Suelo andar por la tibieza de tu tormenta,
como olas fatuas en un caminar violento.
No pestañees
mi océano perdido,
que cada cerrar de tus ojos,
sopla un alud de vientos,
que me empuja hacia la lejanía.
La copa de cristal desliza de tus uñas bermejas,
en la tibia modorra de un sueño templado.

Sube a mi lecho oscuro,
en la claridad de una cama de nubes.
De lo contrario mi alma caerá-
caerá en el quebranto de un río de espuma
cuando en el amor, los besos queman como la nieve,
y en el letargo matutino el celo despierta.