El tremendo acontecimiento lo hizo saltar de júbilo. Don Billetorio, el as de los negocios, iba a aportarle a su compañía una cuantiosa suma de dinero para sacar adelante su proyecto. Enderezó su reluciente terno negro, mientras peinaba un pelo del mismo color con el borde de su mano. Se abotonó el saco, enderezó la corbata y elevó su larga barbilla con un gesto de orgullo.

Un mozo en saco rojo y corbata michi se le aproximó.

—Bienvenido señor a Il Ravioli, el restaurante más fino de pastas italianas. ¿Tiene usted una reservación?

—Sin duda. Reservé una mesa para dos, a nombre del Sr. Portón y Giacomo Billetorio.

Los ojos del mozo se iluminaron.

—¿Invitó a Don Billetorio a nuestro local? —dijo de pronto haciendo unas señas con la mano a otro de los mozos.

—¿Lo conoce? —inquirió el hombre de negocios alzando una ceja.

—¿Si lo conozco? ¡Pues claro que lo conozco! ¡Quién no conoce en nuestro restaurante a Don Billetorio! Por favor, vaya con el otro mozo que le enseñará su mesa.

Un mozuelo joven de mirada pícara le atendió.

—La mesa que le reservamos está por aquí, señor —declaró, haciéndolo pasar en derredor a las mesas de cristal donde gente de suma elegancia sorbía en algunos casos fideos, en otros casos, se empalagaban con suaves trozos de queso que parecían tan suaves que se esfumarían con la mirada.

—Billetorio quedará encantado —pensó el ejecutivo, enderezándose nuevamente la corbata.

Era digno de gracia ver al joven, en su afanoso esfuerzo por servirlo bien, cometer uno de los errores más garrafales.

—Aquí es —declaró el mozo, indicando con su mano a la mesa.

Era una mesa al fondo del pasillo, justo en el centro del área de fumadores.

—Disculpe, mozo… —dijo el preocupado señor Portón— ¿no me podría cambiar de mesa? Es que… Don Billetorio no fuma.

—Señor, disculpe la molestia pero tenemos una regla. Acá, todas las mesas se reservan. No se la podemos cambiar…

—Bueno, de acuerdo, tráigame la carta —declaró el señor Portón cogiendo su consternada frente.

El mozuelo se retiró y regresó apresurado, mirando furtivamente a todos lados cuando le extendió al señor Portón un papel.

—Léalo con mucho cuidado. Si me pescan, soy hombre muerto —balbuceó el mozo.

Con preocupación, el hombre de negocios miró la cara afligida del muchacho. Se dio cuenta que éste se veía muy caricaturesco con un saco rojo que le quedaba como estropajo de gigante.

—¡Pero esto es un poema! ¡Yo quiero que me traiga la carta!

—Señor, si justamente ese es un poema que le escribí en una carta a mi madre.

—Muchacho,  por favor, yo quiero la carta con lo que ofrecen aquí para comer —protestó el hombre de negocios— en cualquier momento va a llegar Don Billetorio y no sé ni qué pedir.

—Ahh, esa carta. Ahorita regreso —dijo el mozo entre risotadas mientras se retiraba a la cocina.

El señor Portones tamborileaba los dedos sobre la mesa con nerviosismo.

—Tal vez, me esté yo complicando mucho la vida —pensó— todo saldrá bien…

Pero lo dijo demasiado pronto. Una puerta al costado del ejecutivo se abrió, dejando salir a un sujeto que se acomodaba la correa del pantalón. El nuevo olor que impregnaba el ambiente, irritó el sensible olfato del hombre de corbata. Miró las indignantes letras de la puerta junto a su mesa: Baño de Caballeros, leía ésta.

—¡Mozo! ¡Mozo! —gritó aterrorizado, pero la bulla de unos groseros y escandalosos empresarios con puros en sus bocas no dejó que el mensaje llegase más allá del humo. Las fuertes bocanadas de humo que filtraban aquel aire, languidecieron su nariz y lo obligaron a pararse.

—¡Que clase de tratamiento es este! Deme de una vez la lista, —refunfuñó.

—Señor, tenga paciencia, aquí está —dijo extendiéndole el listado.

—A ver… de acuerdo… quiero un lomo a la leña.

—¿Eso lo preparamos para usted, señor?

—No, para Don Billetorio. Una vez me comentó que era fanático de ese platillo —argumentó el empresario.

—¿Y para usted?

—Por el momento sólo un whisky a las rocas.

El señor Portones esperó con una mano sobre la nariz, la otra sobre la cara roja de nerviosismo. El humo era intenso, y sintió una extraña carraspera en la garganta. Tosió.  Pero todo eso cesó en un par de minutos, cuando el empresario divisó a través de las dos puertas de cristal, la larga limosina de Don Billetorio aparcándose frente al local. Los humos que parecían neblina, parecían disiparse como por arte de magia. Los curiosos se elevaban casi flotando de sus asientos, solo para contemplar el monumental vehículo. La puerta de la limosina ahora se abría.

Toda esa visión de ensueño se derrumbó cuando cinco mozos, liderados por el pícaro mozuelo, echaron sobre la fina mesa del señor Portones, media docena de troncos de madera y piedras, el polvo derramándose sobre el terno del empresario, que lucía ahora como un lodazal.

—¡Qué es esto! —dijo parándose y tratando de sacudirse el saco embarrado.

—Bueno, ¿qué le puedo decir? ¿Qué acaso usted no pidió un lomo a la leña? Y en cuanto al whisky a las rocas…

—Esto se acabó… —amenazó el empresario con un puño al aire.

—¿Que sucede aquí? —inquirió un hombre vestido con elegancia, personaje tal, que las puertas del restaurante se le abrieron con honores al bajar de la lujosa limosina.

Con el pelo parado y la boca mostrando los dientes que se contenían en furia, el señor Portones habló:

—¡Don Billetorio! ¡Está usted aquí! Al fin logro conocerlo a usted en persona y  tan sólo mire en que fachas me encuentro… y todo gracias a este don nadie. Si yo fuese usted, señor, me encargaría de hacer que boten a este muchacho de su trabajo. No parece tener buen tino con las personas.

—Creo que tienes razón. Eso es exactamente lo que haré —dijo de pronto el mozuelo quitándose el saco rojo y mirando con frialdad al señor Portones.

—Holmes, ¿me lleva usted a casa?

—Como usted mande, Don Billetorio.