Érase una vez en Kansas, Estados Unidos, una muchacha de nombre Dorothy. Vivía junto a su familia en una granja, y era su menester visitar sus vacas y hablarles. Les hablaba sobre sitios lejanos, al otro lado del multicolor arcoiris; lugares donde todo podía ocurrir. La mente de la joven divagaba, hastiada de las llanuras con sus cosechas y los mugidos de sus tontos oyentes. “¿Que habría más allá del arco iris?” volvió a pensar, despertando por el breve coletazo de la vaca.

Su perro, un pequeño Beagle blanco de fino pedigree comenzó a ladrar.

—Toto, ¿qué sucede? —murmuró Dorothy confundida. El fuerte roce del viento le rastrillaba la cara.

—Toto, ¡basta! —requintó casi perdiendo el balance cuando divisó el extraño fenómeno. Salió fuera del granero, tropezando por los pastizales, levantándose y corriendo nuevamente hasta la entrada de su casa.

—Papá, mamá, ¡abran la puerta!

No hubo respuesta. La muchacha atinó a gritar ante la presencia del gigantesco revoltijo de aire, desplomándose inútilmente sobre la acera.

**

Dorothy despertó, apenas recordando el licor y las drogas; luego los mareos y el extraño huracán que invadió su cuerpo. Miró a su alrededor. El descolorido gris de los cielos respiraba humos sucios de contaminación ambiental. Se paró dando un paso y luego tropezando; un bache en la pista.

—Creo que ya no estoy en Kansas —suspiró.

—Uy, cielos, déjame ayudarte pobre niña. —Una mano delicada, blanca, con uñas bañadas en rojo le extendió la mano alzándola de la pista. Era una mujer vistiendo ropa de etiqueta, pelo enjuto y crespo, y collares y brazaletes de todos los brillos.

—Gracias señora, es usted muy amable. ¿Me podría decir donde estoy?

—Por supuesto mi niña, pero dígame, ¿que hacía usted tendida en estas pistas?

—No lo sé. Soy de Kansas, Estados Unidos y no sé dónde me encuentro en esta ocasión. ——¡Bueno, bueno! ¡Bienvenida al Perú! Te encuentras en la ciudad de Lima. Espero que estés disfrutando tu estadía aquí.

—Es que, en realidad… —lágrimas brotaron de sus ojos— me perdí.

La mujer intensificó los ojos mostrando interés. —¿Ah sí? Bueno pues, no tienes por qué preocuparte, niña. Considérame tu hada madrina.

—Qué debo hacer. Prometí a mis padres que estaria en casa antes del almuerzo —dijo rendida, confusa.

—Niña, niña, te preocupas demasiado. En este mundo la vida es diferente —suspiró—  sí… diferente…yo no te puedo solucionar ese problema, pero sé de alguien que sí puede. Tienes que encontrar al famoso Mago de Arroz. Él te ayudará a regresar a casa.

—¿Y cómo es que llego a encontrar a ese susodicho mago?

—Es fácil, deberás seguir el camino de la pista malograda. Este camino te guiará directamente hasta sus majestuosos aposentos —concluyó.

Dorothy sonrió, despidiéndose de  su benévola protectora. Lamentaba que no pudiera acompañarla, pero sabía que tenía un deber importante que aún no comprendía, relacionada a una reunión de etiqueta social, según la mujer lo definió. Así fue como inició su travesía por la suntuosa pista malograda. Sonrió nuevamente. Estaba finalmente en el mundo al otro lado del arco iris.

—Fuera de Kansas, jamás imagine que un mundo como este existiese —pensó.

Máquinas con rastros de humo frenaban cerca de ella. Algunas personas subían, otras bajaban de éstas en tumulto industrial.

Un grupo de cinco personas con botellas en la mano le silbaron. Dorothy los ignoró, pensando en la inmadurez de esas criaturas. En cambio su dirección tornó a un hombre de mirada distante, estático y postrado sobre una vereda. La rubia, en su afán humanista decidió socorrer a tan desolado personaje. —¿Qué te sucede pobre hombre?

