Un atardecer lento y sosegado, en que las distancias parecían mares desolados, me enrumbé al Paraíso. Toda mi vida había sido un rotundo escéptico, inseguro casi de las palabras que oía brotar a mis maestros de niñez. El colmo de los colmos era que yo, siendo un hombre de mente lógica, me había dejado llevar por las incongruencias de Juan.

Recuerdo vagamente nuestra alegre infancia; a Juan apenas se le veía la cara ya que unos rulos selváticos le tapaban hasta los ojuelos cargados de inocencia. Corriendo por las angostas callejuelas terminábamos cruzando unos hermosos parques y matorrales. Recuerdo que me cautivaba un parque en especial; tenía un extenso jardín de jazmines con inmensas palmeras. Las fragancias que aquellos lugares emitían me inundaban de ensueño, trasladándome hacia mundos lejanos y perfectos. Yo deseaba permanecer allí, en aquel parque donde en años anteriores solía refregar mi cara en la pileta.

Ahora las cosas eran distintas. El sol que en esos tiempos surcaba nuestros rostros risueños, ahora se veía menguado bajo la media luna del atardecer. Qué viles son los tiempos, y viles los propósitos del hombre, que nacen fructíferos y mueren en el olvido. La muerte de mi compañero, retumbó como un martillo en mi corazón, y resonó tan hondamente, que el resto de mi cuerpo se congeló.

Desde esta angustiosa perspectiva, recibí de él su última voluntad; vino encubierto en un pequeño sobre manila y una letra casi ilegible que decía:

Para ser abierto sólo por Luis Javier Navarro.

Al abrir lentamente el sobre, pude jalar con los dedos una carta que por lo visto, se dirigía a mí:

“Estimado Luis Javier,

Te escribo porque presiento que pronto llegará mi hora. Sé que tal vez te sientas apenado por mi pronta muerte, pero por favor consuélate. Nuestra niñez es algo que jamás olvidaré. Cómo olvidaría por ejemplo, nuestra riña por ver quien treparía primero la montaña de los duendes imaginarios, o las veces que creíamos ver imágenes de ángeles plasmadas en las nubes. Sé además, que con el tiempo, me fui aislando del mundo; enclaustrado en un lóbrego cuarto de estudios, apenas dos veces llegué a saber de ti en mis últimos quince años. Esos años no los transcurrí en vano. Bajo las sombras de mi escritorio, día a día fui descifrando los códigos de lo que era la felicidad. Tras inmensos esfuerzos, finalmente la hallé, con el propósito de compartir ese secreto contigo. Te pido, como la voluntad última de tu más leal amigo, que sigas las instrucciones que te adjunto en el mapa AL PIE DE LA LETRA. Así, lograrás entrar al mismísimo Paraíso.

Me despido,

Juan Arteaga”

Miré el mapa con desdén. Ya anochecía y aún no hallaba rastros del lugar que me había encomendado. Volví a revisar el camino que había tomado. Evidentemente, ya había cruzado el pasadizo que conformaba las siete montañas sagradas, atravesado la temible corriente del Río Maldito y me hallaba ahora en las yermas fronteras donde mi amigo subrayaba El Paraíso. Sin  embargo, yo aún no veía nada. ¿Me habría hecho venir aquí en vano?

Observaba, pero todo a mi alrededor no era más que arena vacía. Posiblemente habría un tesoro escondido, deduje. Recordé entonces la Regla Número Tres que me adjuntó en la parte posterior del mapa:

“Una vez llegado al terreno infértil, a 20 kilómetros al norte del Río Maldito, te recostarás a dormir sin carpa y sin sleeping. Podrás sin embargo, abrigarte con todo lo que sea necesario para el frío.”

Bajo la luna, vi el sutil vuelo de los roedores alados. El témpano gélido de frialdad tras las oscuras brisas, poco sirvieron de alivio a las telas que me cubrían; pero pronto, con el suave murmuro del viento y mi penoso estado de agotamiento, quedé sumido en las profundidades del letargo.

Sentí el roce de una pluma en mi frente. Abrí las dos ranuras de mis ojos tras el contacto con el sol. En mi confusión me levanté. Escuchaba cantos de pájaros. ¿Estarían mis oídos en lo cierto? Mis ojos, que lentamente se adaptaban a la luz, discernían una delgada neblina. En el instante en que el sol me destelló con claridad, creí perder la razón.

Una frondosidad verde de árboles y flores silvestres me circundaba, llena del lento aleteo de mariposas y aves magníficas que entonaban música celestial. “Imposible,” me dije en mis adentros. Los árboles, finos y bajos, extendían sus frutos con deslumbrante armonía. Bastó con estirar la mano para coger uno de sus ejemplares; era perfecto; su sabor, un néctar de dioses que refrescaba el paladar.

Lágrimas brotaron de mis entrañas. ¿Podría ser este, el lugar que toda mi vida anhelé llegar? Di un grito de alegría, me quité las botas y corrí. Corrí con las energías de años atrás, remotamente en mi juventud. Sentía el movimiento ágil de mis piernas, el roce con la tierra fértil, esponjosa y fácil de labrar.

Por fin, después de varios kilómetros, mis pies detectaron la fina arenilla de la costa, suave como el talco. Frente a ésta, un mar extenso, regulaba sus olas mansamente. Tanta inocencia vencía mis escrúpulos e hipocresías. Ya nada importaba. Era el hombre más feliz de la Tierra. Despojándome de toda vestimenta, me zambullí en las aguas cálidas de lo que parecía mas bien un remanso.

Nuevamente sobre mis pies, vi mi reflejo sobre las aguas totalmente transformado. —Sí, mi querido amigo, estás en el Paraíso.

Volteé a mirar de costado, sorprendido de ver un pequeño mozuelo, observándome, detrás de sus largos rulos crespos que cubrían su rostro. Sentí una emoción incontenible, ——¿Ju- Juan? —trastabillé en las palabras.

—Así es, soy yo —declaró con una sonrisa en la cara.

De pronto, el horror adentró mis pensamientos. —¡Pe- pero tú  estás muerto!

Juan soltó su risa de niño. —Deja de estar siempre tan consternado. No hay razón para preocuparse aquí. Además, ahora eres joven nuevamente, qué más quieres.

Alcé la vista al infinito cielo celeste.

—Además —prosiguió—,  el agua de los mares no es salada sinó pura, bebible; los frutos jamás se descomponen, y los tiempos, permanecen bajo los albores de la primavera.

Exhalé un aire emotivo. —¡Que alegría! Podremos entonces jugar, como lo solíamos hacer en nuestro pasado… —mis palabras se entrecortaron al observar un ligero cambio en Juan; su cabeza miraba ahora el suelo. Miré también ese suelo arenoso.

Un viento fuerte rugió en la tempestad de esa arena, se arremolinó y me sumergió contra los poderosos rayos del sol. Nuevamente me inundó el terror, al ver como consecuencia, la vejez impartida en mis manos.

—Maldito desierto —pensé sollozante mientras se acaudalaban mis lágrimas, al divisar por todo mi derredor, la estepa arenosa y desolada.

Noté entonces, mi estupidez, al haber seguido las otras dos reglas de mi ex – compañero al pie de la letra:

“Como Regla Número Uno, no comerás y como Regla Número Dos, no beberás si es que realmente ansías conocer el Paraíso.”

En la estepa arenosa y desolada, veía a Juan reír, sabiendo que pronto la muerte me tendría en sus oscuros brazos, lejos de toda civilización, y a su vez, en el mismo lugar en que él fue hallado muerto.