Petronio se vestía, ponía su mejor atuendo, un elegante terno negro, corbata a rayas y unos zapatos lustrosos en betún recién sobado. El aroma de su perfume se percibía intensamente. Era una mañana calurosa, y finalmente había logrado una cita con Liliana Gracamoro, una reconocida modelo. La joven había accedido a los ruegos de  aquel galán por invitarla a comer y finalmente tenía su oportunidad. Sacó su cepillo de dientes y comenzó a cepillarse. Es extraño como a mucha gente le parece ofensivo lavarse los dientes; era como si la sociedad actual prefiriera a aquellas personas que te hablaban rociándote la nariz con un incesante aroma a perro muerto. Petronio ya había pensado en la posibilidad de comerse unas cebollas; así tal vez la gente tenga mejor posibilidad de aceptarlo en la sociedad.

—Gracias —le dijo a una señora regordeta, mientras se enjuagaba la boca con la botella de Inca Kola. Su intención era devolvérsela pero la señora hizo un pequeño gesto de negación, sonriente. Era bueno ver gente tan cortés; hizo unas gárgaras, sacó la cabeza por la ventana y escupió el liquido. Retornó la cabeza a su asiento justo antes de que su combi dé un tumbo contra un sardinel. La gente lo seguía mirando. Un ejecutivo, de lentes, camisa a cuadros y maletín apoyado entre las rodillas lo miraba fijamente. Ese hombre tenía algo contra los cepillos de dientes. Pero Petronio debía mantener su higiene; jamás se perdonaría salir a verla con un olor  tan desaprobable; menos siendo una modelo. Volteó y vio al ejecutivo, éste lo seguía observando. Dos colegialas grismente uniformadas se reían constantemente, mientras guardaba su cepillo y pasta dental en el bolsillo de su pantalón. “No hay nada que hacer, “ pensó, “soy demasiado atractivo.”

De pronto, el ejecutivo detalló en las agujas de su reloj, y rápidamente abrió su maleta; parecía consternado, agitando papeles y quien sabe que más dentro de la maleta. De pronto, a Petronio le vino un ataque de pánico. ¿Sabría quien era? Era muy probable que aquel ejecutivo era su asesino, mandado por los coroneles de la Guerra del Caballero. Tenía que ver el momento preciso para bajarse de aquella combi; anunciaría su bajada.

Pero notó algo que le trajo aún más pavor. El chofer de la combi fumaba un cigarrillo mientras manejaba, deslizando suavemente los dedillos al botar la ceniza. Era un espía ruso, contratado probablemente por el General Propov, dedujo al notar su estilo de fumar. Las sombras se extendían sobre la combi con un intenso olor a muerte. El olor era demasiado obvio como para que Petronio lo ignorara. Ese olor fétido, que asemejaba mucho al olor que expelen los humanos de su cuerpo al aflojárseles la tripa hizo contacto con su refinada nariz.

—¡No! ¡Malditos! ¡No lograrán vencerme! —exclamó parándose de un tirón y golpeando el portón corredizo. El vehículo se detuvo de a golpe. La puerta se abrió y Petronio saltó, cayendo sobre una esquina del jardín. Se paró rápidamente pero ya era muy tarde. La combi había escapado.

—Bueno, al menos estoy vivo —dijo exhalando el aire de la tensión.

Su susto no había pasado.

—La modelo! —exclamó. Un montón de hombres en la calle voltearon en afán de búsqueda.

El terno reluciente, había sido decorado ahora por los pequeños regalos que puede rara vez ofrecer un jardín; un puñal de flores y una pastosa crema marrón, cortesía de algún perro rabioso. Respiró un aire de tranquilidad. Había logrado lavarse los dientes y estaba vivo, que era lo importante. Dos cuadras más allá, vio con felicidad el Marriott, el hotel donde había quedado en reunirse con ella. Frotó sus manos en son de alegría.

La cafetería del Marriott resaltaba una bombeadera de gente, todos en elegantes camisas celestes o ternos. Veía el buffet pero no sentía apetito; el hedor del mojón, salpicado en su terno, ofrecía resistencia a las ganas de su paladar. La música era extremadamente reconfortante. Se sentía como un astronauta en el espacio. Cerró los ojos dispuesto a teletransportarse. El sonido del espacio resonaba en su mente y de pronto, como un chispazo, vio en su mente un montón de luces amarillas.

—Hola, soy la estrella que buscabas —le dijo una luz potente y amarilla que resaltaba sobre las otras.

Petronio miró hacia abajo y vio el planeta Tierra, remotamente acercándose hacia él. Luego, volvió su rostro a la luz, contemplando esa enorme estrella.

—Eres increíble! —le empezó a decir.— Tú eres la estrella que más brilla, dando luz al resto de la constelaciones.

La estrella resplandeció aún más. Petronio sonrío esquivando un enorme meteorito en la oscuridad infinita.

—Con tu luz, puedo esquivar meteoritos —continuó.

Sin embargo, el pánico regresó cuando vio que la Tierra estaba casi al costado de él. Era muy tarde; Petronio había olvidado que los planetas se movían, tal como recordaba de sus años escolares. Había  sido absorbido por la  atmósfera y comenzó a caer rápidamente.

Abrió los ojos y vio a una hermosa mujer, vestida en cuero rojo, escote apretado y una mirada enternecedora. —Qué romántico eres. Dices cosas muy lindas —dijo ella delicadamente.

