era una fiel traducción del arameo, obrada por Don Gustavo de la Torre; hombre acusado de hereje y quemado vivo en 1581.

El juego era una extraña confusión de otros juegos conocidos en la actualidad. Según el instructor, el juego de “robar la bandera” al igual que el fútbol, tuvieron su origen en Pentragma. ¿Pero cómo se jugaba este juego tan peculiar, que en tan celosas entrañas era resguardado?

En la ancha y desolada playa, todo vestigio tecnológico debía ser desvanecido. El sabio advirtió de las mágicas propiedades de Pentragma y cómo éstas se verían afectadas por la mínima pizca de tecnología. Aunque este aspecto le resultó incomprensible al pequeño grupo, el resto de la explicación demostraba una inclinación hacia el deporte estratégico.

“Esparcidas entre las amplias arenas yacerán las carpas, distantes las unas de las otras. Cada carpa acogerá a un grupo de aventureros; entonces,  uno a uno estos grupos irán siendo eliminados. Sólo el grupo ganador podrá quedarse con el tesoro. Para esto, es necesario que cada jugador del equipo elija una especialidad:  guerrero, conjurador o hechicero. Es sumamente necesario que exista por lo menos un guerrero en el grupo. Los hechiceros y conjuradores dependen del guerrero para obtener sus poderes mágicos, llamados puntos de poder (PP).

“Los participantes, al igual que cualquier jugador de fútbol, pueden usar los 7 balones que se hallen en juego. Estos podrán portar la pelota en las manos, pies o usando cualquier otro artificio con el fin de que atraviese el arco, similar al de fútbol, impuesto al lado de cada carpa. Cada vez que se logre atravesar un arco enemigo, sea pateando, lanzando o arrastrando la bola, el equipo acumulará un punto de poder. El rol de los guerreros es fácil, pero demanda de sujetos fuertes con algún conocimiento en defensa personal. En realidad, para los guerreros, la pelea por quien tiene control del balón, llamado en este caso orbe de poder, se resume en dos palabras: Vale Todo.

“El caso de los conjuradores y hechiceros es distinto. El conjurador es el más vulnerable de todos los personajes. Tiene tan sólo dos poderes, sin embargo, su último poder es extremadamente poderoso. Según el antiguo manuscrito, estos vienen a ser:

Conjurador:

  1. 1) Círculo de Protección: el conjurador puede generar un círculo de protección alrededor de él para impedir su captura. Para esto, el jugador deberá arrodillarse en el suelo con las palmas juntas como si fuese a rezar, por todo el tiempo que desee permanecer bajo protección.

PP  0 (ninguno es requerido)

  1. 2) Demonio: transforma un guerrero cualquiera en un demonio. Este guerrero es intocable. Podrá capturar un guerrero rival con sólo tocarlo. Es el único caso en el que un guerrero puede ser capturado. El demonio regresa a la normalidad al capturar un jugador.

PP  3

“El hechicero, al igual que el conjurador, depende también de los puntos de poder para lograr su objetivos místicos. Este usa hechizos y encantamientos con el objetivo de hacerle la vida difícil a sus contrincantes. Es de notar también, que al ser capturado un hechicero, todos los encantamientos hechos por él desaparecen. El manuscrito menciona los tres siguientes encantamientos que posee el hechicero:

Hechicero:

  1. 1) Soga Encantada: una soga extendida por un hechicero, a lo largo de algún terreno, no podrá ser atravesada por ningún jugador. Sólo se podrá cruzar a través de la zona donde la soga no tenga alcance.

PP  0 (Ninguno es requerido)

  1. 2) Oscuridad: Se le vendará los ojos a un guerrero enemigo. De

esta forma el guerrero perderá la vista.

PP  1

  1. 3) Claridad: Contrarresta el hechizo de oscuridad impuesto contra un guerrero.

PP  1

Según el sabio, sólo los hechiceros y conjuradores pueden ser capturados. El guerrero en cambio, sólo puede ser capturado por un demonio invocado por el conjurador.

