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El Camino de tu Tormenta (Poema)

Suelo andar por la tibieza de tu tormenta,
como olas fatuas en un caminar violento.
No pestañees
mi océano perdido,
que cada cerrar de tus ojos,
sopla un alud de vientos,
que me empuja hacia la lejanía.
La copa de cristal desliza de tus uñas bermejas,
en la tibia modorra de un sueño templado.

Sube a mi lecho oscuro,
en la claridad de una cama de nubes.
De lo contrario mi alma caerá-
caerá en el quebranto de un río de espuma
cuando en el amor, los besos queman como la nieve,
y en el letargo matutino el celo despierta.

Dinero, Sois Tirano (Poema)

Sobran los cuerpos de la bella naturaleza,
sobran también los que por dinero se obtengan.
Un desliz sobre el cariz de rostros manipulados,
otro tanto sobre un dinero que controla.

Oh criaturas subyugadas,
despertad del yugo de vuestro amo
aquel que cobró vida
por culpa de la razón,

Buscáis cautivar a vuestro amo,
trabajando sin cesar,
esclavos de su misericordia,
con el fin de obtener un trozo de él.

Pero aquél es un tirano,
oculto bajo el rostro adusto-
de su cara y firme sello.

Esclavos, estrechadle la mano
y veréis cómo lo recibiréis:
con frialdad y tosquedad.
Sentiréis su aspereza,
su incomprensión e indiferencia
y su silencio que retorna en ignorancia.

Escuchad esclavos,
y liberadse del yugo de vuestra voluntad.
¿Que no veis que esas cadenas
las ha formado vuestro cuerpo?

Yo una vez estuve en la caverna,
encadenado por la ceguera.
Entonces vino Platón,
y pronunció mi libertad:
“No eres tú, ser autómata,
¿aquél que no quiere ver la luz?”

“Sirves a un tirano frío y seco
que ofrece lo que te plazca
imponiendo sus sellos y valores.
Esas cadenas son imaginarias.
Sal a la luz que pronto lo verás.”

Entonces camino tembloroso,
con un nudo en mi garganta
hacia la luz exterior de formas
brillante en su haber
confuso en su obrar.

Esos colores que irradian,
¿qué son respecto a mi ser?
Ergo el sabio contesta:
“Es la luz del alma,
que mantuvo prisionero
aquel tirano de tu ceguera.
Ahora yo te aconsejo:
sé feliz bajo el amor,
libre albedrío de tus emociones.

Cantares de Vidrio (Poema)

Un leve canto de aves,

mece los riachuelos de mi conciencia,

como trémulas naves,

que se olvidan de mi presencia.

 

Estrechos rayos de luz,

cubren viejos cantares,

como coplas vacías,

cargadas por los mares.

 

Mis murmullos se hacen leves,

entre tanto canto,

para ver si tú te atreves,

a amarme tanto.

 

Ciegos son tus ojos,

de mi pasión celosa,

que atrae en manojos,

mi corazón que destroza.

Cambistas (Poema)

Entre estrechos, trémulos valles

corren tras las tangentes miradas,

focos de luz en el ras de calles,

dando sombra humildes paradas

que el asfalto quebrado de sinuosas pistas

atrae al son sonrisas desteñidas

mientras esconden risas los canosos cambistas

esperando venir las verdes venidas.

A una Diva Espiritual (Poema)

Una penuria para mí,
es no encontrar ese cariz de amor eterno,
y es que tan solo veo-
caretas de madera destrozadas;
carcomidas por las termitas del tiempo.

Materia que corrompe a la materia,
desvaneciendo en retazos el espíritu
que con cada cheque llega en futuro incierto.
Es así como duerme el espíritu,
tan así como muere la eternidad.

Sé que en el mundo no abundo,
y en caso mi esencia no encuentre,
rondaré como tonto vagabundo,
viendo como el rocío acaricia las mañanas,
mientras los árboles sacuden a los vientos.

Por eso busco yo mi otra parte,
y formaremos un mundo aparte,
porque aún sé que la neblina es aire,
los océanos las aguas que nos subsisten,
las tierras nuestras pisadas en el barro,
y los fuegos-
el núcleo de la tierra y nuestras pasiones.

Cómo Recordar el Recuerdo (Poema)

Viajes en que se despierta el pasado,
fórmulas que salen de ensueños,
mundos alertas que caen en sombras.

Mi recorrido por este mundo,
había caído en el letargo de la realidad,
pero pronto, un alumno mío- tornó en maestro.

De vuelta entonces aprendo:
a tocar el viento con la crestas de mis dedos,
a oler el perfume de las emociones,
a saborear el elíxir de la batalla,
a oír los quejidos del inconsciente,
y a escuchar lo mucho que me ignoro.

Entonces sé,
que el olvido es parte del recuerdo,
y una sombra no sería sombra,
si no guardará-
secretos bajo la luz.

Pentragma (Cuento)

I

El sol renace bajo la luz primaveral, encendiendo las rugosas arenas en rigor celestial. Aguas espumosas embisten las troqueladas rocas costeñas salpicando los cielos opacos con sus sales. Aquella lontananza de los mares ocultaba a sus espaldas una cueva, ennegrecida por las sombras del crepúsculo. Fríos, aterradores vientos silbaban acompasando el amargo fragor de las olas. Pequeños fajos de luz allanaban la fosa oscura; los vientos, eran prohibidos por peñas rocosas que guardaban celosamente la madriguera.

Agustino yacía sólo bajo los oscuros techos del recinto; suavemente contemplaba la fogata deslumbrándolo con baile pícaro y mordaz. Muchos otros fines de semana, la larga y firme prosperidad de la cueva le habían nutrido con recuerdos lejanos; una hermosa juventud, resarcida por emociones incandescentes. Ahora el suelo cubría el ardor de sus suelas gastadas mientras un surco lóbrego de cejas cernía su frente con palpitante dolor; se hallaba ausente, frustrado por su indecisiva soledad.

Vislumbró bajo las fauces explosivas del fuego su última esperanza de vida, cayendo en el truculento engaño del fuego ilusorio: aquel que, aparentando la luz, engendra las tinieblas. La luna, que tras la brava marea emergió temprano, se disolvía en horas de veloz palmoteo. El oscuro vacío fue broquelado en tonos naranjos por el pequeño haz de luz que se elevaba por los montes; el chillido de gaviotas engrandecía la luz, transformándola en un enorme orbe en aureola de plumas. Las ardientes ondas de calor inundarían la playa con bosques de personas, buscando simplemente absorber los rayos en sus cuerpos ramificados contra la arena.

Agustino aguzó los oídos pero no escuchó el leve barullo humano. Cerró los ojos intentando conciliar nuevamente el sueño. Pero esta vez la cueva resonó como campanas enronquecidas y la tierra tembló. Abrió los ojos horrorizado; un tractor de gigantescas proporciones lustraba con boca de hierro el enarenado campo. El monstruo estaba rodeado por cincuenta hombres uniformados. “Siempre tiene que haber gente que destruya lo bueno,” pensó melancólicamente.

Los hombres notaron pronto la presencia del extraño, contemplándolo en detalle. Unos treinta rodearon la entrada a la cueva, unos de brazos cruzados, otros dando vueltas, lo que delataba su nerviosismo.

—Usted no es bienvenido a estos recintos. Ahora esto es propiedad del archimillonario John Ashton. Retírese inmediatamente del lugar.

Los hombres, amenazantes mediante la declaración, parecían dispuestos a la violencia; Agustino resondró e injurió con ripio verbal a los asaltantes de su pacífica posada. Finalmente, agotados los tenaces alacranes que saltaban de su lengua, se dejó caer como bulto entre la arena.

Los guardianes voltearon; un hombre cuarentón hizo su desfile a través de la pasarela azul de uniformados, destacando una bermuda alargada y un polo que hacía juego con sus estrafalarias cadenas de oro. Viró hacia sus subordinados,

—¿Cómo permitieron entrar a este hombre en la facilidad? —el silencio acrecentaba el calor—. Hablen de una vez —aseveró.

Un uniformado, tembloroso se aproximó al Sr. Ashton. —Disculpe jefe, lo encontramos aquí en la cueva. Supuestamente habíamos desalojado a los últimos.

El millonario se rascó el bigote. —Ya está hecho, que le vamos a hacer.

—Pero señor, si llega a contar algo acerca de…

—¡Silencio! —encomendó a gritos el bigotudo. Agustino yacía idiotizado.

La vehemencia caprichosa del hombre puede llevar ciertamente a la confusión. El señor Ashton, de pronto, transformó su ira en una cálida sonrisa al aproximarse a Agustino.

—Disculpe la molestia, estimado amigo. Lo que pasa es que estamos organizando un evento muy especial—. Miró al suelo— Es más, es una especie de aventura. Estaría honrado de contar con su presencia debido al incómodo percance que le han manifestado mis empleados.

Sacó unos extraños boletos de su bermuda tomándose su tiempo en ponérselo en las manos de Agustino. —Esta tarjeta te dará la posibilidad de invitar tres amigos.

El rostro de Agustino irradió felicidad. Eran años que no veía a sus amigos; ahora tenía un pretexto para invitarlos y lograr que realmente se diviertan.

II

En una esquina oscura de su habitación, Agustino hablaba por teléfono. La emoción y exquisita lucidez le regresaron la jovialidad de años a priori.  Se despidió y colgó el auricular. Observaba nuevamente el destello plateado de la invitación, inscrita en finas letras góticas:

“PENTRAGMA, Invocaciones y Poder Barbárico.