—Nada, simplemente que no tengo nada que hacer.

—No comprendo. ¿Cómo que no tienes nada que hacer? Todos tenemos cosas por hacer en la vida como bailar, cantar, trabajar…

—Si me permites, señorita, es justamente eso- no consigo trabajo y me siento muy desdichado. No tengo amigos y los pocos que conozco me llaman el Espanta-trabajos. Se burlan y dicen que jamás conseguiré algo con qué sustentarme solo.

—Pobre hombre —dijo apenada— pero si vienes conmigo podemos ir a ver al Mago de Arroz.

—¿El Mago de Arroz? ¿Y quién es ese?

—En realidad, yo tampoco lo sé pero una señora muy bien vestida me lo recomendó. Dijo que era el único capaz de resolver cualquier problema.

—¿Ah, sí? Bueno, si es así, con gusto te acompaño. A lo mejor él puede conseguirme un trabajo.

La trayectoria fue seguida con inusual deleite. Dorothy escuchaba con fascinación los bocinazos, gritos e insultos de los conductores.

—¡Qué admirable! ¡Nunca había visto un país con tanta libertad de expresión! —comentó ella.

—Sí, sé a lo que te refieres —dijo el Espanta-trabajos con tristeza.

La pista quebradiza ahora se extendía hacia un extraño paisaje rodeado sobre sus costados de objetos brillantes. La joven estadounidense corrió hacia los objetos. —Este mundo esta lleno de tesoros y maravillas —rió alocada— que feliz estoy.

El espanta-trabajos la miró serio. —No seas tan burlona, Dorothy.

Dorothy se encogió de hombros sin comprender.

Al acercarse a tocar uno de los objetos, una mano delgada la retuvo. —Alto, ¿qué haces?

Era un joven escuálido, de rostro trigueño y mirada atónita.

—Nada sólo quería tocar esos…

—No los toques. Son mis latas.

—¿Y tú quien eres?

—Soy el Hombre de Latas. Me llevo todas las latas que saco de la basura para luego venderlas.

—¿Sí?

—Sí, fíjate que ayer junté más de cien latas y pude comprarme un pan.

—Que bueno —dijo Dorothy.

El Hombre de Latas la miró de reojo— ¿y qué hace una chica tan linda como tú por estos barrios?

Ella rió, sin entender la capciosa. —Estoy yendo a ver al Mago de Arroz. Dicen que él puede solucionar cualquier problema que uno tenga.

—¿En serio? ¿Puedo acompañarte? Ese Mago de Arroz suena a cosa seria. Tal vez él pueda resolver mi problema y curarme de mi pobreza.

La tarde ya menguaba sus últimos rayos de luz sobre el horizonte. La pista quebradiza se desviaba, enfilando hacia una profunda y lúgubre calle.

—Tengo un poco de miedo —balbuceo el Espanta-trabajos.

Dorothy contempló el lugar que atravesaban. —Espero que no nos encontremos con ningún monstruo malvado —murmuró preocupada.

—Oh sí, aquí hay muchos monstruos malvados. Tenemos que mantenernos alertas. Yo viví en una zona como esta y sé lo que puede pasar si ven aquí a una rubia de un mundo alterno —soltó el Hombre de Latas.

Dorothy se aferró a los dos hombres. —Escucharon eso? Creo que alguien nos sigue.

El viento susurraba temeroso. Los tres pararon a medio trecho para escuchar, silenciosos. Un caño abierto goteaba de algún lugar cercano.

—¡Groarrrr! —Quedaron paralizados al ver la figura colosal de un gigante, con el rostro cubierto por más de diez cicatrices.

El Hombre de Latas y el Espanta-trabajos se arrojaron al piso suplicantes. —Por favor, no nos mate, llévese todo pero no nos mate. Por favor, por favor, por favor…

Dorothy veía a sus dos compañeros confundida.