Todo equipo deberá portar un mensajero; este sirve para enviar mensajes a un equipo enemigo u otros jugadores. El mensajero cumple el simple rol de comunicador; no puede usar puntos de poder, capturar o usar orbes de poder. Éste, a su vez, no puede ser capturado ni atacado. De los 4 integrantes de un equipo, uno deberá ser el mensajero. Estas, entre otras, eran las reglas de Pentragma.

—Para finalizar —agregó el sabio al comenzar el hundimiento del sol bajo el horizonte—, todo equipo posee una bandera al costado de su campamento. Las banderas que son robadas y llevadas al Gran Círculo, que se encuentra en el centro del área de playa, descalificarán inmediatamente a los equipos dueños de las mismas. Felizmente muchachos, las banderas no se pueden robar con tanta facilidad. Al igual que la legendaria espada Excálibur, petrificada bajo una roca por el Mago Merlín, las banderas se encontrarán en la misma situación. Un equipo tendrá el poder para despetrificar cualquier bandera del suelo si  ya tiene bajo su control 8 puntos de poder o más.

—Hmm, seguro Merlín le plagió la idea de la espada a Belgator.

Heripanto sacudió la cabeza. —Son sólo reglas del juego, Jelenio. Nada más te lo están relatando así para que sea más ameno.

Gandamo soltó otra carcajada.

VII

Era ya de noche cuando acabaron de acampar. Las estrellas brillaban con una intensidad inusitada.

—Es una noche hermosa —musitó Agustino. Al ver que no hubo respuesta se resignó a ras del suelo observando los distantes puntos de luz.

—Todo parece tranquilo —proclamó Jelenio.

—Tienes razón, se supone que el juego comenzó ya hace media hora —protestó Gandamo.

Murmullos lejanos era lo único que el viento entregaba en respuesta. Agustino era fuerte y macizo junto a Heripanto, que poseía ciertos conocimientos de defensa personal; ambos serían los guerreros. Gandamo se proclamó hechicero del grupo esperando que su afán por el misticismo le sirviera de algo en el juego. De igual forma, Jelenio aceptó ser el mensajero; según él, una fuerte dedicación al tenis le había otorgado la resistencia necesaria para correr de un lado a otro vociferando los mensajes.

—Creo que Jelenio sólo quiere estar tranquilo sabiendo que a él no le pueden hacer nada. —criticó Gandamo—. Total, es mantequilla.

Risas. Los cuatro se sentaron en la arena frente a la carpa mostaza que los albergaría. Agustino dio un bostezo. —Muchachos, creo que debemos descansar. Ha sido un día un poco pesado.

—Heripanto, tú y Agustino hagan guardia. Es mejor que ustedes cuiden de noche ya que a mí me pueden capturar fácilmente —dijo Gandamo—. Entró al aposento con Jelenio donde rápidamente fueron consumidos por el profundo letargo.

Habían pasado no menos de veinte minutos cuando algo irrumpió los ecos serenos del viento.

—Gandamo, Jelenio, despierten. Me pareció escuchar algo —advirtió Agustino.

—¿Qué cosa es? —preguntó Jelenio con los ojos cerrados dentro de su sleeping.

—Levántense ya —protestó Heripanto dando sacudidas a Jelenio.

—Vayamos a ver —Gandamo declaró en un bostezo.

El silencio congelado de la noche delataba sólo a la suave brisa.

—No es nada —dijo Jelenio resignándose a entrar a su cálido aposento.

—No, esperen un rato —cauteló Heripanto. Los minutos se hundían con la anticipación.

—Muchachos! —exclamó Agustino—. Hay unas sombras allí!

Su exclamación fue tronante. A unos veinte metros, las sombras que hace minutos reptaban sobre los suelos arenosos cobraban forma humana.

—¡Nos atacan! —alertó Heripanto.

Las sombras se mostraban más nítidas. Eran dos sujetos, uno cargando en sus brazos un orbe de poder.

—No podemos dejar que esos sujetos pasen la pelota por nuestro arco. Debemos atajarlos —aseguró Heripanto.

—Yo te acompaño. Tengo una idea —dijo Gandamo.

—Bueno, pero déjame a mí ir adelante en caso que te quieran capturar —aseveró Heripanto.