Fecha: Jueves, Viernes y Sábado en desfase lunar.

Tema: Aventura Medieval.”

Apagó la tenue luz de su lámpara y recostó su pesada cabeza sobre la mesa, aún remembrando los añorados momentos de su infancia. Entre memorias oscuras y destellantes, discernían los recuerdos de sus tres amigos.

III

La bocina monótona del Porsche de Jelenio retumbó en las inmediaciones del decadente edificio. Agustino bajó con celeridad, portando en una mano un pequeño bolso con pertenencias. Dio un pequeño saltó al último escalón, casi tropezando, pero finalmente empuñando el botón del enrejado que lo libraría de su atormentada soledad.

La puerta delantera del esplendoroso vehículo azul se entreabrió. —Mereces ser el copiloto, estimado Agustino —proclamó Jelenio, enjuto y flaco como hace diez años atrás. Tibios y frescos ventarrones de aire soplaban sobre el canoso y maltratado pelo de Agustino.

—¿Y qué tal te va Agustino?

—Algo mal —suspiró. —Tengo una bodeguita pequeña donde me dedico a vender licores. Con decirles que a duras penas logro pagar la renta de mi apartamento.

Heripanto generó un chasquido lastímero. —Qué mala suerte tienes. Yo al menos tengo mi propia empresa de publicidad. Si quieres un día me visitas.

—Heripanto, no infles tu ego. Sabemos que tu mayor defecto es querer lucirte ante los demás.

Gandamo rió estruendosamente,

—Es verdad, pero no se compara a la gran debilidad de Jelenio; es demasiado boquifloja. Carcajadas.

—Puede que tengas razón pero por lo menos no me ciego tanto como tú, Gandamo.

—¿A qué te refieres? —preguntó agarrándose la larga chiva oriental.

—Eres demasiado ambicioso. Tanto así que a veces te dejas llevar por el poder y luego no sabes como controlarlo —insinuó Jelenio.

—En verdad, creo que Agustino es el único que no tiene defectos tan serios como los nuestros —agregó Heripanto pensativo.

—A lo mejor por no tener muchos defectos es que se encuentra en la melancolía y la pobreza —comentó Jelenio. Agustino se puso notablemente pálido.

Gandamo estalló en escandalosa mofa. —Ya ves Jelenio, eres todo un boquifloja.

—No fue mi intención! —exclamó agarrándose la cabeza en señal de culpabilidad.

El Porsche avanzó, flotando sobre las carreteras a unos cien por hora. Pronto, los rayos de luz solar se extendían con incrementada intensidad, aguardando el acecho de los venturosos playeros.

IV

El vehículo fue detenido en la entrada. Una enorme barrera vehicular y 5 jeeps resguardaban la zona.

—Se les ofrece algo señores? —inquirió un recio uniformado portando una ametralladora en el hombro.

—Todo está bien jefe, no se preocupe, —respondió Jelenio seriamente intimidado.

—Entonces dese media vuelta y siga su camino. Esta playa ha sido clausurada —declaró amenazante.

—Agustino, ¿seguro que es acá? —inquirió Heripanto.

—Sí, es acá. He estado viniendo todos los fines de semana. El boleto de entrada transformó la faz amarga del guardia en la de un humilde y sonriente servidor.

—Disculpen la inconveniencia, teníamos que estar seguros —dijo dando la indicación para que abran la enorme barrera.

Agustino aguzó la vista; el terreno cada cierto tramo parecía vigilado. Estacionaron el auto; un terreno yermo servía de estante a la docena de carros.

—Poca gente —notó Jelenio. El ambiente caldeado por la luminosa extensión solar parecía aletargado y atemporal.

De una de las limosinas salió un hombre jaloneándose el bigote. Agustino lo reconoció al instante; lucía un terno blanco deportivo y una corbata de seda verde.

—Nuevamente bienvenido, Agustino. ¿Así que estos son tus amigos?

Los tres asintieron con la cabeza.

—Muy bien, entonces estamos listos par comenzar el campeonato. Son el grupo que faltaba.

Con un simple chasquido de dedos, dos enormes guardaespaldas saltaron del vehículo forzadamente revisando los bolsillos de los invitados.

—¡Como si fuéramos a poner una bomba! —exclamó Gandamo.

—Sí pues, en realidad ellos tienen más  pinta de criminales. Nosotros deberíamos revisarlos a ellos —comentó Jelenio. Los guardaespaldas detuvieron su búsqueda montados en cólera.

—¿Qué, qué pasa? ¿Dije algo malo? —reclamó inocentemente.

—Sí Jelenio, como sueles hacerlo cada vez que abres la bocota —refunfuñó Gandamo.

El Sr. Ashton intercedió con otra seña para que la revisión continuara.

—Vacíen todo lo que tengan en los bolsillos —declaró uno de los colosales.

—No! Pero, ¿y mi celular? —protestó Jelenio.

—¡Mi billetera! —reclamó Heripanto.

Agustino dejó su única pertenencia; un lapicero hongeado y sin tinta que poseía como recuerdo de su abuelo.

—No se preocupen muchachos, todo les será devuelto a su debido momento. Probablemente hasta con creces…

Gandamo puso una cara de resignación. —Pucha, yo no traje nada para que puedan compensarme.

—No te preocupes, aún así puedes ser premiado con gran poder en esta aventura —aclaró el elegante Sr. Ashton.

—Uff, ¡mejor ni le vayan a dar una pizca de poder! Apenas tiene algo de poder bajo las manos pierde el control de lo que está haciendo —declaró Jelenio.

Fueron interrumpidos por el claqueteo de pezuñas y una nube de polvo que se acercaba a galope. La ominosa carreta, galopada por cuatro caballos negros de estirpe, deslumbraba con sus decorados en oro y plata. Algo en aquel vehículo remontaba viejas historias épicas.

Agustino estaba conmovido; sus amigos mostraban entusiasmo y esto lo motivaba. El conductor, sentado en uno de los caballos posteriores hizo frenar el coche. Jelenio y Gandamo escupieron sus carcajadas al observar al conductor herméticamente encerrado en una armadura de bronce.

—¡El pobre debe estar casi muerto de andar en una armadura tan pesada en plena playa! ¡Con el calor que hace! —exclamó Jelenio.

Agustino y Heripanto mantenían la seriedad.

—Shhtt, cállate y no digas nada comprometedor esta vez —advirtió Heripanto.

—Muchachos, es hora que suban. El transporte los  llevará hasta las puertas de Pentragma. Adentro, no encontrarán el más mínimo grano de tecnología bajo la arenilla. Las reglas del juego les serán explicadas por El Príncipe.

Los muchachos, sin comprender y desposeídos de toda tecnología, subieron a la flamante carroza.

Agustino empezó a temer lo peor. El lunático Sr. Ashton probablemente los estaba mandando a una especie de anfiteatro para servir de buffet a leones y fanáticos de películas de gladiadores. Los veinte minutos de galope apenas fueron percibidos en la lujosa comodidad medieval.

—Llegamos —resonó la voz dentro del casco del conductor.

Nadie había observado la lenta aproximación del caballo a una elongada muralla de piedra que bloqueaba todo el litoral playero. Sólo unas enormes rejas, compuestas por un retortijo de fierros extrañamente cifrados daban entrada al lugar. La base superior de la reja, un arco que en letras góticas leía:

Pentragma.

—Hasta aquí hemos llegado. Es hora que entren. Les espera una aventura difícil de olvidar —declaró con frialdad el conductor. Unos hombres, vestidos con armadura de hierro y lanzas, entreabrían las rejas. De notar por el forzoso crujido que emitían, eran rejas antiguas.

V

Dejada atrás la antigua muralla, el panorama vislumbraba las salvajes arenas, agitadas por bandadas de gaviotas que rápidamente alborotaban en ausencia del hombre. Un guardia enrumbó a Agustino y sus amigos hacia una carpa negra; ésta se hallaba anclada hacia un costado de la empedrada muralla. No bien se acercaban cuando una voz suave y reconfortante les murmuró un “Adelante, por favor”.

Pasar de la luz, a las extremas tinieblas de la carpa, los hizo pausar a medio camino. Era como si la carpa absorbiera toda luz solar, incrementando la penumbra, pero a su vez, el calor infernal.

—Quédense allí donde están —musitó el extraño hombre.

—Discúlpenos por pertubar su siesta. El guardia nos trajo aquí por error —explicó Jelenio.

—No se preocupen, no estaba tomando una siesta. Yo trabajo así —respondió con voz reconfortante—. He oído mucho acerca de ustedes, en especial de ti, Agustino.

A medida que los ojos de Agustino se adaptaban, podía ver mejor al extraño; poseía una mirada fuerte. No entendía como ese hombre lo había reconocido del resto de sus amigos.

—Así que han venido a participar en Pentragma, ¿eh? Me alegra mucho.