—Muchachos, cálmense ¿quieren? No se van a dejar intimidar por este hombre solo por que es feo.

Al colosal le tembló la bocota. Sacudió nerviosamente la cabeza y comenzó a hablar en tono llorón. —No puede ser… todos piensan que soy feo y estoy harto. Por eso no logro tener amigos. Todos me ven la cara y ya están pensando que les quiero robar. Eso es injusto —lloriqueó.

Dorothy se le acercó y le sostuvo la gruesa mano con sus dos delicadas palmas.

—¿No te da vergüenza llorar, tonto grandulón? Ven con nosotros a ver al Mago de Arroz y él solucionará tu problema.

—Es como un doctor o algo así? ¿Puede acaso hacer que me arreglen la cara?

—Según Dorothy, sí. Es- es una especie de doctor, —dijo el Espanta-trabajos aún temeroso.

—Bueno, los acompañaré entonces —vociferó. —Me llaman el Feón. No tienen problema con que los acompañe, ¿no?”

—No, no- para na-nada —aseguró el intranquilo Hombre de Latas.

El camino de la pista malograda cada vez se hacía más corto, y esto lo sabían por intuición los cuatro amigos. Estaban entrando en un barrio aún más oscuro que el del propio Feón. ——No creo que debamos seguir este camino —murmuró el colosal gigante.

Dorothy lo miró fastidiada. —¿Cómo que no? Tenemos que ir a ver al Mago de Arroz y este es el único camino que nos llevará a él.

—Lo que pasa es que por estas calles vive una vieja bruja. Nadie se atreve a cruzar por su casa porque es media loca.

Dorothy se sorprendió. —¡Cielos! ¡Una bruja! Este mundo sí es fantástico, no creí que existieran las brujas.

El Espanta-trabajos agitó su cabeza susurrando al Hombre de Latas. —Pobre Dorothy, está completamente enajenada de la realidad.

Las nubes columbraban bajo lo gris, ocultando el oscuro propósito en los cielos. De pronto se oyó el eco de pies pequeños sobre las veredas.

—Wow, ¡deben ser duendecillos corriendo! —se emocionó Dorothy.

—No, no son duendes sino una peor estirpe… pirañas —anunció el Feón. —Será mejor que apuremos el paso.

—¿Y que son pirañas?

—La verdad que no querrás saberlo, gringa —advirtió el Feón.

Más pasitos. De pronto, en inusitada aparición, docenas de pequeños descalzos salieron de sus rincones para bloquear el camino de la pista malograda; detrás de ellos, otro monto más.

—No se muevan o les metemos cuchillo —chilló uno de los pequeños.

El Espanta-trabajos engulló saliva, nervioso. —Me da la impresión que nos quieren asaltar.

Dorothy sonrió a los muchachos. —No lo creo, ¡miren! Es mi hada madrina!

La rubia agitó el brazo para saludar a la mujer; la señora atravesaba la berma vestida en una fina tela azul, alineada en su centro por botones dorados y un collar de perlas en el cuello.

—Dorothy, mi niña, nos volvemos a encontrar —suscitó la mujer.

Los pirañas voltearon su mirada ante la extraña. —Jefa, ya los acorralamos como dijo usted.

—Perfecto —añadió— Ahora podré hacer de la vida de estos miserables un infierno —dijo tornando su mirada hacia la estupefacta estadounidense—. ¿Y tú? ¿Qué haces juntándote con estos infelices? Únete a mí y podrás comer todas las galletas que desees en mi club de damas de etiqueta.

—No entiendo, pensé que me ibas a ayudar —tartamudeó la rubia.

—A ti sí, pero a tus amigos que son unos fracasados no —carcajeó la mujer.

—Gringa, no le hagas caso. Esa es la bruja de la que te hablé. No te dejes llevar por su convencimiento seudo-moralista —refunfuñó el Feón.

—Dorothy está de mi lado, tontos. Y en este instante se los va a demostrar —dijo la bruja repentinamente sujetando el polo grasoso del Hombre de Latas. Un par de pirañas se aproximaban a la chica  trayendo un balde con agua.

