—Gracias por traerme aquí, mami —dijo el pequeñín agradecido.

El niño devoró su hamburguesa como una voraz trituradora de chatarra.

—No vas a comer tus papas?

—No mami, quiero subir a los juegos de Playland.

—Entonces, vete, no sé que le ves a ese tonto juego.

El niño empujó la silla a un lado y corrió los diez metros donde se encontraba el punto recreacional.

Cecilia Barreto, miraba como toda madre consternada la hazaña de su hijo. El niño subía los cinco peldaños de plástico que le introducían en un domo transparente; este era una suerte de “estación espacial.” Miró con preocupación a su hijo atravesando el puente cilíndrico de vidrio.

—No te vayas a caer! —advirtió al ver que una de las manos del niño resbaló torpemente.

Cecilia dio un suspiro tranquilizador una vez que su hijo se deslizó por el tobogán. El resbalón lanzó al niño contra una sarta de pelotas de muchos colores; éste las alzó y tímidamente las dejó caer sobre unas niñas que le sonreían.

—Rupi, no hagas eso… —advirtió la madre.

Cecilia terminó de gorrear los últimos trozos de papas fritas, y se levantó. Su necesidad de ir un momento al baño de damas, la hizo parar frente al reglamento de juego de Playland.

Reglas generales para ingresar al Playland:

1. Los niños deben estar acompañados por un adulto.
2. La altura mínima para ingresar al Playland es 0.90m y la máxima es 1.26m. 
3. Favor de colocar los zapatos en los casilleros respectivos.
4. No ingresar a los juegos con comida, joyas u objetos que puedan perderse.
5. Las pelotas no deberán ser retiradas de los juegos.

“Todo parece estar en orden,” pensó la madre para sus adentros entrando al baño.

No se imaginaba lo cierta que sería su afirmación.

Gobi el enano era poco convencional. Salía a las calles una vez al mes. Los otros 353 días se los pasaba bajo un techo de tejas y cuatro paredes. Por cierto, la casa de Gobi no tenía puertas. El enano tenía poco uso para una puerta debido a su hermetismo; además, no quería que vecinos curiosos estén tocando su puerta para interrumpir sus quehaceres domésticos. Las personas normales jamás entenderían qué hacía Gobi en aquel oscuro recinto. Las personas cuando salía le proferían con diminutivos: duende, enano, pitufo… ¿por qué habría de soportar él tanta mentira? Él no era un enano, sino que los gigantes le decían eso para amedrentarlo. Pero en vez de caer en la trampa de la normalidad permitió que su ingenio conservara su alma.

El techo de tejas, tenía unas ranuras por donde se filtraban los rayos del sol, dando vida a un pequeño huerto remarcado en el piso de las cuatro paredes. Tampoco le faltaba agua. Una fuente del caudal del conocido río Rímac era desviado hasta una grieta en el zócalo de la pared; el agua era absorbida a través de una manguera que se encontraba conectado a un viejo bidón. Treinta años vivía en ese estado de hermetismo.

Ahora que apareció en el McDonald’s, se le veía pálido. Las venas azules se le traslucían no sólo en las manos sino en la cara. Una barba negra cubría su faz; tenía unos ojos redondos, grandes, junto a cejas gruesas y cejijuntas que lo hacían parecer un amargado. Era recio, con una espalda un poco encorvada pero ancha debido al arduo trabajo en su huerto. Los brazos, simulaban dos galponeras de acero, fuertes y largos, listos para quebrar la tierra bajo sus pies.  Pero, lo único que hacían estas gruesas galponeras era rascarse los tobillos (y no necesitaba agacharse para hacerlo).

— Hermosa construcción —declaró Gobi para sí mismo.

Miraba con incredulidad el juego de niños, sin comprender nada de lo que éste significaba. Obviamente, una vida de iluminación lo había vuelto ajeno al mundo.

Un hombre de letras con una vasta sabiduría debía ser cauteloso en cuanto a las apariencias. Por eso es que él, antes de circular por el lugar, debía leer todos los carteles con detenimiento. Muchos de estos anuncios, eran confusos. Como cuando trató de comprender aquél que decía: doble sentido; jamás llegó a encontrar esa doble significación. A unos metros del juego infantil, Gobi encontró un letrero:

“Reglas Generales para entrar al Playland”.

Como erudito y científico, sabía de la necesidad de analizar la información cuidadosamente por partes. La sociedad de la que se había alejado tenía también una serie de reglas que él debía obedecer. Eso estaba claro, ¿pero qué cosa era el Playland? “Play” en inglés quiere decir “jugar” y “land” — “tierra”. Tenía entonces que entender que era un “juego de la tierra”. El problema era que mientras más vueltas trataba de darle a la comprensión de esas primeras palabras, más se confundía. Se le vino una hipótesis a la cabeza. A lo mejor, el juego de la tierra no era más que una alusión a un ritual de aquella sociedad. Una especie de vínculo sagrado que unía a esas personas con la tierra. Sin intenciones de ofender a nadie, Gobi estaba listo para dar sus respetos al sinsentido del ritual.