Agustino lo miraba con mayor detenimiento. El hombre estaba cubierto con un largo traje clerical de color negro. Su rostro, oculto ante una capucha, apenas mostraba sus penetrantes ojos de sabiduría. Luego de permanecer un tiempo en incomodo silencio, el extraño prosiguió:

—Pentragma es un juego que celosamente ha sido resguardado al conocimiento público durante muchos años. Su invención ocurrió en el año 903 en Gran Bretaña, durante el reinado del Rey Lorthorn. En aquellos tiempos, el Rey tuvo como consejero al conjurador más poderoso que haya podido existir. Su magia y conocimientos no tenían comparación. Fue luego de algunos de sus antiguos escritos que hechiceros como Merlín obtuvieron su fama. A diferencia de estos célebres conocedores místicos, él supo mantenerse en el anonimato. El Rey Lorthorn celosamente lo ocultaba en los bajos sótanos; fue Belgator, el enigmático conjurador que trajo entre muchos de sus textos antiguos el juego de Pentragma.

—Suena interesante, ¿pero cuando vamos a ponernos a jugar? —protestó Heripanto.

Una leve risa brotó del rostro cínico. —Sólo necesito que firmen acá —indicó señalando un antiguo pergamino. Se acercaron presurosos;

—No, tú no, Agustino. Tú tienes que firmar este otro.

Agustino miró fijamente el otro pergamino tratando de leer algo de lo que decía; estaba demasiado oscuro. A fin de cuentas, era sólo un juego. Firmó el papel.

—Hay ganadores en este juego? —preguntó Gandamo.

—Por supuesto que sí. Los victoriosos se llevarán un cofre en abundantes piedras preciosas; cortesía del Sr. Ashton.

—¿Que?!! —exclamó Heripanto— ¡increíble!

Ahora los rostros de sus amigos se mostraban iluminados. Se peleaban por firmar. Agustino vio esto con satisfacción.

—Veo que están listos para comenzar su aventura. Pues vayan. Mis guardias los escoltarán —declaró.

—Por cierto —agregó Gandamo—. ¿Quién es usted?

—Soy el Príncipe de Pentragma. Es todo lo que necesitan saber. Ahora vayan.

VI

El juego resultó más extraño de lo que esperaban. El resto de la tarde, un hombre canoso, vestido en finas telas pre-socráticas,  les leyó de unos finos manuscritos el contenido del juego;  era una fiel traducción del arameo, obrada por Don Gustavo de la Torre; hombre acusado de hereje y quemado vivo en 1581.

El juego era una extraña confusión de otros juegos conocidos en la actualidad. Según el instructor, el juego de “robar la bandera” al igual que el fútbol, tuvieron su origen en Pentragma. ¿Pero cómo se jugaba este juego tan peculiar, que en tan celosas entrañas era resguardado?

En la ancha y desolada playa, todo vestigio tecnológico debía ser desvanecido. El sabio advirtió de las mágicas propiedades de Pentragma y cómo éstas se verían afectadas por la mínima pizca de tecnología. Aunque este aspecto le resultó incomprensible al pequeño grupo, el resto de la explicación demostraba una inclinación hacia el deporte estratégico.

“Esparcidas entre las amplias arenas yacerán las carpas, distantes las unas de las otras. Cada carpa acogerá a un grupo de aventureros; entonces,  uno a uno estos grupos irán siendo eliminados. Sólo el grupo ganador podrá quedarse con el tesoro. Para esto, es necesario que cada jugador del equipo elija una especialidad:  guerrero, conjurador o hechicero. Es sumamente necesario que exista por lo menos un guerrero en el grupo. Los hechiceros y conjuradores dependen del guerrero para obtener sus poderes mágicos, llamados puntos de poder (PP).

“Los participantes, al igual que cualquier jugador de fútbol, pueden usar los 7 balones que se hallen en juego. Estos podrán portar la pelota en las manos, pies o usando cualquier otro artificio con el fin de que atraviese el arco, similar al de fútbol, impuesto al lado de cada carpa. Cada vez que se logre atravesar un arco enemigo, sea pateando, lanzando o arrastrando la bola, el equipo acumulará un punto de poder. El rol de los guerreros es fácil, pero demanda de sujetos fuertes con algún conocimiento en defensa personal. En realidad, para los guerreros, la pelea por quien tiene control del balón, llamado en este caso orbe de poder, se resume en dos palabras: Vale Todo.

“El caso de los conjuradores y hechiceros es distinto. El conjurador es el más vulnerable de todos los personajes. Tiene tan sólo dos poderes, sin embargo, su último poder es extremadamente poderoso. Según el antiguo manuscrito, estos vienen a ser:

Conjurador:

  1. 1) Círculo de Protección: el conjurador puede generar un círculo de protección alrededor de él para impedir su captura. Para esto, el jugador deberá arrodillarse en el suelo con las palmas juntas como si fuese a rezar, por todo el tiempo que desee permanecer bajo protección.

PP  0 (ninguno es requerido)

  1. 2) Demonio: transforma un guerrero cualquiera en un demonio. Este guerrero es intocable. Podrá capturar un guerrero rival con sólo tocarlo. Es el único caso en el que un guerrero puede ser capturado. El demonio regresa a la normalidad al capturar un jugador.

PP  3

“El hechicero, al igual que el conjurador, depende también de los puntos de poder para lograr su objetivos místicos. Este usa hechizos y encantamientos con el objetivo de hacerle la vida difícil a sus contrincantes. Es de notar también, que al ser capturado un hechicero, todos los encantamientos hechos por él desaparecen. El manuscrito menciona los tres siguientes encantamientos que posee el hechicero:

Hechicero:

  1. 1) Soga Encantada: una soga extendida por un hechicero, a lo largo de algún terreno, no podrá ser atravesada por ningún jugador. Sólo se podrá cruzar a través de la zona donde la soga no tenga alcance.

PP  0 (Ninguno es requerido)

  1. 2) Oscuridad: Se le vendará los ojos a un guerrero enemigo. De

esta forma el guerrero perderá la vista.

PP  1

  1. 3) Claridad: Contrarresta el hechizo de oscuridad impuesto contra un guerrero.

PP  1

Según el sabio, sólo los hechiceros y conjuradores pueden ser capturados. El guerrero en cambio, sólo puede ser capturado por un demonio invocado por el conjurador.

Todo equipo deberá portar un mensajero; este sirve para enviar mensajes a un equipo enemigo u otros jugadores. El mensajero cumple el simple rol de comunicador; no puede usar puntos de poder, capturar o usar orbes de poder. Éste, a su vez, no puede ser capturado ni atacado. De los 4 integrantes de un equipo, uno deberá ser el mensajero. Estas, entre otras, eran las reglas de Pentragma.

—Para finalizar —agregó el sabio al comenzar el hundimiento del sol bajo el horizonte—, todo equipo posee una bandera al costado de su campamento. Las banderas que son robadas y llevadas al Gran Círculo, que se encuentra en el centro del área de playa, descalificarán inmediatamente a los equipos dueños de las mismas. Felizmente muchachos, las banderas no se pueden robar con tanta facilidad. Al igual que la legendaria espada Excálibur, petrificada bajo una roca por el Mago Merlín, las banderas se encontrarán en la misma situación. Un equipo tendrá el poder para despetrificar cualquier bandera del suelo si  ya tiene bajo su control 8 puntos de poder o más.

—Hmm, seguro Merlín le plagió la idea de la espada a Belgator.

Heripanto sacudió la cabeza. —Son sólo reglas del juego, Jelenio. Nada más te lo están relatando así para que sea más ameno.

Gandamo soltó otra carcajada.

VII

Era ya de noche cuando acabaron de acampar. Las estrellas brillaban con una intensidad inusitada.

—Es una noche hermosa —musitó Agustino. Al ver que no hubo respuesta se resignó a ras del suelo observando los distantes puntos de luz.

—Todo parece tranquilo —proclamó Jelenio.

—Tienes razón, se supone que el juego comenzó ya hace media hora —protestó Gandamo.

Murmullos lejanos era lo único que el viento entregaba en respuesta. Agustino era fuerte y macizo junto a Heripanto, que poseía ciertos conocimientos de defensa personal; ambos serían los guerreros. Gandamo se proclamó hechicero del grupo esperando que su afán por el misticismo le sirviera de algo en el juego. De igual forma, Jelenio aceptó ser el mensajero; según él, una fuerte dedicación al tenis le había otorgado la resistencia necesaria para correr de un lado a otro vociferando los mensajes.

—Creo que Jelenio sólo quiere estar tranquilo sabiendo que a él no le pueden hacer nada. —criticó Gandamo—. Total, es mantequilla.

Risas. Los cuatro se sentaron en la arena frente a la carpa mostaza que los albergaría. Agustino dio un bostezo. —Muchachos, creo que debemos descansar. Ha sido un día un poco pesado.

—Heripanto, tú y Agustino hagan guardia. Es mejor que ustedes cuiden de noche ya que a mí me pueden capturar fácilmente —dijo Gandamo—. Entró al aposento con Jelenio donde rápidamente fueron consumidos por el profundo letargo.

Habían pasado no menos de veinte minutos cuando algo irrumpió los ecos serenos del viento.

—Gandamo, Jelenio, despierten. Me pareció escuchar algo —advirtió Agustino.

—¿Qué cosa es? —preguntó Jelenio con los ojos cerrados dentro de su sleeping.

—Levántense ya —protestó Heripanto dando sacudidas a Jelenio.

—Vayamos a ver —Gandamo declaró en un bostezo.

El silencio congelado de la noche delataba sólo a la suave brisa.

—No es nada —dijo Jelenio resignándose a entrar a su cálido aposento.

—No, esperen un rato —cauteló Heripanto. Los minutos se hundían con la anticipación.

