El Sol rebotaba de arriba abajo sobre los montes al rápido trote de Los Días.

—¡Paren! —dijo el Sol, preocupado de ver la prisa que tenían Los Días. Pero éstos eran unos incansables deportistas, corriendo sin cesar, a veces tanto, que el sudor de los Días goteaba sobre la mundana Tierra.

—Les parece justo —protestó el Sol— que tenga que rebotar sobre los montes, ¿por tanto sigilo de ustedes?

Los Días no respondieron la pregunta del Sol, ya que era uno de aquellos momentos, en el que corrían tan agotados, que botaban con fuerza los huracanados vientos de sus alientos.

Los Días pasaban siempre galopantes, alzando al Sol para luego rodarlo por los suelos como un yo-yo ardiente. El orbe dorado, dejó pasar casi a trescientos Días más. Pero la familia Días, tenía bajo total control al Sol, y éste, comenzó a ensombrecerse.

—¿Qué sucede contigo? —inquirió la Luna en una de sus muchas reuniones de ocaso.

—Creo que estoy perdiendo la razón —dijo tristemente su amigo flamígero.

—No la pierdas —sugirió la plateada—. La necesitarás para suavizar a la Tierra. No querrás, que ella se vuelva la gélida criatura que fue en tu ausencia.

—No —dijo el Sol— pero me siento vacío; más inútil que una marioneta con cuerdas.

—En cierta forma somos iguales —proclamó la Luna— cuando viene un Día, tengo que estar a su lado en las horas de su despedida.

—No, estás equivocada mi preciada Luna —interrumpió el orbe de fuego.

—Soy yo quien menos descansa. Tú por lo menos tienes tus vacaciones cuando te proclaman Luna Nueva. Incluso los Días te aprecian mas a ti que a mí. ¿Por qué tienes que ser tú, la que los despide cada noche?

—Déjame explicarte.

—No. Nada me tienes que explicar. Mientras yo me esfuerzo en darles la bienvenida, ellos terminan yéndose contigo. Te quieren mas a ti que a mí. —dijo el Sol sonrojándose con facilidad.

—Bueno —dijo la Luna—, por algo será. Pero yo no tengo solución a las Leyes Universales. Lo que sí puedo hacer es ofrecerte unas pequeñas vacaciones.

—¿En serio puedes? —irradió el Sol.

—En serio. Déjamelo a mí y vas a ver que después de que pasen trece Días te daré un descanso.

Con cierta impaciencia, y entre botes y rebotes al estilo pelota de playa, el Sol esperó que pasen los trece Días que felizmente resultaron ser corteses. Esa tarde, se apareció la Luna.

—¿Tú a estas horas? —dijo el orbe mirando su cielo esclarecido.

—Sí mi preciado Sol. He venido a reemplazarte por un tiempo, así que mejor aprovecha el descanso.

La Luna, en un esfuerzo descomunal, puso su pesado cuerpo frente al Sol, escondiéndolo de uno de los Días que pasaba por ahí. Pero la gorda plateada, tuvo la mala suerte de toparse con un Día pesado.

—¿Qué haces tú acá? Se supone que el cielo es claro. No hagas que sea de noche cuando bien sabes que no lo es.

—Te equivocas, Día. Solo estoy dándole unas vacaciones al Sol.

—Bueno, pues ya fue más que suficiente. Debes guardar tus energías para que, al oscurecer, me puedas despedir con énfasis. Sabes bien que nosotros los Días, le tememos a la oscuridad —dijo comenzando a arrastrarla.

La Luna estuvo unos minutos aguantando sobre sus espaldas al Sol, mientras que el Día, con una soga invisible, la jalaba con insistencia.

—Vete ya —le decía el pesado Día cada vez incrementando más el jalón sobre ella. Una corona de fuego rodeó por unos instantes a la plateada.

—¿Sabes qué? Te ves bella con esa corona de oro sobre tu faz —le dijo el Día—. Cómo quisiera ser el satélite que te acompañe en ese trajín eterno. Pero mis pies corren con la maldición del tiempo, alejándome de ti y trayendo en su futuro otros Días que te alabarán, todos desgraciadamente, distintos a mí.”