Silencioso como siempre, Agustino tornó hacia la portería para evitar cualquier transgresión; sería como un portero de fútbol. Las sombras enemigas se separaron en plan de ataque. Con suma rapidez, arremetió Heripanto contra el que tenía la posesión del orbe. El contrincante cayo al piso resignado, pero el pase ya estaba hecho. Gandamo entró rápidamente en juego corriendo con audacia contra el otro rival; este último, paró a secas haciendo bailotear su enorme panza con sus enormes carcajadas,

—Tú pareces ser un hechicero, ¿lo eres?

—Sí, lo soy —aseguró Gandamo.

—Jajaja, gracias por ofrecerte como primer prisionero de los Gorgonautas.

—El nombre de tu equipo da lástima. Nosotros nos llamamos Los Sicológicos. Da mucho más que desear que tu idiotez —provocó Gandamo.

El gordo expelía furia; antes que pudiera embestirle, el hechicero sacó de su túnica una soga. Para la sorpresa del hechicero, el rival agrandó los ojos; estos estaban desorbitados con una extraña mueca de pescado en anzuelo.

—Se ve que eres nuevo en Pentragma, ¡no sabes lo que haces! —aulló el gordo rival.

—Por supuesto que sé lo que hago. Te estoy bloqueando el camino! —sonrió Gandamo al tirar la soga a la arena.

—¡Está loco Julio! —dijo el compañero del gordo mientras ambos huían despavoridos.

—Bien Gandamo! —exclamó Heripanto mostrando entusiasmo.

Gandamo frunció la boca. —No sé. La verdad que no le veo nada interesante a este juego. He puesto una soguita que, o bien alguien la va a pisar, o se la van a robar —dijo resignándose a la carpa que sume al olvido.

VIII

Despertaron sin saber cuanto tiempo estuvieron bajo los brazos del letargo.

Gandamo bostezó estirándose. —Siento como si hubiese dormido toda la noche. ¿Qué hora es?

Jelenio alzó los hombros. —No sé, pero yo tampoco me siento cansado. Será mejor que rotemos para que descansen los otros. Salieron cuidadosamente a gatas de la carpa.

Afuera, el frío era un poco más intenso. Un par de gaviotas cuchicheaban en las cercanías. Heripanto y Agustino se encontraban tumbados en las mansas arenas, secos como piedras.

—Se quedaron dormidos…

—Sí Jelenio, pero eso no importa. Un tonto juego no debería perjudicarles el sueño. Déjalos que sigan durmiendo.

—Sí, ¡pero acuérdate que el premio es un tesoro en joyas!

Heripanto se levantó de a golpe. —No puedo creerlo, ¡me quedé dormido! Agustino, ¡levántate! Ambos se pusieron de pie.

—Por cierto —dijo Jelenio rascándose la cabeza— sintieron el temblor?

El silencio aseveró la negativa. Todo parecía en calma pero nadie sentía sueño. ¿Habrían pasado más de seis horas?

—¡Maldición! ¡Miren esto! —exclamó Gandamo a unos metros de distancia. Se aproximaron corriendo. La soga se encontraba en el mismo lugar, inerme. Frente a esta, yacía un abismo impenetrable, de incalculable profundidad. Gandamo soltó otra risa, bulliciosa y cínica. Sus compañeros observaban la deformación geográfica atónitos.

—Debe haber sido un temblor bastante fuerte —comentó Heripanto.

Gandamo sonrió. —No fue un temblor, fui yo.

—Eso es imposible… a menos que…

—El juego ha cobrado vida —Agustino cortó tajantemente a Jelenio.

Una discusión incendiaria giró en torno a lo acontecido. Ahora todo era claro; el tema del abismo seguía siendo resaltado en altos y bajos. Nadie había notado la desaparición de Agustino.

IX

Agustino  trazaba el trecho solitario en torno a las inconfundibles rejas de entrada. Debía hallar pruebas contundentes que explicaran aquel extraño hechizo en el lugar. Forzó las rejas montado en cólera; se encontraban trabadas por un portentoso candado.

—Maldición! —exclamó olvidándose que se encontraba en territorio hostil. Jaló el candado. Era inútil.