—Muchachos! —exclamó Agustino—. Hay unas sombras allí!

Su exclamación fue tronante. A unos veinte metros, las sombras que hace minutos reptaban sobre los suelos arenosos cobraban forma humana.

—¡Nos atacan! —alertó Heripanto.

Las sombras se mostraban más nítidas. Eran dos sujetos, uno cargando en sus brazos un orbe de poder.

—No podemos dejar que esos sujetos pasen la pelota por nuestro arco. Debemos atajarlos —aseguró Heripanto.

—Yo te acompaño. Tengo una idea —dijo Gandamo.

—Bueno, pero déjame a mí ir adelante en caso que te quieran capturar —aseveró Heripanto.

Silencioso como siempre, Agustino tornó hacia la portería para evitar cualquier transgresión; sería como un portero de fútbol. Las sombras enemigas se separaron en plan de ataque. Con suma rapidez, arremetió Heripanto contra el que tenía la posesión del orbe. El contrincante cayo al piso resignado, pero el pase ya estaba hecho. Gandamo entró rápidamente en juego corriendo con audacia contra el otro rival; este último, paró a secas haciendo bailotear su enorme panza con sus enormes carcajadas,

—Tú pareces ser un hechicero, ¿lo eres?

—Sí, lo soy —aseguró Gandamo.

—Jajaja, gracias por ofrecerte como primer prisionero de los Gorgonautas.

—El nombre de tu equipo da lástima. Nosotros nos llamamos Los Sicológicos. Da mucho más que desear que tu idiotez —provocó Gandamo.

El gordo expelía furia; antes que pudiera embestirle, el hechicero sacó de su túnica una soga. Para la sorpresa del hechicero, el rival agrandó los ojos; estos estaban desorbitados con una extraña mueca de pescado en anzuelo.

—Se ve que eres nuevo en Pentragma, ¡no sabes lo que haces! —aulló el gordo rival.

—Por supuesto que sé lo que hago. Te estoy bloqueando el camino! —sonrió Gandamo al tirar la soga a la arena.

—¡Está loco Julio! —dijo el compañero del gordo mientras ambos huían despavoridos.

—Bien Gandamo! —exclamó Heripanto mostrando entusiasmo.

Gandamo frunció la boca. —No sé. La verdad que no le veo nada interesante a este juego. He puesto una soguita que, o bien alguien la va a pisar, o se la van a robar —dijo resignándose a la carpa que sume al olvido.

VIII

Despertaron sin saber cuanto tiempo estuvieron bajo los brazos del letargo.

Gandamo bostezó estirándose. —Siento como si hubiese dormido toda la noche. ¿Qué hora es?

Jelenio alzó los hombros. —No sé, pero yo tampoco me siento cansado. Será mejor que rotemos para que descansen los otros. Salieron cuidadosamente a gatas de la carpa.

Afuera, el frío era un poco más intenso. Un par de gaviotas cuchicheaban en las cercanías. Heripanto y Agustino se encontraban tumbados en las mansas arenas, secos como piedras.

—Se quedaron dormidos…

—Sí Jelenio, pero eso no importa. Un tonto juego no debería perjudicarles el sueño. Déjalos que sigan durmiendo.

—Sí, ¡pero acuérdate que el premio es un tesoro en joyas!

Heripanto se levantó de a golpe. —No puedo creerlo, ¡me quedé dormido! Agustino, ¡levántate! Ambos se pusieron de pie.

—Por cierto —dijo Jelenio rascándose la cabeza— sintieron el temblor?

El silencio aseveró la negativa. Todo parecía en calma pero nadie sentía sueño. ¿Habrían pasado más de seis horas?

—¡Maldición! ¡Miren esto! —exclamó Gandamo a unos metros de distancia. Se aproximaron corriendo. La soga se encontraba en el mismo lugar, inerme. Frente a esta, yacía un abismo impenetrable, de incalculable profundidad. Gandamo soltó otra risa, bulliciosa y cínica. Sus compañeros observaban la deformación geográfica atónitos.

—Debe haber sido un temblor bastante fuerte —comentó Heripanto.

Gandamo sonrió. —No fue un temblor, fui yo.

—Eso es imposible… a menos que…

—El juego ha cobrado vida —Agustino cortó tajantemente a Jelenio.

Una discusión incendiaria giró en torno a lo acontecido. Ahora todo era claro; el tema del abismo seguía siendo resaltado en altos y bajos. Nadie había notado la desaparición de Agustino.

IX

Agustino  trazaba el trecho solitario en torno a las inconfundibles rejas de entrada. Debía hallar pruebas contundentes que explicaran aquel extraño hechizo en el lugar. Forzó las rejas montado en cólera; se encontraban trabadas por un portentoso candado.

—Maldición! —exclamó olvidándose que se encontraba en territorio hostil. Jaló el candado. Era inútil.

Fue cuando de la manera más inesperada encontró su respuesta. La piel se le hizo de gallina al ver el símbolo del candado. Era un pentagrama, un símbolo místico; una estrella de cinco puntas que muchas veces se utilizaba para evocar ritos satánicos.

Ahora comprendía parte de los sucesos. Evocó imágenes que aún le desconcertaban: la excentricidad del Sr. Ashton, el extraño carruaje montado por caballos negros y el peculiar Príncipe de Pentragma.

El mal reinaba en las sombras, una de estas moviéndose con poca discreción.

—Agárrenlo! —exclamó una voz más distante.

Agustino corrió, ciegamente olvidándose el camino de regreso. Parecía que eran dos detrás de él. El sudor de la adrenalina le cubría el rostro. Los hombres tras de él, disminuyeron rápidamente la marcha, asfixiados. ¿Tan rápido se cansarían? Aún así Agustino no paró hasta llegar a la desolada orilla. Se apoyó frente a las enormes rocas salpicadas por las espumas del mar.

Volteó la cabeza mientras recuperaba el aliento. Detrás de las voluminosas formaciones se aproximaban tres hombres. Aquel gordo insolente que generó la primera contienda estaba allí. Lo peculiar era que vestían ahora imponentes armaduras de hierro. El juego realmente había cobrado vida.

—No te preocupes Heripanto. Con nosotros tienes todas las de ganar porque créeme, tenemos experiencia en el juego —indicó el gordo.

—¿Heripanto? —balbuceó tontamente Agustino. Observó el rostro inconfundible de su compañero, rodeado por los dos malandros. Se tapó la boca en pánico, casi olvidándose donde se encontraba. Heripanto había traicionado al resto de su equipo y eso lo entristecía.

De pronto, delante de Agustino apareció su preciado mensajero. Ambos se encontraban detrás de las rocas. Agustino lo miró fijo, indicándole silencio con un dedo.

—¿Qué, ¿qué pasa? —protestó Jelenio.

—Shhtt

Jelenio se cruzó de brazos. —Ah, ya veo. Quieres que me calle…

Demasiado tarde. Los tres guerreros con armaduras de acero caminaban hacia su ubicación.

—No nos alcanzarán, sus armaduras son muy pesadas —Agustino le aseguró a Jelenio.

Corrieron a la par. —Agustino, hay un pequeño problema que tal vez no te conté.

—Si tiene que ver con la traición de Heripanto yo ya lo sé.

Jelenio aclaró su garganta. —En realidad se trata de Gandamo… ha estado usando mucho su poder.

—Eso me parece bueno —respondió Agustino, jadeando pero incrementando su paso.

—El problema es —continuoó Jelenio— que como no logramos acumularle puntos de poder… se molestó… tiró sogas por todas partes…

—Eso no tiene nada de malo —sonrió Agustino.

—Es que ese es justamente el problema. Mira —señaló Jelenio.

Se detuvieron. El viejo y desdichado Agustino vio enormes abismos por doquier que encarcelaban su escapatoria. Las manchas plateadas se hicieron cada vez más visibles. El primero en llegar fue Heripanto, seguido más atrás por sus temerarios acompañantes.

De su ancha y pulida armadura, Heripanto sacó la espada adaptada a su cintura. Paró un rato y miró a los indefensos con desconfianza.

—Por si acaso, yo soy mantequilla —balbuceó Jelenio, pálido.

Los guerreros rivales gritaban, estremeciendo la locura y euforia de Heripanto.

—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! —gritaba Heripanto, agitando su espada al aire.

Descontrol total. Jelenio veía horrorizado como la cruenta espada penetraba en la piel y huesos de Agustino.

El moribundo rió; finalmente comprendía lo que era Pentragma. —Ustedes amigos míos, han hecho de mí un cadáver —tosió sobre el piso ensangrentado—. Mi propio mensajero me delató; mi hechicero, qué decir, abusó de su poder y sin poder controlarlo me aprisionó. Finalmente el guerrero, que se supone era mi viejo y leal amigo, con la punta de su espada me traicionó.”

Agustino escupió sobre la tierra maldita. —Ahora entiendo —tosió sangre— porque el Príncipe de Pentragma me hizo firmar en hoja aparte.

La Última Voluntad de Juan Arteaga (Cuento)

Un atardecer lento y sosegado, en que las distancias parecían mares desolados, me enrumbé al Paraíso. Toda mi vida había sido un rotundo escéptico, inseguro casi de las palabras que oía brotar a mis maestros de niñez. El colmo de los colmos era que yo, siendo un hombre de mente lógica, me había dejado llevar por las incongruencias de Juan.