—Sí, tal vez sean otros Días, distintos a ti, pero de igual modo seguirán siendo Días —dijo la Luna mientras se alejaba, privando al Sol de sus cortas vacaciones.

El otro atardecer, cuando el Sol se encontraba cayendo, volvió a opacarse frente a la Luna. —Me has engañado —le dijo el Sol a la Luna Menguante que se encontraba hace ya algún tiempo a dieta.

—¿Acaso no te di yo unas vacaciones? —le replicó el menguante plateado.

—Si te refieres a los tres minutos de descanso que me diste, no. No creo que me hayas dado unas vacaciones por el tiempo suficiente.

—Pues yo tuve que soportar las extrañas insinuaciones de un Día pesado y abrumador sólo para darte esas vacaciones. ¿Te parece justo?

—No. No me parece justo que hayas hecho un eclipse para que me des unas vacaciones de tan solo tres minutos y luego te vanaglories a mi despecho con una corona sobre tu faz —dijo el Sol en una erupción de calor.

—Bueno —dijo la Luna en tono frío y metálico— esa será toda la ayuda que obtendrás de mí.

—¡Vete a un agujero negro! —despreció el Sol—. Por lo menos yo, cuando brillo, soy el esplendor y dulce galán de la Tierra. En cambio, tú eres fea, de poco brillo y llena de cráteres negros en el rostro.

—Entonces ve y pídele consejo a la enamoradiza Tierra, rabia ardiente —respondió la Luna.

—Eso haré.

—Tierra —vociferó el Sol cuando llegó el siguiente Día.

—¡Tierra! —volvió a anunciar.

—¿Me llamabas mi luz? —dijo la Tierra.

—Ya te dije que prefiero que me llames por mi nombre —aseguró el orbe dorado.

—De acuerdo, mi Sol, ¿que sucede?

—Vine por que quiero pedirte un favor. ¿Puedo?

—Claro que sí mi dulce luz. Sabes que tú eres el único que se preocupa por mí, iluminándome y haciendo que los ojos que rotulan a mi alrededor observen mi belleza. ——Quiero lo siguiente —dijo el Sol tácitamente—. Quiero que los Días dejen de correr para que yo me pueda tomar unas vacaciones.

Al oír esto, miles de enormes piedras rodaron de las montañas y la tierra se estremeció con violencia, abriéndose en el suelo grietas enormes por doquier.

—Me haces reír mi Sol. Eres un idealista. Creo que deberías pisar tierra firme y darte cuenta de lo que dices.

—Lo siento, Tierra. Es que creo que seré un esclavo hasta el último de mis Días —dijo apagadamente el Sol.

—Tal vez no se te haya ocurrido, pero deberías hablar con el Tiempo,”

—¿Con el Tiempo?

—Sí, él es el administrador en jefe de los Días —dijo con certeza.

—Debe ser una persona muy ocupada…

—No te preocupes, el Tiempo puede hacerse tiempo para ti.

—Agradezco tu consejo —dijo el Sol otra vez radiante.

Un volcán explotó sobre un pequeño poblado de humanos que gritaban y gemían mientras brotes de lava tapaban en un manto rojo a la pequeña comunidad.

—¿Qué fue eso? —dijo un Sol sonrojado.

—Lo siento. Estoy con los gases —fue la respuesta mundana que no se hizo esperar de la Tierra.   

—¡Tiempo! —llamó inmediatamente el redondel solar.

—Te escucho. Además, te escuché y te escucharé por siempre. ¿Qué cosa quieres? —dijo el Tiempo.

—Bueno, quiero…

—No me lo digas, ya lo sé. Además con tanta explicación, me vas a hacer perder el tiempo. —¡Pero si tú eres el Tiempo! —protestó el Sol—, así que no puedes perderte a ti mismo.

—Eso es verdad. ¿Pero alguna vez te has mirado sobre algún remanso?

—Si…

—Tu rostro brilla como el oro… y el tiempo en sí es oro. No sabes lo mucho que te admiro por eso, estimado Sol.

—¿En serio? Tú, el administrador y jefe de todos los Días, ¿admiras a un esclavo de tus propios sirvientes?

—¿Te suena absurdo? Más absurdo es tener a los pobres Días trotando sin parar —aseguró el Tiempo.

