—Como puedes ver —dijo Zeus, arreglando la corbata dentro de su abrigo negro prolijamente planchado— te necesitamos en nuestro personal—.

  Hermes caminó hasta el mostrador de la recepción y contempló la sala alineada con trotadoras y máquinas de musculación. Ningún humano parecía notar sus zapatos alados o el hecho que tenía un bastón largo con punta plateada.

—Pensé que me estaban convocando aquí para una misión importante —dijo Hermes, sus ojos siguiendo a un hombre obeso que fracasaba miserablemente haciendo sentadillas mientras rebotaba sobre una gran pelota de yoga.

—Y llegaste al lugar correcto —dijo Zeus, ofreciéndole una sonrisa digna de un comercial de pasta de dientes—. Sé que aún no te hemos explicado los detalles de lo que hacemos aquí. Quería que lo vieras con tus propios ojos.

Unas manos empujaron a Hermes desde atrás; era una turba de mujeres mortales lideradas por Afrodita.

—¡Hola Hermes! —saludó la diosa, guiando a la masa imperfecta de humanos dentro de las paredes de vidrio del salón de aeróbicos. Usaba pantalones de yoga tan apretados que casi parecían su piel, mostrando sus curvas antinaturales.

Afrodita enseña la clase de aeróbicos a las 11 en punto —explicó Zeus.

—Padre —dijo Hermes, observándolo con aburrimiento— ¿Por qué haces esto? ¿Qué pasó con aquellos tiempos de batallas épicas entre los dioses? ¿Ahora me dices que manejas un gimnasio? Y lo que es peor, ¿uno para humanos?

Zeus acarició su barba blanca sorprendido. —Esto es más que sólo un gimnasio para los mortales, como llegarás a entender—.

Una música salvaje comenzó a vibrar de la clase de aeróbicos.

Zeus miró a la masa de mujeres mortales intentando seguir cada movimiento que hacía la diosa. —Afrodita posee el cuerpo perfecto. Es por eso que las mujeres la siguen a cada paso.

Afrodita giró, se inclinó y sacudió su trasero. El grupo de mujeres la siguió. Hermes se dio la vuelta, sintiendo náuseas ante las imperfectas criaturas mortales. —Nunca tendrán un cuerpo remotamente parecido al de Afrodita —interrumpió Hermes.

—Ese es el punto —sonrió Zeus—. Pasarán horas, días, años, esculpiendo sus cuerpos, sin darse cuenta que la mortalidad es simplemente una gota de arcilla barata. Esa perfección que buscan nunca sucederá. Es bueno para nuestro negocio. Ven, déjame mostrarte un poco más el lugar.

Zeus puso una mano sobre su hombro y lo llevó a una nueva área donde un mortal sudoroso, con la lengua bailando fuera de su boca, se tambaleaba sobre una gigantesca rueda mientras su vientre rebotaba arriba y abajo.

—Pero… ¡pero eso es una rueda gigante para hamsters!

—Baja tu voz —susurró Zeus. —No quieres que los humanos se den cuenta de eso.

Pasaron el tramo de ruedas gigantes hasta que llegaron a la estación de los corredores. Zeus se detuvo. Unos pies malolientes sobresalían debajo de una trotadora.

—Hefesto —anunció Zeus—, tenemos visita—. Los pies se deslizaron por debajo de la trotadora y de allí emergió una figura gigantesca. Dos veces el tamaño de Zeus, Hefesto tuvo que inclinarse para evitar los ventiladores del techo.

El gigante amistoso lo recibió con una sonrisa. ¡Hace siglos que no lo veía! Pero para ser justos, no era fácil ni placentero visitar a alguien que vivía bajo el cráter de un volcán.

—Hefesto —dijo Zeus, haciendo una mueca al ver los callosos dedos del pie del gigante—, ¿Cuántas veces tendré que decirte que uses zapatos cuando vengas al trabajo?

El gigante ignoró el comentario y tornó su atención al acompañante.
—¡Hermes, hola!

Hermes lo saludó con un saludo a medias. Hace mucho tiempo, cuando habían ido a un bar mortal por los caprichos de Dionisio, Hefesto había tratado de abrazarlo en su ebrio estupor. A Hermes apenas lograron traerlo de vuelta de la muerte gracias a una cama de hospital y una aguja dolorosamente filuda que le inyectó ambrosía por las venas.

—Hefesto es nuestro técnico de reparación —dijo Zeus—. Nos ayuda con las fallas mecánicas en las máquinas.

Se oyó un sonido metálico seco. Provenía del otro extremo de la habitación.

—¡Eres un miserable! —gritó una ruidosa voz. —¡Eres un gusano, un pedazo de arena que habla y es probable que muera pronto!

En una camisa sin mangas, el gritón dios Ares, merodeaba junto a un rack de pesas. Su enorme brazo señaló acusadoramente a un viejo mortal arrugado que yacía de espaldas con brazos abiertos y manos temblorosas por un gran peso que acababa de tirar al suelo. La bota de Ares presionó contra las huesudas costillas del hombre. —Excusa inútil de un mortal. ¿Es así como quieres entrenar en Gods’ Gym? ¿Acaso doscientas repeticiones es pedir demasiado?

—Es un imbécil —dijo una voz femenina detrás de Hermes—. Les saca la mugre con el entrenamiento.

Hermes se volteó reconociendo a la diosa Atenea, sus ojos aburridos protegidos por unas gafas de montura gruesa que contemplaban por un momento la embarazosa escena. —¿Quieres un cigarrillo? —dijo ella, sacando uno de su saco médico.

—No hables lisuras —dijo Zeus cortésmente.

—¿Y cómo Ares sí puede?

—Él es el entrenador físico. Es su método favorito de entrenamiento. Empuja a los humanos por encima de sus límites.