Fue cuando de la manera más inesperada encontró su respuesta. La piel se le hizo de gallina al ver el símbolo del candado. Era un pentagrama, un símbolo místico; una estrella de cinco puntas que muchas veces se utilizaba para evocar ritos satánicos.

Ahora comprendía parte de los sucesos. Evocó imágenes que aún le desconcertaban: la excentricidad del Sr. Ashton, el extraño carruaje montado por caballos negros y el peculiar Príncipe de Pentragma.

El mal reinaba en las sombras, una de estas moviéndose con poca discreción.

—Agárrenlo! —exclamó una voz más distante.

Agustino corrió, ciegamente olvidándose el camino de regreso. Parecía que eran dos detrás de él. El sudor de la adrenalina le cubría el rostro. Los hombres tras de él, disminuyeron rápidamente la marcha, asfixiados. ¿Tan rápido se cansarían? Aún así Agustino no paró hasta llegar a la desolada orilla. Se apoyó frente a las enormes rocas salpicadas por las espumas del mar.

Volteó la cabeza mientras recuperaba el aliento. Detrás de las voluminosas formaciones se aproximaban tres hombres. Aquel gordo insolente que generó la primera contienda estaba allí. Lo peculiar era que vestían ahora imponentes armaduras de hierro. El juego realmente había cobrado vida.

—No te preocupes Heripanto. Con nosotros tienes todas las de ganar porque créeme, tenemos experiencia en el juego —indicó el gordo.

—¿Heripanto? —balbuceó tontamente Agustino. Observó el rostro inconfundible de su compañero, rodeado por los dos malandros. Se tapó la boca en pánico, casi olvidándose donde se encontraba. Heripanto había traicionado al resto de su equipo y eso lo entristecía.

De pronto, delante de Agustino apareció su preciado mensajero. Ambos se encontraban detrás de las rocas. Agustino lo miró fijo, indicándole silencio con un dedo.

—¿Qué, ¿qué pasa? —protestó Jelenio.

—Shhtt

Jelenio se cruzó de brazos. —Ah, ya veo. Quieres que me calle…

Demasiado tarde. Los tres guerreros con armaduras de acero caminaban hacia su ubicación.

—No nos alcanzarán, sus armaduras son muy pesadas —Agustino le aseguró a Jelenio.

Corrieron a la par. —Agustino, hay un pequeño problema que tal vez no te conté.

—Si tiene que ver con la traición de Heripanto yo ya lo sé.

Jelenio aclaró su garganta. —En realidad se trata de Gandamo… ha estado usando mucho su poder.

—Eso me parece bueno —respondió Agustino, jadeando pero incrementando su paso.

—El problema es —continuoó Jelenio— que como no logramos acumularle puntos de poder… se molestó… tiró sogas por todas partes…

—Eso no tiene nada de malo —sonrió Agustino.

—Es que ese es justamente el problema. Mira —señaló Jelenio.

Se detuvieron. El viejo y desdichado Agustino vio enormes abismos por doquier que encarcelaban su escapatoria. Las manchas plateadas se hicieron cada vez más visibles. El primero en llegar fue Heripanto, seguido más atrás por sus temerarios acompañantes.

De su ancha y pulida armadura, Heripanto sacó la espada adaptada a su cintura. Paró un rato y miró a los indefensos con desconfianza.

—Por si acaso, yo soy mantequilla —balbuceó Jelenio, pálido.

Los guerreros rivales gritaban, estremeciendo la locura y euforia de Heripanto.

—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! —gritaba Heripanto, agitando su espada al aire.

Descontrol total. Jelenio veía horrorizado como la cruenta espada penetraba en la piel y huesos de Agustino.

El moribundo rió; finalmente comprendía lo que era Pentragma. —Ustedes amigos míos, han hecho de mí un cadáver —tosió sobre el piso ensangrentado—. Mi propio mensajero me delató; mi hechicero, qué decir, abusó de su poder y sin poder controlarlo me aprisionó. Finalmente el guerrero, que se supone era mi viejo y leal amigo, con la punta de su espada me traicionó.”

Agustino escupió sobre la tierra maldita. —Ahora entiendo —tosió sangre— porque el Príncipe de Pentragma me hizo firmar en hoja aparte.