Un arsenal de ladridos se escuchaba en un eco disonante sobre las terrazas. Tendrían hambre los perros, porque ya la luna se menguaba, y la noche, surcada por nubes negras, parecía inmolarse hasta la eternidad.

Mas allá de aquellas casonas viejas labradas en piedra, había un pequeño estanque. De su serena tranquilidad, y de los anillos que a veces se formaban por el salto de los peces, uno pensaría que todo era reconfortante en aquel paraje. Pero las ranas delataban la tranquilidad con un croar lento pero violento. La brisa movía con ligereza ramas largas y secas, bloqueando el paso de quien ponga pie humano en su territorio.

  —¿De quién es esa casa? —preguntó el granjero mirando la casa a través del estanque.

  —Es la casa del hombre llama —respondió con seriedad otro campesino, su rostro indefinible en la oscuridad.

  —¿Hombre llama? ¿Es como una especie de hombre lobo?

  —Casi, pero es un hombre llama, algo que lo hace diferente de los hombres lobo.

  —¿Y cómo es eso? —preguntó el granjero.

  —Averígualo tú mismo. Yo personalmente no me atrevería —acertó decir el campesino retirándose a paso apresurado.

Esteban el granjero, optó por acercarse más a la casa, sujetando con bríos la hoz que usaba para cortar mazorcas. Era una casa blanca, afrontada por tres arcos abiertos en forma de puerta. La chimenea escupía gases grises sobre la oscuridad,  a ciencia cierta de que alguien- o quizás algo – vivía allí. Sus dos botas se hundieron hasta las rodillas mientras atravesaba las aguas del silencioso estanque. Era una forma de entrar sin ser visto. Con cautela ahora, se precipitó hasta la esquina de la casa, donde una luz fuerte iluminaba la ventana.

“Sólo echaré una mirada” pensó Esteban. Pero sus botas de hule, al pisar el suelo liso, repiquetearon como resortes oxidados, en un eco que magnificaba su irrupción.

  —¿Quién anda allí? —rugió una voz.

La puerta se abrió dejando ver a un sujeto escuálido en overoles. Esteban retrocedió varios pasos al verle el rostro cubierto de pelos hasta la frente.

  —¿Quién es usted? —prorrumpió la criatura.

  —Soy- soy Es- Esteban, su ve- vecino.

La cara de la criatura movió la comisura de los labios en lo que aparentaba ser una sonrisa.

  —Ah, ¡un vecino! ¡Pase por favor! —dijo abriéndole la puerta.

  —¿Me- me invita a su- su casa?  —pronunció el granjero con nerviosismo.

  —¡Pero claro! Tome asiento mientras le preparo algo para tomar.

Con miedo y empuñando con fuerza el palo de la hoz, se adentró al centro de la oscura cocina, iluminada apenas por un candelabro de velas que colgaba de la pared. Observó con detenimiento la cocina, rodeada de un sinfín de antigüedades.

  —Es- es muy bo- bonita su casa —tartamudeó el granjero.

  —Vuelvo en un minuto —respondió la criatura, retirándose bruscamente a una de las habitaciones.

  —Algo no está bien —pensó Esteban observando como los minutos giraban en torno a su reloj, sin señales del monstruo.

El aterrador chillido de una sierra eléctrica aturdió al granjero.

  —Pe- perdone, pero que- que hace a— allí  —logró decir.

Silencio. Luego, una vez más se escuchó el aterrador sonido. El corazón le palpitaba. El sonido chirrió de manera mas prolongada, y esta vez, el granjero tenía mala espina. Sentado en un frío banco de madera, sujetó la hoz con fuerza, sabiendo lo que se avecinaba.

  —Ahora sí —proclamó en voz alzada la criatura—  es hora de comer.

La criatura que se había encontrado Esteban en la esquina de la casa, apareció con un rostro más humano y jovial.

  —Disculpa la tardanza. Me tenía que terminar de afeitar la frente —dijo la criatura mostrando una máquina esquiladora— si supieras lo rápido que me crece la barba…

  —Entonces tú…

  —Sí, en la frente me crece barba. Incluso tan dura es, que tengo una máquina esquiladora para poder rasurarme con decencia.

  —Es bueno escuchar eso —dijo el granjero Esteban completamente aliviado.

  —Pues brindemos por eso —aseguró su vecino, colocando unas tazas de té sobre la mesa.

El humeante líquido esmeralda, fue vertido con amabilidad por el anfitrión. Hubo un claqueteo de vasos, unos saluds, luego unos sorbos ligeros.

    Los ojos de Esteban brillaron con sorpresa.

  —Quiero decirte, estimado amigo, que tu té es muy bueno —comentó el granjero.

  —No es té, es pasto.

  —¿Perdón?

  —Pasto —respondió el vecino— es pasto del patio trasero de mi jardín que puse a hervir.

  —No me diga… ¡yo no sabía que el pasto se podía consumir como té!  —admitió el incrédulo granjero.

—Bueno, ya ves tú —sonrió el hombre que, al estar rasurado completamente, parecía tener unos cuarenta años.

  —¿Y a qué te dedicas? —preguntó el visitante.

  —Al negocio de confecciones —respondió el otro, dando un sorbo de su pócima para luego escupir sobre el suelo.

  —Con razón dicen los pueblerinos que usted es el hombre llama —rió Esteban.

  —¿Perdón?  —irrumpió el sujeto con curiosidad.

  —Olvídelo. Es algo tonto.

  —Ya sé, hablas acerca de lo que dicen mis amigos —rió el anfitrión sirviéndose más líquido.

  —Así es,  —rió también el granjero.

  —Bueno, mis amigos me llaman así por afeitarme con una máquina de esquilar y trabajar en el rubro de confecciones.

  —Suena lógico —respondió Esteban comprendiendo.

  —Ven otro día, claro está que no sea en las mañanas  —dijo el hombre afeitado, agitando un brazo en saludo, y escupiendo suciamente sobre el jardín.

“Que buena gente,” pensó el granjero, “y pensar que es un poco grosero. Ahora entiendo por qué le dicen hombre llama,” sonrió observando sus overoles sucios.

Al día siguiente, decidió visitarlo nuevamente. Esteban recordó que su vecino, el conocido “hombre llama” no quería visitas por la mañana. Pero para ese entonces, ya todo el pueblo había divulgado su previo encuentro con el personaje.

  —¿Señor? —dijo el granjero tocando la puerta nuevamente aquella mañana. Al no haber respuesta, dobló la manija que de por sí estaba abierta e ingresó. La luz cortante de aquella mañana, hacía del lugar uno menos tenebroso que aquel durante la noche.

  —¿Señor? Señor… nunca me dijo su nombre—

Unos pasitos cortos se oyeron de uno de los cuartos de al fondo. El ruido se aproximó a la cocina. De pronto, una llama lanuda, con la frente afeitada, el cuello largo y peludo overol, se detuvo. Era una mirada de resentimiento y cólera la del animal, las cuatro patas tan fijas como los ojos. El granjero sólo atinó sentir el poderoso escupitajo que le cayó en el rostro, tan letal como un petardo de goma.