—Mi niña, agarra el balde y moja las pertenencias del Hombre de Latas.

El Hombre de Latas palideció. —¡No! Mis-mis latas… se van a oxidar…

La bruja carcajeó.

—Lo siento Hombre de Latas, no tengo opción —le explicó Dorothy mientras le arrojaba los contenidos del balde.

El milagro sucedió. Con asombro, Dorothy vio los efectos de su mala puntería.

—Niña malagradecida! Que has hecho! —la bruja miraba con sorpresa su ropa empapada de agua sucia. —No puedo presentarme así a la reunión de etiqueta de mis amigas. Me desvanezco, oh Dios! —dijo, y desapareció corriendo por la pista sin dejar rastro.

Los pequeños se miraron los unos a los otros hasta que el mayor habló. —Parece que la vieja bruja ya no nos va a pagar por nuestro trabajo. Mejor vámonos.

La congregación de pirañas desapareció.

El Hombre de Latas surcó una sonrisa. —Gracias Dorothy por salvar mis latas.

—Fue sin querer —musitó la chica.

Avanzaron a paso sigiloso tras la pista malograda, que esta vez se retorcía en una serie de serpenteadas a lo largo de la callejuela. Pronto, las últimas casas destartaladas fueron cortadas por el abierto paisaje ensanchado por piedras y arena. La pista malograda acababa allí. Miraron por encima de la arena y vieron que esta descendía  hacia un pequeño riachuelo.

—Bueno, hemos llegado pero no encuentro señas de ningún mago —demandó el Espanta-trabajos.

El Feón puso ojos saltones. —Estoy deprimido, así que creo que voy a matar a alguien —dijo sacando un cuchillo de su bolsillo.

—Y yo —dijo el Espanta-trabajos, voy a organizar un Paro Nacional en el país, a ver si logramos que nos pongan a trabajar a todos; no me parece justo.

—¿Tú qué dices gringa? —agregó el Feón—. En los clubes nocturnos hay muchas vacantes para chicas como tú.

Dorothy apretó firmemente los labios, sin decir nada, tristeza en sus ojos azules.

—Ey amigos, ¡miren!

Todos voltearon a ver el enorme puente que juntaba los dos extremos del riachuelo; en la base alta del puente un aviso en graffiti rojo leía:

Aposento del Mago de Arroz. Ir abajo.

Dando rienda suelta a su curiosidad, los compañeros bajaron por el desnivel de arena. A las orillas del riachuelo moscas y basura infestaban el lugar.

—Miren la cantidad de latas que hay! —enloqueció el Hombre de Latas— ¡Fabuloso!

En una esquina de aquel riachuelo yacía una pequeña cabaña de paja.

—¡Allí está! ¡Allí vive el Mago de Arroz! —cantó alegremente Dorothy.

Un hombre de pelo cano, totalmente despeinado y en harapos, salió del aposento; sacudía las moscas mientras salía y tambaleaba al caminar. Vomitó al ver a los cuatro individuos.

—Disculpe —interrumpió la joven. —¿Es usted el gran Mago de Arroz?

—Sí, sí- hic, lo soy —gritó con voz irritable, bebiendo de una botella.

—¡Al fin! Oh gran Amo Del Conocimiento, necesitamos que nos instruya —suplicó el Espanta-trabajos.

—Hmm… díganme cuales son sus problemas y veré que puedo hacer —respondió rascándose los piojos del cabello.

—Muy bien —comenzó el Feon empujando a todos hacia un lado—. Mi problema es que soy muy feo. Quiero dejar de serlo y para eso necesito que me ayudes.

—Bueno, de acuerdo —contestó el mago. “Tráeme esa caja de cartón que está entre la maleza.

El Feón se la trajo. El Mago de Arroz cogió la caja y le perforó dos huecos con los dedos. Luego, con su lapicero de bolsillo trazó una cara feliz sobre el cartón.