Recuerdo vagamente nuestra alegre infancia; a Juan apenas se le veía la cara ya que unos rulos selváticos le tapaban hasta los ojuelos cargados de inocencia. Corriendo por las angostas callejuelas terminábamos cruzando unos hermosos parques y matorrales. Recuerdo que me cautivaba un parque en especial; tenía un extenso jardín de jazmines con inmensas palmeras. Las fragancias que aquellos lugares emitían me inundaban de ensueño, trasladándome hacia mundos lejanos y perfectos. Yo deseaba permanecer allí, en aquel parque donde en años anteriores solía refregar mi cara en la pileta.

Ahora las cosas eran distintas. El sol que en esos tiempos surcaba nuestros rostros risueños, ahora se veía menguado bajo la media luna del atardecer. Qué viles son los tiempos, y viles los propósitos del hombre, que nacen fructíferos y mueren en el olvido. La muerte de mi compañero, retumbó como un martillo en mi corazón, y resonó tan hondamente, que el resto de mi cuerpo se congeló.

Desde esta angustiosa perspectiva, recibí de él su última voluntad; vino encubierto en un pequeño sobre manila y una letra casi ilegible que decía:

Para ser abierto sólo por Luis Javier Navarro.

Al abrir lentamente el sobre, pude jalar con los dedos una carta que por lo visto, se dirigía a mí:

“Estimado Luis Javier,

Te escribo porque presiento que pronto llegará mi hora. Sé que tal vez te sientas apenado por mi pronta muerte, pero por favor consuélate. Nuestra niñez es algo que jamás olvidaré. Cómo olvidaría por ejemplo, nuestra riña por ver quien treparía primero la montaña de los duendes imaginarios, o las veces que creíamos ver imágenes de ángeles plasmadas en las nubes. Sé además, que con el tiempo, me fui aislando del mundo; enclaustrado en un lóbrego cuarto de estudios, apenas dos veces llegué a saber de ti en mis últimos quince años. Esos años no los transcurrí en vano. Bajo las sombras de mi escritorio, día a día fui descifrando los códigos de lo que era la felicidad. Tras inmensos esfuerzos, finalmente la hallé, con el propósito de compartir ese secreto contigo. Te pido, como la voluntad última de tu más leal amigo, que sigas las instrucciones que te adjunto en el mapa AL PIE DE LA LETRA. Así, lograrás entrar al mismísimo Paraíso.

Me despido,

Juan Arteaga”

Miré el mapa con desdén. Ya anochecía y aún no hallaba rastros del lugar que me había encomendado. Volví a revisar el camino que había tomado. Evidentemente, ya había cruzado el pasadizo que conformaba las siete montañas sagradas, atravesado la temible corriente del Río Maldito y me hallaba ahora en las yermas fronteras donde mi amigo subrayaba El Paraíso. Sin  embargo, yo aún no veía nada. ¿Me habría hecho venir aquí en vano?

Observaba, pero todo a mi alrededor no era más que arena vacía. Posiblemente habría un tesoro escondido, deduje. Recordé entonces la Regla Número Tres que me adjuntó en la parte posterior del mapa:

“Una vez llegado al terreno infértil, a 20 kilómetros al norte del Río Maldito, te recostarás a dormir sin carpa y sin sleeping. Podrás sin embargo, abrigarte con todo lo que sea necesario para el frío.”

Bajo la luna, vi el sutil vuelo de los roedores alados. El témpano gélido de frialdad tras las oscuras brisas, poco sirvieron de alivio a las telas que me cubrían; pero pronto, con el suave murmuro del viento y mi penoso estado de agotamiento, quedé sumido en las profundidades del letargo.

Sentí el roce de una pluma en mi frente. Abrí las dos ranuras de mis ojos tras el contacto con el sol. En mi confusión me levanté. Escuchaba cantos de pájaros. ¿Estarían mis oídos en lo cierto? Mis ojos, que lentamente se adaptaban a la luz, discernían una delgada neblina. En el instante en que el sol me destelló con claridad, creí perder la razón.

Una frondosidad verde de árboles y flores silvestres me circundaba, llena del lento aleteo de mariposas y aves magníficas que entonaban música celestial. “Imposible,” me dije en mis adentros. Los árboles, finos y bajos, extendían sus frutos con deslumbrante armonía. Bastó con estirar la mano para coger uno de sus ejemplares; era perfecto; su sabor, un néctar de dioses que refrescaba el paladar.

Lágrimas brotaron de mis entrañas. ¿Podría ser este, el lugar que toda mi vida anhelé llegar? Di un grito de alegría, me quité las botas y corrí. Corrí con las energías de años atrás, remotamente en mi juventud. Sentía el movimiento ágil de mis piernas, el roce con la tierra fértil, esponjosa y fácil de labrar.

Por fin, después de varios kilómetros, mis pies detectaron la fina arenilla de la costa, suave como el talco. Frente a ésta, un mar extenso, regulaba sus olas mansamente. Tanta inocencia vencía mis escrúpulos e hipocresías. Ya nada importaba. Era el hombre más feliz de la Tierra. Despojándome de toda vestimenta, me zambullí en las aguas cálidas de lo que parecía mas bien un remanso.

Nuevamente sobre mis pies, vi mi reflejo sobre las aguas totalmente transformado. —Sí, mi querido amigo, estás en el Paraíso.

Volteé a mirar de costado, sorprendido de ver un pequeño mozuelo, observándome, detrás de sus largos rulos crespos que cubrían su rostro. Sentí una emoción incontenible, ——¿Ju- Juan? —trastabillé en las palabras.

—Así es, soy yo —declaró con una sonrisa en la cara.

De pronto, el horror adentró mis pensamientos. —¡Pe- pero tú  estás muerto!

Juan soltó su risa de niño. —Deja de estar siempre tan consternado. No hay razón para preocuparse aquí. Además, ahora eres joven nuevamente, qué más quieres.

Alcé la vista al infinito cielo celeste.

—Además —prosiguió—,  el agua de los mares no es salada sinó pura, bebible; los frutos jamás se descomponen, y los tiempos, permanecen bajo los albores de la primavera.

Exhalé un aire emotivo. —¡Que alegría! Podremos entonces jugar, como lo solíamos hacer en nuestro pasado… —mis palabras se entrecortaron al observar un ligero cambio en Juan; su cabeza miraba ahora el suelo. Miré también ese suelo arenoso.

Un viento fuerte rugió en la tempestad de esa arena, se arremolinó y me sumergió contra los poderosos rayos del sol. Nuevamente me inundó el terror, al ver como consecuencia, la vejez impartida en mis manos.

—Maldito desierto —pensé sollozante mientras se acaudalaban mis lágrimas, al divisar por todo mi derredor, la estepa arenosa y desolada.

Noté entonces, mi estupidez, al haber seguido las otras dos reglas de mi ex – compañero al pie de la letra:

“Como Regla Número Uno, no comerás y como Regla Número Dos, no beberás si es que realmente ansías conocer el Paraíso.”

En la estepa arenosa y desolada, veía a Juan reír, sabiendo que pronto la muerte me tendría en sus oscuros brazos, lejos de toda civilización, y a su vez, en el mismo lugar en que él fue hallado muerto.

La Mofamorfosis (Cuento)

Gorgorio Samson despertó sin notar su sencilla transformación. La cama se había redoblado en tamaño. Era de tal magnitud, que el cuerpo de Gorgorio apenas se extendía sobre la almohada aplastada. ¿Estaría enfermo? Miró sus piernas; estaban verdes, flacas y torcidas.

—¡Alguien ayúdeme! —gritó, pero el entorno solo emitió un chillido.

Un golpe rotundo resonó sobre la ventana de la habitación. Gorgorio se dio un susto tal, que su salto lo mandó directamente contra la mesa del otro lado del dormitorio. Observó la proporción de la mesa, aturdido de encontrarse parado sobre la misma. El portarretrato de sus abuelos parecía una sombra inmensa que miraba por encima de Samson. Un nuevo golpeteo en la ventana, esta vez más brusco.

—¿Quién anda allí? —chirrió Gorgorio.

Dio un saltito y se miró frente al espejo. Al verse, sus piernas repicaron como resortes contra el techo. El espejo le habia mostrado un grillo, no el hombre que pretendía ser. En realidad él era Gorgorio Samson, un empleado que habia dedicado doce años de su vida a la corporación más grande de relojes en el mundo: Relojes Tiki.

Volteó justo a tiempo para ver sus ventanas hacerse trizas en una lluvia de cristales. Una sombra súbitamente entró, sus pisadas haciendo clic clac, mientras se aproximaba a Gorgorio. Fue alzado por los aires por una mano fría y dura.

—Pepito, ¿eres tú?

—¡No soy Pepito! —puntualizó Gorgorio.

—No importa, para mí tú sigues siendo Pepito, mi fiel consejero.

—Ni siquiera te conozco, degenerado. ¡Bájame ahora mismo!

—De acuerdo, te dejaré de nuevo en la mesa, pero con una condición —advirtió el extraño. —¿Sí? ¿Y cuál es?

—Tienes que mentirle a mi guardiana. Es una chica muy linda, de veras, y siempre se viste de azul.

—Bueno, no sé-  ¿qué quieres que le diga?

—Sólo háblale bien de mí con relación a cualquier cosa que te pregunte. Ah, y dile que estoy enfermo, que no puedo hablar.

