Érase una enorme fortaleza, donde una bandera ondeaba el poderoso emblema de la familia nobiliaria. Los flameantes colores rojo, verde y azul eran embestidos por los vientos aledaños, provenientes del profundo océano a orillas del refugio.

  —¡Largo tiempo viva nuestra Reina! —alabaron los que comenzaron a entrar a horcajadas.  Centenares de soldados entraron por una enorme puerta abierta de par en par. Repicaban los violines.

Tres meses habían transcurrido desde que comenzó la guerra. Una guerra desalmada contra los Mirmicinos, que buscaban también aquella zona que se hallaba entre el mar y el desierto. Muchos llamaban a esa cadena de montes verdes que se distinguía de la aridez, la  Cordillera Verde. Era una guerra de no acabar. Pero los Dorilinos sabían con certeza que quien ganase la batalla se apoderaría de la Cordillera Verde, y, quien tuviera esto, ganaría la guerra.

Era una bella mañana para los Dorilinos. Los soldados erguían el pecho al entrar a la fortaleza. Los que se hallaban en las torres, hacían una venia sonriente a los que seguían ingresando. Todo era orgullo, ahora que habían tomado la fortaleza. Los violines seguían sonando, a un compás de alegre barroco. El último en entrar al poderoso refugio fue el general, la leyenda viva de las últimas dos batallas.

  —Soldados, —dijo mirando con frialdad a los dos guardianes de la entrada— de ustedes depende la seguridad y el éxito de nuestra campaña militar. ¡Hemos hecho historia! Libros de nosotros serán producidos en toda Europa, Asia, y en especial — en África. Pero todo… digo TODO… me lo deben a mí. En sólo tres horas de lucha, logré desviar al enemigo y logré que ocupáramos la gran fortaleza. Ahora hoy, al bajar la luz, atacaremos. Mucho no pido de ustedes mis dos valientes soldados. Tan solo mantengan los ojos abiertos ante cualquier movimiento de los Mirmicinos. Tan sólo eso y la victoria será nuestra.

  —¡Sí general!  —respondieron los dos subalternos, mientras el general se retiraba a su descanso.

  —Bueno, ¿qué opinas del general? ¿Es todo un héroe no crees?

  —No Fili. No es un héroe. Es un arrogante. ¿No viste cómo se puso a hablarnos de sus       batallas? Me parece que quiere dárselas de galán con nuestra solitaria reina.

  —Tiene todo el derecho, ¿sabes? Por muchos años hemos estado esperando este momento. Buscábamos un líder, un guerrero y un visionario. Ahora estos tres atributos se encuentran en la encarnación del general.

  —¿Que no te parece un poco extraño Fili?

  —¿Extraño?

  —Sí extraño… en especial el hecho cómo logramos conquistar esta fortaleza. Fue todo tan fácil. Los Mirmicinos ni siquiera se aparecieron a defender este territorio…

  —A lo mejor lo abandonaron. Se quedaron sin reservas y tuvieron que dejarlo. Por eso andan tras la Cordillera Verde tanto como nosotros. Los pocos que llegaron y volvieron de allí dicen que llueve comida.

  —Fili, son tonterías. Ponte a pensar. Esto es una batalla y es probable que los pocos que lograron entrar a la cordillera hayan sufrido delirios. Aún me preocupa. Insisto que hay algo raro en esta fortaleza.

  —Sshhtt… escucha la música, ¿no es melodioso como tocan esos violines?

  —Fili, no nos incumbe ahora que nos han puesto de guardia. Temo que algo se esté tramando. La fortaleza está vacía… vacía… ¡vacía Fili! Ni siquiera se ha encontrado el más remoto grano de comida.

  —Creo que dramatizas un poco las cosas. Jamás podrían hacernos una emboscada, ni aunque juntasen a tres de sus ejércitos. Hemos diezmado a los Mirmicenos con las tácticas del general. Por eso, tampoco hubo resistencia al acercarnos a la fortaleza.

  —Fili, Fili, —dijo su compañero cogiéndose la cabeza, —jamás confíes en una victoria, sin los laureles bajo tu sombra. Incluso a veces, la sombra más pequeña puede ser más grande de lo que crees.

Llegó el ocaso. Las aguas del océano cortaban al sol en una enorme media naranja.

  —Sammy… date prisa. Se hace tarde…

  —Ahorita vuelvo, mami, —dijo el petizo de cinco años.

El pequeño corrió unos metros frente a la orilla del mar. De pronto, unos piecitos suaves aplastaron la fortaleza de arena,  mientras la madre, alzaba y sacudía toda la Cordillera Verde, librándola de los rezagos de pan y otros suministros pequeños que dejó su hijo en aquella toalla. Había cesado el júbilo y un vacío imperaba bajo el rugido de los mares. El lento gemido de los violines de los grillos se prolongaba, haciendo los honores a las hormigas fallecidas.