Petronio aprovechó de sonreír, mostrando su dientes blanquecinos; se había quedado dormido en la cafetería. Los dos se miraron por un largo rato, sin saber qué decir. Los penetrantes ojos azules de la modelo poseían una dulzura angelical.

—¿Eres soltera? —le preguntó, decidido a jugar su suerte.

—Sí —le dijo ella con un suave movimiento de labios—. ¿Y tú?

Fue agarrado de sorpresa. Jamás pensó que una modelo tan hermosa le prestaría tanta atención.

—Estoy soltero —agregó con seguridad.

La modelo rió. —Sería lindo poder salir con un hombre como tú —dijo ella con  ciertos rasgos de felicidad. Petronio se mostraba extremadamente contento. Había logrado encontrar la cita de sus sueños.

—Te quería hacer una pequeña pregunta, —ella soltó.

—Lanza cualquier pregunta. Yo respondo todo —dijo él emocionado—.

—Dime, ¿cómo sabías que era yo? ¿Cómo me reconociste?

De esta manera se encandilaron las sospechas de Petronio. La hermosa figura femenina que contemplaba, no era mas que una criatura de otro planeta que le había hablado a él cuando se encontraba en el espacio exterior.

—¿Tú eres la estrella? —le preguntó petrificado.

—Claro, soy una estrella televisiva desde hace varios años —dijo mostrando una sonrisa que ahora a Petronio le pareció macabra. Siempre paraba metiéndose en líos siderales. Ahora se encontraba confundido y buscaba una nueva manera de escapar. ¡Era la estrella de su visión! Agitó la cabeza varias veces en son de negación.

—¡O Dios mío! ¡Mírate! —exclamó ella—. Habrá que darte una lavada. Te llevaré donde yo vivo.

Petronio hizo una mueca extraña. Ahora la alienígena pensaba hacerle un lavado cerebral en su máquina extirpadora de cerebros; además, creía que se saldría con la suya llevándolo a su planeta.

—No me llevarás a ningún lado, extraña criatura del mal.

La modelo se sorprendió. —¡Cómo dices cosas de ese tipo! Ni siquiera te conozco y ya quieres tener relaciones conmigo. Pensé que eras diferente…

Era típico de los marcianos agarrar al ser humano a través del sentimentalismo; lo había leído en un libro llamado, “Los marcianos y la invasión planetaria” por Dimitri Fukolayevich.

Tenía que pensar como fugarse de aquel lugar tan amenazador. Necesitaba pensar.

—Mozo, tráigame algo para comer.

El mozo lo observo de reojo y luego miró a la despampanante muchacha de rojo a su costado, rodeando sus mejillas en lagrimas. —Le recomiendo señor el Menú de la Casa. Usted puede escoger cualquiera de los platos más finos que tenemos…

—Ya, tráigame todos los platos —dijo pensativo—. Comiendo tendría más tiempo para pensar. Aún no encontraba forma de salir del problema.

—¿Seguro, señor? Son muchos platos!

—Dije que sí, ¡y ahora déjeme en paz!

El mozo asintió con la cabeza y se retiró; parecía ser también parte del complot.

La modelo, lloraba más fuerte que nunca. Ahora todo el mundo lo miraba. Otra vez estaba en medio de un montón de asesinos y criaturas interplanetarias que buscaban venganza; lo sabía. La cara de algunos se asemejaba a algunos sujetos que estuvieron con él en la combi, solo que enternados. Fue en ese momento de grave desesperación que se le iluminó el foco, con tal magnitud de vatios, que casi le explota la cabeza por la velocidad con la que ejecutó su idea.

—Ahorita regreso, voy al baño —anunció, poniendo su mente en blanco por temor a que la alienígena le leyera la mente.

—No te molestes conmigo —respondió ella—. Sólo te pregunté como sabías que era yo porque me dijiste cosas tan lindas cuando te vi con los ojos cerrados.

El sentimentalismo de Petronio cesó de existir; sus oídos, meros témpanos de hielo ante las falsas súplicas de la alienígena.

Con agilidad se dirigió al baño ante la mirada atónita del resto de personas. Adentro, se refregó la cara con agua, y  sacó su peine; era el maestro de los disfraces. Cambió radicalmente su peinado. Su cabello mostraba excesiva resistencia así que se echó más agua. Una vez satisfecho, sacó las manos del agua y jaló la cadena del retrete; había siempre que mantener la higiene.

Salió dando a lucir el éxito de su disfraz. Nadie se había dado cuenta de aquel hombre del pelo mojado, que salía tranquilamente del hotel. La enorme multitud rodeaba a la alienígena sollozante. Petronio rió para sus adentros, “A fin de cuentas, Fukolayevich tenía razón. Los humanos habían sido engañados por el sentimentalismo fingido de los marcianos”.

Observando desde la ventana del taxi amarillo que lo llevaría a casa, contempló la extraña escena. El mozo que definitivamente era un agente secreto, daba gritos a la ninfa roja. Le regañaba algo acerca de ir a la cocina a lavar platos por el enorme gasto que supuestamente ella había causado al hotel. Sin embargo, en el fondo Petronio sabía que la habían atrapado por transgredir los protocolos de invasión del planeta Tierra sin permiso. A lo lejos, el desorden reinaba en el local; mozos y personas en terno gritaban y se mezclaban en la confusión. Finalmente Petronio iba a casa, su refugio libre y seguro de las hostilidades que tanto seres humanos como seres de otro planeta pudieran causarle.