1. Los niños deben estar acompañados por un adulto.

—¡Oh por Dios! ¡Estos niños están solos!

Había mucha hipocresía en aquella sociedad “moderna”. Nadie daba respeto a las reglas del ritual. Eso para él era un total sacrilegio así que decidió entrar para mostrar que alguien— aún ajeno a la realidad social— podía mostrar un sentido del deber. Pero primero debía asegurarse de no transgredir una regla. ¿Podría ingresar?

2. La altura mínima para ingresar al playland es 0.90m y la máxima es 1.26m

¡Excelente! Todo parecía indicar que Gobi podía entrar al juego de la tierra.

3. Favor de colocar los zapatos en los casilleros respectivos.

Al quitarse los zapatos, un olor hediondo infestó el lugar. Higiene pues, era lo que menos se podía esperar de un ermitaño. En los casilleros, pares pequeñísimos de zapatos se acomodaban con facilidad. Gobi no tuvo la misma ventaja; tuvo que poner cada bota en un agujero.

4. No ingresar a los juegos con comida, joyas u objetos que puedan perderse.

Si uno se pone a pensar, todo artículo o prenda que uno porta es algo desechable, algo que con el pasar del tiempo puede perderse — para siempre… Parece que esos niños no habían entendido la profundidad hermética de las reglas. Gobi empezó por el polo, se lo sacó y lo puso en otro casillero. Hizo lo mismo con sus demás prendas interiores, quedando desnudo ante la intemperie. Se preguntaba cómo hacían otros para seguir el ritual durante el invierno. Sin embargo, de nada servía sacar especulaciones si no llegaba a culminar con la experiencia ritualista.

5. Las pelotas no deberán ser retiradas de los juegos.

Esa palabra la conocía a través de “El diccionario de jergas clásicas”. Fue por eso que entró desnudo como estaba al juego, y por motivo de ésta— y tan sólo ésta última, decidió esperar hasta ver cuando cambiaría el reglamento del ritual.

Cecilia salió del baño dándose los últimos retoques a su cabello. Se sentó en la mesa donde aún estaba tirada una porción de papas.

—Rupi, ven, termina tu comida.

La mamá giró la cabeza oyendo risas entre los niños. Hubo un grito inadvertido de la señora cuando contempló al enano con la virilidad al aire. De estatura era pequeño, pero la contextura y la barba gruesa delataban su edad.

—Rupi, por favor, ¡sal de allí! —gritó la madre desesperada.

Pero Gobi se adelantó y cerró el pase a los niños.

—Nadie sale. La regla 1 dice que los niños deben estar acompañados aquí por un adulto.

Uno de los niños dejó de saltar sobre las pelotitas de color y comenzó a llorar. Cecilia estaba desesperada. Si ese depravado sexual le hacía algo a su hijo… Dios santo… no quería ni pensarlo. Ella era una persona sensata cuando había que serlo. Pero no cuando se trataba de la felicidad y tranquilidad de su hijo. Pensar además, en todos los gastos psiquiátricos que luego requeriría el niño, ¡para salir de ese trauma! Bajó las escaleras y entre gritos y gesticulaciones nerviosas alertó a las otras mamás. La bulla era descontrolada.

—Quiero a mi mami —sollozó un niño suplicante.

—Lo siento el deber es el deber. Ustedes están aún muy jóvenes para comprender el respeto que se le debe tener a ciertos rituales. —acertó Gobi.

Unas diez mujeres entraron al lugar gritando, llorando y contagiándose de una euforia venenosa.

—¡Suelta a nuestros hijos y déjalos en paz!

Gobi no respondió. Era inútil responder a las mujeres. Él había leído mucho y sabía de la preponderancia del machismo en los rituales y religiones de esa sociedad. Por eso es que las mujeres no tenían un respeto sensato por las reglas del juego de la tierra.

—¿Cuál parece ser el problema? —dijo el administrador que se acercó al lugar.

—Un pervertido tiene a nuestros hijos —imploró una señora.

—Señor, salga por favor de allí. Ese es un juego sólo para niños.

—Las reglas no dicen eso —respondió Gobi con sequedad.

—Llama a la policía —atinó a susurrarle a uno de sus empleados vacilante—. Diles que un depravado sexual ha tomado de rehenes a los niños.

El administrador dio un par de vueltas más por el lugar, las manos cruzadas por la espalda, vacilante. “Va a ser una noche muy larga,” pensó. “¡Ya nadie está respetando las reglas de mi local!”