Era un sábado como de costumbre y Jorge de la Braga sale con sus amigos a una discoteca. Entre chacota y conversaciones clandestinas, contemplan el lugar de fiesta. Este, es un lugar oscuro pero acogedor. Las mesas redondas se enfilan contra las paredes de cemento en ambos costados de la discoteca. Enfrente, un escenario pequeño, de un metro de altura, bordea los dos parlantes y un micrófono en la delantera.

Jorge y sus amigos ven con fascinación a las mujeres. Estas iban llegando de a pocos, unas con vestidos apretados, el pelo amarrado y otras con faldas cortas, el pelo suelto hasta sus semi—descubiertos pechos. Jorge las mira a todas, no debe perder de vista a ni una. Está demasiado excitado. Obviamente este detalle no se escapa de la vista de sus generosos amigos, quienes en acto de buena fe, ponen un pequeño polvillo en su vaso. Imagínense los efectos que esto produce en el muchacho, que está en sí demasiado delirante por los aspectos físicos y mentales que lo atormentan. Ahora tendría que lidiar además, con el poderoso estimulador sexual.

Pasan quince minutos y éste ya se jala el pelo, bota espuma por la boca y siente el ardor del proyectil en el pantalón a punto de estallar.

La hermosa silueta de su amiga Luciana Calzone cobra vida.

—Hola Jorge, quieres bailar?

La mujer es una italiana despampanante, pechos erguidos y deslumbrante retaguardia. Ella se aproxima con lentitud, entrecruzando sus elegantes piernas tras el delicado cuero.

Jorge, sin poder contenerse, le coge la mano sedosa y la saca a bailar. El baile se ve precipitado por la espuma de su boca, burbujeante como lata de afeitar. No podía contenerse; el proyectil, erguido, le ajustaba el pantalón.

Felizmente Jorge era ingenioso. Jamás sería el hazmerreír de sus amigos.

Se apreta contra la italiana, sintiendo sus pechos frescos y bien contorneados.

Desliza la mano y deja que el cohete salga de la bóveda mientras se apretuja más contra ella. Así nadie se daría cuenta. La italiana siente el enorme bulto que la martilla con fuerza..

—Jorge, que estás haciendo? —dice ella indignada.

—Tú solo sigue el ritmo, yo sé lo que hago —dice el otro, deslizando sus dedos sobre el pequeño cierre de la italiana.

Entonces comienza el baile de La Braga.

Todo el desenfreno sexual de Jorge poco lo hacia notar que aquella calentura lo estaba transformando en un salvaje adiestrador de la pista de baile, sin despegarse al mismo tiempo de su pareja.

Sin previo aviso, sus nombres son anunciados en el auto-parlante…

—Jorge de la Braga y Luciana Calzone. Son ustedes los nuevos ganadores de nuestra pista de baile. Por favor, pasen al estrado para recibir su premio.

Una luz cegadora los alumbra.

La gente aplaude; se hacen a un lado para dejarlos pasar.

Jorge hace una mueca; se sacude sobre ella como si estuviera bajo un ataque de epilepsia. Luciana, excitada gime, pero lo disimula con gritos frenéticos de baile gitano.

Ambos suben las escaleras del estrado de costado; uno pegado al otro.

De un zarpazo, Jorge descarga las llamas de su cohete dentro de ella. Suspira. Al fin sentía disipar los efectos calentones.

De pronto, se da cuenta de la situación. Las luces del escenario están sobre ellos. La gente está muda mirándolos fijamente, esperando que se separen para recibir el premio.

Luciana mira a Jorge preocupada,

—Jorge, hagas lo que hagas no te separes de mí —solloza—  no quiero que piensen mal de mí.

La gente aun no se da cuenta de lo que sucede. Parece un publico intrigado.

Pero él era el ingenioso Jorge de la Braga. Una súbita idea surca su cerebro.

—Luciana, acabas de darme la respuesta al problema. Ahora sé como salir de este apuro.

—¿En serio? —dice ella alegre, su blanco rostro ruborizando bajo sus ojos celestes.

—Si, en serio —asegura, y se separa, mostrando su desinflado vehículo con las dos ruedas al aire. Luciana se pone pálida. El sorprendido gentío ve además el frondoso arbusto de la italiana, húmedo probablemente por la temporada de lluvias.

—Jorge… —balbucea ella— pensé que ibas a —a solucionar—

—No te preocupes, sé lo que hago —le susurra en la oreja; coge el micrófono y su voz retumba— Amigos y amigas… tengo el agrado de presentarles el acto que nos permitió esta tan afanosa victoria.

Los hombres gritan alabanzas saltando en júbilo.

—Así es. Las mujeres no tienen por que tener miedo a verse mal con este baile. Ésta es la nueva moda, bailada en Europa y en las exóticas islas del Caribe!

Recién ahora se escuchan las risas y comentarios de las mujeres del salón.

El animador del concurso, sonríe,

—Ya oyeron al muchacho. Es hora que se pongan a bailar! —exclama sonrojado por tan extraño acontecimiento.

La música es rápidamente puesta en escena para que el evento quede en el olvido.

Pero no es así. Los hombres sacan a bailar a las mujeres, despavoridos.

El fluctuoso grupo de personas abre sus cierres y bailan la tan distinguida coreografía. Al ver la tan extrañada mezcla de personas en el acto, el animador se va al baño.

Regresa a los cinco minutos. Porta en un brazo una enorme bolsa oscura mientras sube al balcón de la zona VIP. El júbilo corre entre los bailarines cuando miles de condones empiezan a caer como pepas de granizo; algunos de estos explotando, como botellas de champagne a recién abrir.