El grillo iba a replicar, cuando un destello luminoso ingresó por la ventana. El pobre Samson no podía creer lo que veía. Una hermosa joven de ojos, vestido y pelo azul se aproximó al extraño que lo sostenía. El resplandor dejaba verlo con claridad.

—Pinocho, ¿qué haces tú acá? —susurró la hada con su suave voz.

—¿Pinocho?! —pensó aturdido Gorgorio al notar claramente que quien lo sostenia no era mas que un muñeco de madera.

—No- no puede hablar —trastabilló Samson.

—¿Qué? ¿Cómo que no puede hablar?

—Es que se le han metido unas termitas en la garganta.

—¡No es posible! Pobre de mi Pinocho —sollozó la azulina. —Lo he estado buscando por todas partes. Dime una cosa Pepito, ¿se ha estado portando bien?

—¡Que no soy Pepito! Que quede claro- y sí, se ha portado muy bien.

—No habrá estado mintiendo…

—No, no, para nada señorita.

—No soy señorita, soy la Hada Azul. Yo le di vida a Pinocho y tu estuviste alli presente. ——Yo jamás estuve allí presente, ¡y tampoco me llamo Pepito!

—Ven aquí, niño bueno —dijo la Hada Azul al muñeco de madera—, mereces ser de carne y hueso.

Un pequeño toque con la varita magica fue todo lo que requirió para que Pinocho se transformara.

—Gracias, Hada Madrina, ¡al fin puedo ser un niño de verdad! —dijo mirándose frente al espejo del tocador.

—No, no me lo agradezcas. Agradéceselo a Pepito.

—Yo no soy…

—Gracias Pepito. Al fin voy a poder cumplir mi sueño!

—Y dime, ¿qué piensas ser cuando seas grande? —le cuestionó la hada azul—. Voy a ser un dictador muy poderoso. ¡El mundo va a ser mio! —dijo Pinocho rascándose el 666 que tenía en la frente.

—Qué niño más dulce —sonrío la azulina—, “y pensar que antes era un muñeco de madera.

Pinocho, con una fuerza de mula, pateó la puerta tumbándola contra el piso. Salió corriendo tras una risa demoniaca que retumbó por los pasillos.

—Bueno, no sé si me podrías ayudar —dijo Gorgorio.

—¿Ayudar?

—Sí, es que- tú sabes, todo los años que me tomó adiestrar a Pinocho para que sea un niño bueno…

—¡Pero si sólo fueron dos meses!

—Ah, sí… me he confundido. Es que el tiempo es tan relativo.

—O sea que quieres decir que te aburrías tanto con mi Pinocho que para ti esos 2 meses fueron como años.

—Así es- ¡no! No quise decir eso.

—OK, comprendo. Yo tambien lo admito. Hice que tú lo cuidaras Pepito, porque en realidad, a mi también me aburría conversar con ese pedazo de madera.

—OK, pero-

—Sí querido, te concederé un deseo —susurró la Hada Azul.

Gorgorio por primera vez se sintió motivado. Nunca en su vida había tenido la oportunidad de ser algo diferente, mejor a lo que solía ser. No sería tan sólo un empleado de fábrica. Ahora sería alguien que hasta su propio hermano podría admirar. Aunque, a su parecer, su hermano Lucho, no admiraba a nadie.

—Quiero lograr ser alguien que mi hermano Lucho admire —declaró con intrepidez.

—OK, serás el punto de mayor admiración de tu hermano —aseguró ella en un tono melodramático y seco. De pronto, Gorgorio ya no sentia las piernas verdes con las que solia saltar. Tenia la sensación de que su cuerpo había vuelto a la normalidad ya que la cama donde se encontraba tendido habia vuelto a su tamaño original. No podía moverse, el cansancio y el letargo parecieron haberle adormecido los pies.

**

Samson despertó a las 6 de la mañana, al oír los pasos de su hermano; tenía la intención de dormir el resto del día, pero éste se le acercó de manera compulsiva.

—Así que aquí estabas. ¡No sabes durante cuanto tiempo te he estado buscando!

—¿Qué? ¿Cuánto tiempo? —inquirió Samson.

—Tu y yo vamos a correr las mejores olas del mundo. Tenlo por seguro.

Samson, lo miro incrédulo. —Gracias, mi gran hermano. Qué bueno que me aprecies, pero, aún así déjame descansar un poco más que aún tengo las piernas adormecidas del cansancio.

—Ven, que conmigo atravesaremos mares insólitos llenos de aventura esta mañana.

—No, ya te dije que ahora no. Necesito descansar —protestó Samson.

—Me parece bien que estés aquí. Ahora nos iremos y te estrenarás en el mar.

—No seas terco, Lucho, te dije que hoy no, ¿o que acaso no me puedes oir?

No hubo respuesta.

—¿Lucho? ¡Lucho!

El silencio era incomprensible. El hermano cogió a Samson con su hercúleo brazo, y lo hizo pasar frente al espejo: era una tabla de surf.

—Lucho, ¡suéltame! ¡Suéltame!

Las palabras viajaban en su mente. Nadie jamás le escucharía, porque en el fondo, no poseía cuerdas vocales.

Lucho pisó las arenas, reluciendo su sonrisa, gafas de marca y la tabla nueva. Unos hombres de sombrilla, bajaban su periódico para mirar con envidia la enorme tabla. Tres clones, todos con bermudas floreadas palmearon la espalda de Lucho.

—Oye brother, ¿vamos a las olas?

—Sí, vamos que se nos hace tarde. El que se cae primero de la tabla es un perdedor! —anunció Lucho.

Corrieron en las ardientes arenas, atravesando con un suspiro la suave orilla, adentrándose contra las salvajes olas.

—Pppffft! ¡El agua esta horrible! —gritó Gorgorio. Nadie lo escuchaba. La primera ola aconteció, y con extrema propiedad, Lucho la cogió, balanceándose sobre Gorgorio con suma audacia.

—Lucho pfftt!! No hagas eso! Tus pies apestan!

Éste seguía con unos giros en el agua; sus pies, hundiendo a Gorgorio en las espumas.

—Lucho, me estoy ahogando!

A pesar que Samson le tenía mucha estima a su  hermano, debía hacer algo con urgencia si no quería terminar en la fabrica de tablas desechables.

Un fuerte viento ayudó a la tabla con las fuerzas necesarias para inclinarse. Vio a su hermano caer de sus espaldas, desprestigiado. Había perdido el control. Las aguas cada vez se mostraban más relucientes a estrellarlo contra las rocas.

—¡¡Lucho!!

Su hermano no le prestaba atención. Este se alejaba de la orilla con la cabeza gacha, mientras los clones le gritaban desde las olas, —Lucho, eres un perdedor!

Samson contuvo su tristeza. Ahora por culpa de él, su hermano sería un fracasado; jamás podría verlo nuevamente con las admiración de antes, y la culpa la tenia él.

Un repentino choque frontal contra las rocas dejo a Samson semi-consciente. Todo parecía encaminar hacia su fin, cuando el mar, sintiendo lastima por él, lo deslizó suavemente sobre la orilla. Samson, desolado y azul, pedía ayuda. Pero todos estaban demasiado concentrados en la contienda de tablistas y no le prestarían atención a una moribunda tabla.

Aun así, cosas más allá de lo inimaginable suelen ocurrir. Una bella joven, de bikini rojo corría en cámara lenta portando su pequeña tabla salvavidas. Corría y su pelo rubio se le alzaba con el viento, mientras la gravedad rebotaba sus otros tributos.

—¡Dios mío! Pobre tabla, de seguro que casi te ahogas por culpa de ese salvaje.

—Sí, ese salvaje es mi hermano.

—¿Es tu hermano? Disculpame, no lo sabía —ella declaró con voz suave.

—¡No puede ser! ¿Puedes escucharme?

—Claro que puedo escucharte, ¿o por quién me tomas?

—No- no eres una sal-sal va- va vidas?

—Claro que no. Soy Afrodita, la diosa del amor.

—Eso es imposible. ¿Cómo puedo comprobar que realmente eres Afrodita?

—Bueno, ¿no te parece suficiente el hecho de que te estoy hablando?

—Hmm… no lo sé. Podrias ser una bruja. Pero si realmente eres la diosa de la belleza… Afrodita, entendiendo, se alzó la parte de arriba del bikini, dejando a la tabla, más inerte de lo que ya estaba.

Un conglomerado de surfistas se acercó trotando a la zona. —Esa es mi tabla, ¡mi preciada tabla! —exclamó Lucho corriendo hacia Afrodita.

—Mira lo que me has hecho hacer —le susurró a Gorgorio en la aleta.

—¿Así que ésta es tu tabla?

—Si, ¡claro! Me costó mucho obtener esa tabla. Es una de las más caras del mercado.

—Oh, ¿en serio? ¿Me la puedes prestar por unos días? Después si quieres, puedes venir a recogerla a mi casa… —insinuó ella con un guiño.

—Claro. Te la presto —babeaba Lucho.

—Bueno, ya me tengo que ir, pero nos veremos pronto. ¡Chau chicos! —exclamó recogiéndose el cabello.

—¡Chau! —cantaron todos.

El sol de la tarde calentaba las aceras. Un enfiladero de casas pequeñas y blancas decoraba la calle. Afrodita, cargaba en un brazo a Samson.

—Gracias por rescatarme de los mares salvajes. Te debo una, preciosa.