—Toma, póntelo en la cabeza. Con esto, nadie podrá decir que eres feo ya que nadie lo sabrá.

El Feón miró al Mago de Arroz y por primera vez sonrió. —¡Finalmente podré estudiar cine y modelaje!” exclamó, poniéndose la caja en la cabeza y corriendo hacia las calles.

—Mago —protestó El Espanta-trabajos— no encuentro trabajo. Así como está la situación nadie me quiere contratar.

—Tranquilo, tranquilo, hic. Todo tiene solución —refufuñó el Mago de Arroz dando tres fuertes silbidos. La previa muchedumbre de pequeños pies se oyó.

—Pero- pero si son los pirañitas!

—Así es, mi eshtimado amigo, hic. Los pirañitas necesitan alguien con nociones de liderazgo. Tu serás el Pirañón; te encargarás que todos puedan aprender a robarle a la gente de manera organizada.

—Gracias, Maestro —agradeció El Espanta-trabajos mientras se alejaba seguido por los pirañitas.

—Tú, hic,  debes ser el Hombre de Latas —declaró el poderoso mago observando el fajo con latas que este portaba.

—¡Increíble, increíble! —se emocionaba Dorothy saltando descontrolada. El Mago de Arroz la miró con enojo.

—¿Y como me podrás ayudar? —insistió el Hombre de Latas—. Sabes que necesito ganar más dinero para poder vivir.

—¿Ves todo aquel desmonte? —señaló el mago lanzando un escupitajo al suelo.

—Sí —murmuró el latero.

—Pues es todo tuyo.

—¿Mío? —rió emocionado.

—Sí, tuyo. Desde ahora en adelante serás el Honorable Recolector de Basura de los aposentos del Mago de Arroz.

El Hombre de Latas lo miró mudo, cautivado por la sabiduría de aquel hombre. —Gra- gracias, es usted muy amable dijo poniéndose de inmediato a recolectar la basura.

—A ver.. ¿y tú niña? ¿Qué cosa quieres?

—Yo deseo regresar a casa —retumbó la joven casi en sollozos de incontenible emoción. Por primera vez el Mago de Arroz rió. Es mas, no rió, se carcajeó.

—Un momento Dorothy, ya vuelvo —dijo metiéndose en la cabaña y sacando una bolsa de arroz.

—No te vayas a mover niña —dijo mientras abría el plástico, lo mordía e insertaba en la boca los granos de arroz. Dorothy sintió la ametralladora de arroces en la cara mientras el Mago de Arroz se los escupía.

—Disculpe pero, ¿por qué hace eso?

—¿Acaso no hacemos eso todos los chamanes? Lo que pasa es que como yo no puedo comprarme el tradicional pisco para escupírtelo en la cara, tengo que usar arroz.”

—Bueno, pero quiero irme a casa —renegó la rubia. —Por favor, hágame llegar de una vez. Mire, yo no sé qué diablos hago aquí. Sólo recuerdo un torbellino que se abalanzó sobre mí después de drogarme y tomar unas copas de vino.

—Niña, no te preocupes, ¿por qué crees que me he reído? ¡Retornarte a casa es la solución más sencilla de todas las que me han propuesto!

—¿En serio?! Puedes llevarme a casa?

—Sí, es cuestión de hacer un par de llamadas —aseguró—. Quédate aquí.

Dorothy esperó dos horas fuera de la choza del mago. Fue cuando el frío le hacía ya tiritar los dientes que divisó a los hombres de uniforme blanco. —¿Es usted Dorothy?

—Sí, soy yo —respondió resistiéndose a la emoción.

Los dos hombres forzaron a la muchacha a una larga camilla, atándola de pies y manos.

El Mago de Arroz salió de su choza, sonriente, agitando un brazo. —¡Adiós Dorothy!

—¿Pero qué hacen? —lagrimeó la joven mientras forcejeaba.

—La llevaremos a casa —respondió uno de los extraños mientras la acercaban cada vez más a la ambulancia que la trasladaría al manicomio.