—En eso estoy de acuerdo contigo —dijo el Sol—, por eso te vine a proponer una solución. Deberías dejar que los Días se asienten un rato sobre los montes, como si estos fueren banquillos para que descansen. Sé que todos ellos tienen un excelente físico, pero a veces los noto cansados. Dan mucha pena la verdad.

—Creo —dijo el Tiempo— que me tomas por tonto. Estoy en todas partes todo el tiempo y bien sé que lo que quieres es tomarte tú unas vacaciones.

—Y… ¿puedo?

—NO —dijo rotundamente el Tiempo.

—¿Y por que no? ¿Que acaso no es mejor que descansen un poco todos? Hablo en nombre de todos los Días, la Luna, La Tierra… en fin, TODOS. Aunque sea, ¿no podrías al menos darle una facilidad a los Días para que caminen en vez de trotar?

El Tiempo cascabeleó como alarma de relojero.

—¿Crees tu que yo quiero retrasar mi tiempo? ¡Al contrario! Hace mucho tiempo he estado viendo formas de hacer que Los Días corran aún más rápido. Incluso les compré zapatillas de marca para que corran con más velocidad.

—¡Pero eso aceleraría el tiempo y haría nuestras vidas más difíciles aún! —requintó el Sol. —Sí, pero mi objetivo es ahorrarme más el tiempo para mí solo.

—Que egoísta… —protestó el Sol—. Aunque sea, deja que los Días descansen un minuto.

—Sólo un minuto por favor… —repitió un Día suplicante que justo trotaba por el lugar.

—Lo siento. Me están haciendo perder mi tiempo —se despidió el Tiempo luego de mirar su reloj y esconderse.

—Tierra —dijo el Sol nuevamente—. Tú eres sabia. Dime qué puedo hacer.

—Es fácil, —dijo con su mundana sencillez—. No hagas nada.

—¡¿Nada?! —dijo el orbe de luz con sorpresa.

—Verás, me puse a pensar. Tu vida no es tan mala, mi Sol. Mira a la Luna. Puede desaparecerse un buen tiempo de mi vista e irse de vacaciones, pero aun así siempre se encuentra haciendo las más drásticas dietas. Con todo y régimen militar de comida, jamás se le van los cráteres de la cara y esa frustración la vuelven a hacer engordar como una pelota. A veces pienso que sufre de bulimia. Ahora observa a los Días. Ellos tienen que correr sin parar por toda la eternidad. A ellos ni siquiera les otorgan vacaciones.

—¿Y qué me dices del Tiempo? ¿Que acaso él no tiene la libertad de hacer lo que quiera con todo su tiempo?

—Sí, pero tanto es su afán por sí mismo que se pierde en su propio tiempo y jamás hace nada. El Tiempo siempre vivirá descontento, viendo formas como ahorrar más de su propio minutero.

—¿Y tú Tierra, ¿acaso tienes algo de qué quejarte?”

—Sí, y de mucho más de lo que te imaginas. Si tú te sientes como un yo-yo cuando los Días te hacen subir y bajar, como crees que yo me siento al ser pisoteada Día tras Día que trota sobre mis senderos. Sin contar a los Días que se les da por transpirar o llorar, en las que termino muchas veces ahogada en charcos. ¿Te parece que todo esto es justo? Tú en cambio, vives siempre bajo tu cálida luz. Yo tengo que esperar que te aparezcas para vencer mis temores y el frío de tu abandono. De la Luna, tampoco tienes nada que envidiar, ya que tu brillo de oro opaca su pálido color cada vez que te apareces. Después de todo lo dicho, ¿aun crees que debas darte unas vacaciones?

El Sol mostró su potente fulgor satisfecho con la respuesta que le había dado la sabia Tierra.

—Estoy más que satisfecho, gracias.

—Cuando quieras, estoy para servirte, mi luz, —dijo la enamorada terrenal.

—Llámame luz cuando quieras —le sonrió el Sol estirando sus brazos de luz con un bostezo.

Durante aquel Día, la Tierra se alegró y vomitó, evacuando sobre el lomo de una de sus cordilleras un último huayco de piedras e indiferencias.