—No tienes nada que agradecerme, pequeña tabla extraviada. Agradéceselo a mi papa, que él es quien te va a ayudar definitivamente.

—¿Tu papá?

—Sí, él es el único que te puede ayudar. Te llevaré para que lo conozcas.

Voltearon tras una esquina, bordeando el cerco blanco de la casa. —Papá, papá —gritó la bella joven abriendo las puertas del cerco—. Tengo aquí a alguien que necesita de tu ayuda. —Déjalo sobre el jardín, ya veré qué puedo yo hacer.

Ella asintió y se metió dentro de la casa.

Samson, en su forma de tabla, permanecía inmóvil sobre el gras recién podado, mirando con asombro al viejecito que rastrillaba las hojas.

—Perdón, es usted jardinero? —preguntó con curiosidad.

—Se podria decir que jamás he sido jardinero. Pero mis hijos me han presionado a que tome unas vacaciones y aquí estoy. Me han dicho que he estado mucho tiempo en las nubes y que era tiempo de pisar tierra firme. Así que heme aquí —declaró.

—Sí, probablemente sea lo mejor. No es bueno dedicarse todo el tiempo al ocio. A veces se debe trabajar un poco también —aseveró Samson, recordando con nostalgia su vieja empresa.

—¿Y quién eres? —inquirió la tabla.

—Soy Zeus, dios del Olimpo.

—Si que está tronado… —pensó.

—Eso es más que cierto —aseguró el viejo.

—Lo siento, yo no creo en esas cosas. Soy monoteísta. Pobre viejo, si fuera humano, tomaría prestado tu rastrillo para ayudarte  a recoger todas las hojas secas.

—¡Tonto! No es un rastrillo. Es mi trinche.

—Tu trinche?

—Sí, con él hago tronar la Tierra y destello la inmensidad celestial.

—¿Y para que me has traído hasta aca?

—Porque tu gracia ha sido favorecida por mi hija.

—No entiendo absolutamente nada, viejo loco…

—Aun a pesar de que me estés considerando un viejo inútil te concedere un deseo.

—¿Sí? ¿Lo harías? —respondió frotándose las manos con ansias—. Quisiera volver a ser Gorgorio Samson, empleado de… —se quedó mudo un momento, cavilando— quise decir, que yo quiero ser Gorgorio Samson, vicepresidente ejecutivo de la super-empresa de relojes Tiki.

¡Por los truenos y centellas! —gritó el jardinero alzando el rastrillo. El cielo se ennegreció con nubes oscuras que se iban juntando en segundos. De pronto, un rayo cayó directo sobre la tabla, y ésta empezó a derretirse convirtiéndose en un molde como plastilina.

—Muy bien, ahora quédate quieto —indicó Zeus. Con las habiles manos de un escultor, le plasmó forma con la punta de sus dedos.

—Definitivamente es Zeus —pensó Gorgorio mientras se sentía moldeado con fruición.

—Listo. Ya te moldeé- ahora para el toque final- TRUENOS Y ELECTROSHOCKS! —gritó.

Gorgorio aguardó.

—Aún no me puedo mover. Siento que  no soy mas que una masa de plastilina —protestó. —Ja ja ja —rió el viejo—. Tienes que esperar un poquito.

La tierra comenzó a temblar.

—Temblor? —susurró Samson, muerto de miedo. La intensidad del movimiento térreo era cada vez más brusco. A la distancia, una gran montaña, parecía moverse. Miró con temor, y poco discernimiento al gigante de piedra que se acercaba.

—¿Es- es – es?

—Es un titán,” respondió Zeus. —Ahora monstruo, haz lo que tengas que hacer o sino te regreso a tu jaula.

El titan gruñó en disgusto; tenía en la cabeza un gorro y antifaz de cirujano. Cogiendo dos prensas metálicas gigantes, las arremetió contra el enanizado cuerpo de Gorgorio, trasladándole 1000 voltios de descarga.

—¡Maldita sea! —gritó, cayendo inconsciente contra el suelo.

La luz del cuarto lo amedrentó. ¿Dónde se encontraba?

—Despiertate bobalicón —le dijo Lucho tirándole un par de almohadas sobre la cara. Gorgorio se destapó de las frazadas que lo ocultaban. —¿Qué, qué pasa? —bostezó.

—Vas a llegar tarde a tu trabajo, holgazán —vociferó su hermano Lucho.  —Mientras tú vas a tu puesto de empleaducho, yo me iré a correr unas olas.

—¿Empleaducho? No puede ser. Pero si Zeus me prometió que sería vicepresidente…

—¿Zeus? Tú no tienes remedio… qué te habrás fumado en las fachas que estás —dijo cogiendo su tabla y yéndose.

Gorgorio se vistió, cogió su maleta y escapó con sumo sigilo hacia el trabajo. Su destartalado carro desvió el camino de los otros automóviles en nubarrones negros. Samson no podia demorarse o llegaría tarde a su trabajo; así, su jefe tendría la excusa perfecta para despedirlo. Tocó bocina.

El semáforo estaba en rojo. Un par de payasos bailarines se pararon en medio de la pista a mostrar su espectáculo callejero.

Semáforo: luz verde. Uno de los payasos, que parecía no darse cuenta, seguía sus malabares frente al carro de Gorgorio. Bocinazo. El payaso, del susto, huyó corriendo. Luz roja.

—¡Maldita sea! —exclama él en su desesperación. Al fin la luz se pone verde y el carro arranca veloz.

Pasan unos minutos y al fin y al cabo ve el letrero de la compañía: Tiki: tiempo más allá de la eficiencia.

—Justo a tiempo —pensó Samson estacionando el carro dentro del recinto. Entró por la puerta trasera, haciendo cola con el resto de empleados. Sacó su tarjeta de control de asistencia y se registró. Entro inmediatamente al cuarto de ensamble. Cogió el martillo y se puso a trabajar.

El supervisor lo miraba de manera extraña. Éste se le acerco, luego de discutir paulatinamente con su radio. —Señor Samson, es necesario que hable con usted —irrumpió.

—¿Qué sucede?

—Usted esta atrasado.

—¿A- a- atra- sado? ¡Pero si llegue a la hora! —protestó.

—No, usted viene atrasado desde los dos días que no vino a trabajar. Ni siquiera se tomó la molestia de avisar la causa de su ausencia.

—¿Ausencia? Maldita sea, ¡Zeus existe!

—No señor, yo soy creyente, no pagano.

—Ahora, dígame, ¿por qué usted no vino estos dos días?

—Es que- yo era un grillo, y Pinocho- Pinocho era hijo del demonio y piensa apoderarse del mundo. Pero Afrodita me rescató de mi hermano que me ahogaba y luego su papá con un titán me regresaron… Ahora otra vez soy humano.

—Entiendo —murmuró el supervisor, tieso.

—En realidad mi intención no era molestarlo, señor Samson, ya que usted se ha vuelto un- un-  mejor será que hable usted mismo con el jefe.

Samson tragaba saliva, nervioso.

La oficina del gerente general se encontraba rodeada de papeles y ceniceros. Aún así, el cuarto se encontraba perfectamente amoblado y con una fresca ventilación que alejaba los incipientes humos del habano recientemente apagado.

—Señor Samson, siento informarle que debo tomar medidas debido a su desempeño laboral en nuestra empresa.

—¿Qué quiere decir? —dijo Samson acercándose a una de las sillas.

El gerente general, fijo bien sus anteojos, mirándolo con cierto susto.

—¡Oh! Usted es un- cuanto lo siento, por favor, tome asiento.

Gorgorio asintió sin comprender lo que sucedia.

El hombre de lentes cogió el auricular.

—Sí Betty, estamos en aprietos. Pásame con Li-Huan Tiki.

Samson escuchaba al gerente hablar en un idioma extraño. De manera abrupta colgó el teléfono.

—Gorgorio Samson, disculpa mi trato inicial, pero es necesario que vayas inmediatamente a hablar con Li-Huan Tiki, el presidente ejecutivo de la empresa.

—¿Qué? ¿Pero que he hecho? No comprendo.

—Venga conmigo, yo personalmente lo llevaré —afirmó el gerente.

Entraron a una sala majestuosa, pisos de marfil y 20 secretarias haciendo papeleos. Miró con envidia las mesas de trabajo y las computadoras de última tecnología.

—Es por aquí —indicó el jefe señalando una puerta.

La puerta se entreabrió y Samson fue expuesto ante la Asamblea Directiva.

—Señores, este es Gorgorio Samson.

—¡Dios mio! —gritó una ejecutiva— pero si es- es un-

—No hay necesidad de incomodarlo, señorita Greenfield —declaró el que se encontraba en el borde final de la mesa—. Mi nombre es Li-Huan y soy el fundador y dueño de esta empresa. Bienvenido, Gorgorio —dijo estrechándole la mano.

—Aun sigo sin entender.

—¿Qué aún no te lo han dicho?

—¿Qué cosa?

—Vas a ser ascendido.

—En serio? ¿Voy a ser supervisor?

—Más que eso. Vas a ser el nuevo vicepresidente ejecutivo de toda la compañía.

Samson se encontraba estupefacto. No podía creer lo que escuchaba. ¿Se habría vuelto loco el presidente?

—Discúlpenme un momentito. Necesito refregarme la cara que creo que me puedo desmayar de la emoción.

Algunas risas dentro del entorno. —Anda nomás Gorgorio, que nosotros te esperamos acá —anunció Li-Huan.

