El crepúsculo ocultó la esfera flamígera en tenues olas violáceas. Cielo y árido desierto resbalaron entre sí, como cubos de hielo en un crudo invierno. Esa soledad del día ennegrecido, parecía arrastrarse entre las antiguas murallas de la ciudad como sombra penante. Ningún diamante resplandeció en el cielo y la luna temerosa, se escabulló bajo el abrigo de grises nubes. Mas al parecer, algo diminuto, encorvado, lento, luchaba por no sucumbir al feroz ataque arenoso librado por el desierto. El destino estaba luminoso pero cubierto por una extraña sensación de ironía. ¿Qué se habría de esperar, si en nuestros tiempos ya no se sabe a quién creer? 

Ya había ingresado la soledad del letargo, y aquel de viejo semblante, se acurrucó sobre un estropajo de paja enlodado. Morfeo arrastró al hombre de la marca hasta el fondo de su precipicio, dejándole hospedaje después de la fatigada jornada. Esa noche, ningún pájaro abrió su pico, ningún grillo se atrevió a cantar, y los vientos temerosos, en oscuras cuevas se escondieron. Las horas revolotearon por el minutero, pronto juntando los primeros rayos de luz del nuevo día. La estrella resplandeciente, estrechó sus rayos de oro a la ciudad.

Primero se abrieron sus dilatados focos de luz, mostrando el brillo celeste de sus ojos. Luego, con un estirar de brazos inclinó su joroba para coger su bastón masticado. Le costó gran esfuerzo alzarse; temblábanle las rodillas, y las manos apenas si aguantaban la torpeza de su cuerpo. Empezó a trepar con dificultad, hasta que se hicieron visibles las casas recién labradas. El hombre de la marca, siguió un camino que lo llevó lejos de toda faz de la modernidad. Un grupo de niños se revolcaba a lo lejos, dándole color al gris entorno. Pero esa grisedad, también empezó a llenarse en el mercado de cuerpos que atendían sus compras a cada paso que daba el silencioso.

La gente parecía mirarle de reojo. ¿Se habrían dado cuenta? Avanzó apresurado por la pista, evitando causar confusión. Finalmente, el pasadizo se estiró, transformándose en un enorme patio. Pudo ver de allí la gran confusión de masas, muchos en ropajes negros, con largos mechones de cabello rizado que les cruzaban hasta los hombros. Otros vestían de manera común, pero cubriendo parte de la cabeza con extrañas telas. Pronto, todos bailarían al compás de su llegada. Bajó las escaleras de piedra, acercándose a la gran muralla que yacía solitaria, ajena a los cantos de solidaridad que le dedicaban.

El hombre de la marca, se paró en medio del enorme patio. De pronto, su voz retumbó como los relámpagos en las orejas de cada alma.

     —Hebreos, al fin, después de este viaje tan largo, he llegado a la Ciudad Prometida.  Dios os ha bendecido a todos viendo lo mucho que os habéis sacrificado en los estudios de la Torah1. Ahora la Eterna Verdad les será revelada, porque yo… soy descendiente de Ben Yishay; vengo en nombre del Todopoderoso a redimir nuestro Templo Sagrado.

El cielo pareció congelarse con sus palabras. De pronto, se oyó una risa sarcástica, y luego otros miles.

     —¿Quién eres tú para decirnos quién ha de ser nuestro Salvador?  No tenemos razón para creer al primer mendigo que clame ser el Mesías. Muchos ya han tratado de engañarnos, pero aún falta mucho por esperar.

     —Si no creéis que soy el Mesías haré caer maná del cielo.

En eso, el cielo se nubló súbitamente. El hombre de la marca, alzó los brazos hacia el infinito. Miles de migas cayeron en la circunferencia del patio. Al echar los brazos abajo, cesaron de caer. Se escucharon algunos signos de exclamación. Sin embargo, no pasaron unos minutos y volvieron a chispear las risas.

     —¿Nos crees brutos? Sabemos que lo que acabas de hacer no es más que una farsa. Lo único que tuviste que hacer fue mandar un helicóptero con una máquina de humo y luego, contratar a alguien para lanzar trozos de mana de una bolsa.”

Se escucharon más risas.

     —Bueno, ya veo que sois demasiado escépticos. Tendré que enseñaros el poder de mi alianza con Dios. Alzaré a los muertos tal como estaba prometido.

Finalmente hubo silencio; nadie se atrevió a hablar mientras el hombre de la marca susurraba palabras en un lenguaje desconocido. El viento rugió con fuerza y fue diluyéndose poco a poco con la llegada de unos extraños al lugar.

     —¡Dios mío! Ha revivido a los muertos. Las tumbas se encuentran vacías…

Había confusión en los rostros de los hombres. Pero a pesar de todo, las risas de un religioso quemaron el silencio.

     —No deben creer en lo que ven. Este hombre no es más que un charlatán, que usa su dinero, para hacernos creer que es nuestro Salvador. Fíjense en las caras de esos hombres; es fácil deducir que en realidad son actores y no han estado muertos. Este charlatán, no sólo hace fingir a los actores como muertos, sino que también ha robado a los verdaderos cuerpos de nuestros seres queridos para tornarnos en tontos crédulos.

     —Eso no es verdad. Yo en realidad soy el Mesías…

     —Entonces, ¿dónde traes tu burro blanco con el que cruzarías el caluroso desierto de Judea según la leyenda?

     —Verdad fue que crucé el desierto en un burro blanco. Sin embargo, Dios me apareció en casi el último trecho, y me pidió que lo regalase a la primera persona que viera. Ahora veis pues, la razón por la que vine sin ese simbólico burro.”

Las turbas se conglomeraron alrededor del hombre de la marca.

     —¡Charlatán!

     —¡Farsante!

     —¡Castigo al estafador!

Un hombre de uniforme blanquiazul se aproximó rápidamente al área de la discordia.

     —Usted queda detenido, por robo de cadáveres, disrupciones públicas, charlatanerías y estafa en grado sumo. ¿Tiene algo que decir a su favor?”

     —No podréis llevarme…

     —¿Ah no? —respondió en tono tajante, descargando su arma de la cintura.

Sin embargo, sus palabras se ahogaron en el recóndito vacío de escabrosos aires. Una nueva explosión de risas quebrantó la seriedad de los presentes. El incrédulo uniformado apuntó su arma, convertida en una pala de granjero, hacia el hombre de la marca.

     —¿Qué clase de broma es esta? ¡Qué ha sucedido con mi rifle!

De pronto, los cielos se iluminaron de manera abrupta. Un vacío hundió un hueco en el cielo y allí mismo, ensartada en llamas, una carroza descendió. El resignado Mesías miró por última vez a su sorprendido pueblo de manera melancólica.

     —Aún no están listos… —dijo, y con esto, se metió en el vehículo que lentamente se alejaba hacia los abrasadores cielos.