—Sí claro. Él es un gran entrenador motivacional —dijo Atenea, poniendo los ojos en blanco y botando un anillo de humo de la boca.

—¿Ella es la nutricionista? —preguntó Hermes. Zeus asintió.

—Nos vemos —dijo Hermes, volviéndose hacia Atenea. Ella simplemente inhaló su cigarrillo hasta convertirlo en un gusano de carbón, y luego golpeó las cenizas contra el suelo de mármol con su bota blanca.

—Qué equipo tan feliz —dijo Hermes a Zeus.

¿Era esta la idea de su padre de hacer buenos negocios? Nunca había visto un grupo de dioses tan tristes. No desde los viejos tiempos cuando las cosas eran mejores y…

—Ella es la diosa de la sabiduría —respondió Zeus. —Naturalmente piensa demasiado las cosas.

—¿Y eso la hace infeliz?

Zeus se encogió de hombros. —Sigamos adelante.

Entraron en un corto pasillo al vestuario de hombres. Un hombre de bigote caído se encontraba de pie junto al lavabo mirando su reflejo sin cesar.

—Los espejos —susurró Zeus— están mágicamente diseñados para magnificar las imperfecciones humanas.

El hombre frunció el ceño. —¡Tengo un grano del tamaño de mi cabeza!

—Cálmate, amigo mortal —dijo Zeus, con una sonrisa exagerada—. Es por eso que estás aquí: ¡para ser todo lo que puedes ser!

—Pero…

—Ve a ver a nuestra nutricionista —dijo Zeus medio ausente—. Sus precios son baratos.

El dios de los dioses parecía distraído por el sonido de horribles gárgaras proveniente del cuarto de duchas.

El rostro de Zeus se tensó, sus ojos dirigiéndose hacia el ruido. —Ven conmigo —dijo, y Hermes por un segundo creyó ver nubes oscuras formándose en el techo.

—Padre, ¿es realmente malo para un humano hacer gárgaras en la ducha?

—Eso no son gárgaras humanas. Ese es Poseidón otra vez, tratando de cantar.

  Zeus abrió la cortina de la ducha. El dios del mar estaba desnudo, sosteniendo un tridente de oro en una mano, una barra de jabón en la otra y un pato de goma como flotador en su cintura.

—¡Poseidón! ¿Qué estás haciendo? —retumbó la voz de Zeus.

—Siempre quise saber cómo eran estos dispositivos humanos flotantes —dijo Poseidón—. Mira, cruje cuando trato de apretarlo.

—Déjate de tonterías —dijo Zeus, con los brazos cruzados—. ¿Cuántas veces te he dicho que estas duchas son exclusivamente para clientes?

—Sabes cuánto extraño…

Para con tu nostalgia del océano, agarra una toalla y vuelve al trabajo.

Hermes se volvió hacia Zeus. —¿Qué es lo que hace él aquí?

—Se ocupa de las duchas, los inodoros y los problemas relacionados con el agua. La semana pasada tuvimos un incidente con una sirena que sedujo y luego le arrancó un brazo a uno de nuestros clientes. Se supone que Poseidón se ocuparía de que eso no vuelva a suceder. Pero seguramente volverá a pasar si pasa sus horas de trabajo en la ducha.

—Extraño mi hogar —dijo Poseidón tristemente.

—Deberían despedirte —respondió una voz sibilante. Con las manos sucias, un calvo Hades agarró su escoba vieja y negó con la cabeza—. Termino haciendo todo el trabajo de Poseidón, incluso los baños, ¡mientras que él no hace nada!

—Hades —dijo Zeus—. Estoy seguro de que tu vida aquí es mucho mejor que en el Inframundo.

—¡Prefiero vivir un millón de veces en el Inframundo que tener que limpiar esos inmundos baños! —Hades enfureció—. Quiero un aumento.

—Deberíamos irnos —dijo Zeus, poniendo una mano sobre Hermes. Desde el vestuario caminaron hacia la cafetería del gimnasio. A solo unos pasos de distancia, a través de las paredes de vidrio, se podía ver a las mujeres cansadas, agitando sus agotados ​​brazos en imitación de la inquieta perfección de Afrodita.

—Debes tener sed —dijo Zeus—. Aquí puedes ver una lista de nuestras bebidas.

Hermes miró la pizarra:

Zumo de Naranja – Para todas las edades.

Shake de Proteínas – 18 años a más.

Shake de Ambrosía – 120 años a más.


—¿Lo entendiste? —Zeus rugió a carcajadas—.

—¿Entender qué?

—La broma de los dioses que yo inventé. Del Shake de Ambrosía. Solo personas mayores de 120 años pueden beberlo.

—¿Y?

Así que … —dijo Zeus esperando una reacción—, ¡eso significa que ningún humano podrá beberlo!

Hermes negó con la cabeza. No había un alma en la cafetería. —Pensé que Dionisio estaría feliz de manejar esto.

—Dionisio es un vago. Solía ​​venir ebrio. Era terrible para los negocios así que lo despedí —dijo Zeus mientras un trueno brillante aparecía bajo su cerrado puño.

—Entonces —dijo Hermes—, ¿la razón por la que me trajiste aquí es porque quieres que ocupe el puesto de cafetería de Dionisio?

—No —dijo Zeus, mirándolo a los ojos. —En realidad estamos buscando un vendedor. Alguien que nos ayude a capturar tantos clientes humanos como sea posible. Pensamos que eres el dios perfecto para eso, teniendo en cuenta lo bueno que eres embaucando personas.

—¿Pero por qué? ¿Por qué un gimnasio? Todos los dioses parecen muy infelices aquí.

—Porque —dijo Zeus con ojos encendidos— el materialismo es el nuevo dios de la humanidad.