Gorgorio entró al baño. Tenía el tamaño de la cocina de su casa y paredes decoradas en mármol.

—Hmm… no me caería mal acostumbrarme a esta clase de vida. ¡Gracias Zeus! —gritó en voz alta.

Se refregó la cara con el agua fresca de los caños de plata. Ahora se sentía mucho mejor. Se miró al espejo. Cuando se dio cuenta, casi se le caen los ojos del susto.

—¡No puede ser! ¡Maldita sea! —exclamó furioso— soy un-

No quiso terminar.

Regresó al salon donde se encontraba la junta, lleno de confusión.

—¿Te sientes mejor Gorgorio? —le sonrió el presidente.

—En realidad no —dijo enfadado. —Soy un – ¡un Intocable! ¿Por qué me quieren contratar como vicepresidente?

—Ejem —el presidente aclaró su garganta— en realidad se debe al Principio de la Puerta Giratoria. Queremos mostrar que Intocables como tú no tienen por qué sentirse incómodos trabajando para nuestra sociedad. Lo importante es que eres el nuevo vicepresidente. Ahora es el momento que te entreguemos tu nuevo maletín. Esperemos que lo aprecies.

—Bueno, sí- pero-

—Puedes tomarte el resto de la tarde libre, señor Samson, nos vemos mañana en tu nueva oficina.

Samson se llevó el maletín, y lo metió dentro de la maletera de su viejo coche. Los extraños sucesos de aquel día lo mortificaban.

—Soy un Intocable —pensó con tristeza mientras se alejaba de la ciudad.

—Qué raro que mi hermano Lucho no se haya dado cuenta. Bueno, él nunca se da cuenta de nada—recordó—. Encima, me quieren poner como Vicepresidente de la empresa, de seguro por pena… sí, es pura rabia la que siento contra ese maldito Zeus, que ha jugado conmigo como si fuera un tonto… jamás debí pensar que él era un viejo inútil…

Paró su carro frente al enorme y turbulento río.

—Es mejor morir ahogado, a vivir codeado de la pena que me tienen otros —dijo en tono meláncolico. Se aproximó al borde del río, la fiereza de este, haciendo saltar pequeñas piedras.

—Te maldigo, ¡maldito lanza-relámpagos! —gritó Gorgorio mirando al cielo entre risas lamentosas.

—El maletín —respondió una voz en el aire.

Las nubes formaron la silueta de Zeus, indicando con un trinche hacia la maletera del vehículo.

—¿El maletin? —pensó Gorgorio, mirando la maletera. Sin pensarlo dos veces, abrió la maletera y lo sacó. Ahora lo apreciaba con claridad; un elegante maletín negro forrado de cuero. Lo sacudió. Parecia contener algo. Al lado de las llavecitas, se encontraban sus inscripciones: G. Samson. Con sumo sigilo dio vuelta a cada una de las llaves y abrió el maletín.

En su interior se encontraba un pequeño reloj, con una nota. La nota decía lo siguiente:

A nuestro mejor empleado de la Empresa,

Señor Gorgorio Samson, por medio de la presente queríamos mostrarle lo mucho que apreciamos su colaboración durante tantos años a nuestra super y fabulosa empresa multinacional de relojes. Como muestra de nuestra gratitud, le hemos adjuntado este pequeño obsequio, que esperamos, muestre significativamente nuestra apreciación hacia sus años de colaboración a la compañía.

Atentamente,

Sus asociados.

Miro el pequeño reloj que yacía en el maletin. Era un reloj análogo, de los primeros que hizo la empresa, con sus dos timbres de campana y sus pequeñas patas de apoyo. Gorgorio Samson, sonrió, aturdido. Zeus lo habia transformado en un Intocable, pero aún así, vio por primera vez que era apreciado.

Levantó el reloj y vio la parte de atrás: hecho en Taiwan. Un pequeño boton leía: ON / OFF. Encendió el boton. La maquinita perdió el control y comenzó a agitarse con violencia. Ese brusco movimiento hizo que Samson lo dejara caer al piso. De cada uno de los lados del reloj, emergían brazos, piernas y una cabeza cuadrada.

De pronto, este habló. —Soy un robot enviado de manera exclusiva. Mi misión consiste en la destrucción de Gorgorio Samson, cortesía de la Empresa Tiki. Comenzando conteo… 10, 9, 8…

—No- no lo entiendo —dijo Samson.

—5, 4, 3…

—Pensé que…

Una detonación apenas  hizo vibrar las enormes ventanas de la empresa de relojes.

La Fortaleza Frente al Océano (Cuento)

Érase una enorme fortaleza, donde una bandera ondeaba el poderoso emblema de la familia nobiliaria. Los flameantes colores rojo, verde y azul eran embestidos por los vientos aledaños, provenientes del profundo océano a orillas del refugio.

  —¡Largo tiempo viva nuestra Reina! —alabaron los que comenzaron a entrar a horcajadas.  Centenares de soldados entraron por una enorme puerta abierta de par en par. Repicaban los violines.

Tres meses habían transcurrido desde que comenzó la guerra. Una guerra desalmada contra los Mirmicinos, que buscaban también aquella zona que se hallaba entre el mar y el desierto. Muchos llamaban a esa cadena de montes verdes que se distinguía de la aridez, la  Cordillera Verde. Era una guerra de no acabar. Pero los Dorilinos sabían con certeza que quien ganase la batalla se apoderaría de la Cordillera Verde, y, quien tuviera esto, ganaría la guerra.

Era una bella mañana para los Dorilinos. Los soldados erguían el pecho al entrar a la fortaleza. Los que se hallaban en las torres, hacían una venia sonriente a los que seguían ingresando. Todo era orgullo, ahora que habían tomado la fortaleza. Los violines seguían sonando, a un compás de alegre barroco. El último en entrar al poderoso refugio fue el general, la leyenda viva de las últimas dos batallas.

  —Soldados, —dijo mirando con frialdad a los dos guardianes de la entrada— de ustedes depende la seguridad y el éxito de nuestra campaña militar. ¡Hemos hecho historia! Libros de nosotros serán producidos en toda Europa, Asia, y en especial — en África. Pero todo… digo TODO… me lo deben a mí. En sólo tres horas de lucha, logré desviar al enemigo y logré que ocupáramos la gran fortaleza. Ahora hoy, al bajar la luz, atacaremos. Mucho no pido de ustedes mis dos valientes soldados. Tan solo mantengan los ojos abiertos ante cualquier movimiento de los Mirmicinos. Tan sólo eso y la victoria será nuestra.

  —¡Sí general!  —respondieron los dos subalternos, mientras el general se retiraba a su descanso.

  —Bueno, ¿qué opinas del general? ¿Es todo un héroe no crees?

  —No Fili. No es un héroe. Es un arrogante. ¿No viste cómo se puso a hablarnos de sus       batallas? Me parece que quiere dárselas de galán con nuestra solitaria reina.

  —Tiene todo el derecho, ¿sabes? Por muchos años hemos estado esperando este momento. Buscábamos un líder, un guerrero y un visionario. Ahora estos tres atributos se encuentran en la encarnación del general.

  —¿Que no te parece un poco extraño Fili?

  —¿Extraño?

  —Sí extraño… en especial el hecho cómo logramos conquistar esta fortaleza. Fue todo tan fácil. Los Mirmicinos ni siquiera se aparecieron a defender este territorio…

  —A lo mejor lo abandonaron. Se quedaron sin reservas y tuvieron que dejarlo. Por eso andan tras la Cordillera Verde tanto como nosotros. Los pocos que llegaron y volvieron de allí dicen que llueve comida.

  —Fili, son tonterías. Ponte a pensar. Esto es una batalla y es probable que los pocos que lograron entrar a la cordillera hayan sufrido delirios. Aún me preocupa. Insisto que hay algo raro en esta fortaleza.

  —Sshhtt… escucha la música, ¿no es melodioso como tocan esos violines?

  —Fili, no nos incumbe ahora que nos han puesto de guardia. Temo que algo se esté tramando. La fortaleza está vacía… vacía… ¡vacía Fili! Ni siquiera se ha encontrado el más remoto grano de comida.

  —Creo que dramatizas un poco las cosas. Jamás podrían hacernos una emboscada, ni aunque juntasen a tres de sus ejércitos. Hemos diezmado a los Mirmicenos con las tácticas del general. Por eso, tampoco hubo resistencia al acercarnos a la fortaleza.

  —Fili, Fili, —dijo su compañero cogiéndose la cabeza, —jamás confíes en una victoria, sin los laureles bajo tu sombra. Incluso a veces, la sombra más pequeña puede ser más grande de lo que crees.

Llegó el ocaso. Las aguas del océano cortaban al sol en una enorme media naranja.

  —Sammy… date prisa. Se hace tarde…

  —Ahorita vuelvo, mami, —dijo el petizo de cinco años.

El pequeño corrió unos metros frente a la orilla del mar. De pronto, unos piecitos suaves aplastaron la fortaleza de arena,  mientras la madre, alzaba y sacudía toda la Cordillera Verde, librándola de los rezagos de pan y otros suministros pequeños que dejó su hijo en aquella toalla. Había cesado el júbilo y un vacío imperaba bajo el rugido de los mares. El lento gemido de los violines de los grillos se prolongaba, haciendo los honores a las hormigas fallecidas.

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