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Universidad Cuadrática – Cuento

 

“¿Aburrido de lo mismo? ¿Busca una universidad con principios educativos y a la vez divertidos? Venga a la Universidad Cuadrática, donde le enseñaremos lo que es aprender viviendo”.

Luchino vio el panfleto con cierta curiosidad. Acababa de terminar el colegio y buscaba una universidad donde estudiar. No pudo contenerse más y decidió averiguar cómo se aplicaba al examen de ingreso.
–Luchino, ten paciencia –le aseguraban sus padres–  no sabes nada acerca de esa universidad.
Tenían razón, y fue por eso que Luchino decidió averiguar más al respecto.

Al llegar, se quedó asombrado con la inmensidad de la misma. Se aproximó al gran portón en la entrada, esperando que alguien lo atendiera. Sin embargo, el único personal que yacía en el lugar era un sólo hombre uniformado. Luchino, se acercó cuidadosamente al hombre que cuidaba las instalaciones.

–Señor, disculpe, quisiera saber donde puedo conseguir más información sobre esta universidad.
–Dígame, ¿usted está interesado?
–¿Perdón? –dijo Luchino extrañado de la pregunta.
A esto, el vigilante se levantó de su banquillo, estrechando la mano del aturdido muchacho.
–Mi nombre es Ruprieto Benavio, soy el dueño de esta universidad.
–Mucho gusto, soy Luchino  y pensaba ver que facilidades dan en esta universidad para ver si postulo al examen de ingreso.
Ruprieto se recogió el bigote.
–¿Vas a ver a que universidad entras, eh? No te hagas la vida difícil. Te daré un tour gratuito.
Asintió con la cabeza mientras el viejo abría el portón de la universidad. Dentro del enorme portón, a las justas cabía un estrecho pasadizo por el cual entraba nada más una persona.
–Este pasadizo –murmuró el bigotudo– sirve para controlar a los alumnos que entran y salen de nuestra universidad.
–No entiendo, ¿no se supone que la entrada debería ser mucho más abierta para que los alumnos puedan entrar y salir más rápido?
Ruprieto se rió.
–Al contrario, mi querido amigo. Es más fácil controlarlos si ingresan de uno a uno. Lo cual, desgraciadamente no es suficiente.
Luchino lo miró con cara de asombro.

Unos cuantos metros más al fondo, una enorme puerta bloqueaba el estrecho camino.
–Como verás –dijo el viejo mientras abría la puerta– en nuestra universidad nos preocupamos mucho no sólo por que el alumno aprenda las clases sino también queremos que se conviertan en verdaderos deportistas.
La puerta llevaba a un vestuario.
–No comprendo, señor Ruprieto.
–Ponte esto encima –indicó entregándole ropa de buceo– si realmente quieres conocer el resto de la universidad.
Invadido por la curiosidad, se puso la ropa de buceo en el vestuario, el cual para este entonces ya era lo suficientemente ancho para poder considerársele un cuarto. Al fondo, unas escaleras descendían hacia una piscina que abarcaba todo el grosor.

–Los alumnos y docentes tienen que nadar a través de la piscina para poder llegar a sus aulas de clase. No se puede entrar de otra forma.
Luchino se puso el buzo con rapidez, avanzando hasta bajar por las gradas de concreto. El agua se mostraba tibia. Pronto al bajar descubrió que la piscina no tenía piso.
–Maldita sea, ahora tendré que nadar –pensó para sus adentros.
Pero en sí, la reconfortante tibieza del agua lo reanimó. Comenzó a nadar, braceando intensamente. Faltaba. Cambió entonces de postura, nadando de espaldas, luego estilo mariposa. Ya casi sin fuerzas, divisó muy próximo a él la orilla. Lo había logrado. Subió las gradas y se tumbó en el pasto que se hallaba a unos metros.

Cinco minutos permaneció tendido así, sin aire, cuando escuchó el sonido de un motor sobre las aguas. Era Ruprieto aproximándose en una lancha.
–Disculpa la demora, muchacho. Ahora prosigamos con el tour. No tengo mucho tiempo, así que te mostraré como funcionan nuestros salones de clase.
Comenzaron a caminar a través de la franja pastosa, y Luchino notó que mientras más avanzaban, se encontraban con más árboles. La caminata se hacía ahora cada vez más difícil. Ruprieto, con una hoz en la mano, cortaba los densos ramajes que se atravesaban en su camino. Pronto no se veía nada.

–Bueno, como verás, nuestro jardín está densamente poblado de árboles.
–Sí, ya veo, ¡es mas bien un bosque! –dijo Luchino sorprendido.
–Con esto, logramos que nuestros alumnos estudien en un ambiente propicio y lleno de aire puro que le dará mejor vigor a sus clases; al mismo tiempo contribuimos así con la preservación de los bosques amazónicos. Cuidado con la boa.
Ruprieto alzó su pierna en el momento justo en que una boa atravesaba su camino.

Pronto, los árboles fueron disminuyendo y el sol volvió a destellar, cegándole a ambos los ojos. Esta vez el camino estuvo bordeado por una acera que los dirigió hacia los ya vistosos pabellones de la universidad.
–Hemos llegado, acompáñame al primer pabellón por favor. El ascensor se malogró así que vamos a tener que ir por las escaleras eléctricas.

El recorrido, que hasta el momento resultó agotador, ahora parecía sumamente calmado. Los salones de clase tampoco eran cosa común. Delante de la pizarra y detrás del salón habían colocado arcos de fútbol. Un olor increíblemente apestoso emanaba del aula, y en medio de todo el zafarrancho yacían unas raras carpetas con palancas y botones.

Entonces el señor Ruprieto, comenzó su explicación:

“El salón de clase es el núcleo de nuestro sistema educativo. Aquí es donde el alumno deberá adquirir sus conocimientos dados por el maestro. Sin  embargo, hemos considerado importante la relación entre alumno y maestro. He descubierto que el odio generado entre estos dos, puede solucionarse en la misma clase con la colocación de dos arcos de fútbol. El maestro tendrá en su poder, no sólo que poder explicar la clase, sino que también será responsable de atajar en el arco todo tiro que le hagan los alumnos. Asimismo, los alumnos tendrán como deber que cuidar su portería en la parte de atrás del salón. Si observas, esto genera beneficio mutuo, ya que los alumnos nunca se aburren en las clases; el profesor nunca se queda dormido y a su vez son pocos los alumnos que desean sentarse atrás por temor a sentirse culpables en la portería. Si los alumnos logran anotar tres goles durante la clase, podrán irse todos sin que se les marque asistencia y se le penalizará al profesor. En caso contrario, si el profesor mete los tres goles, pondrá inasistencia a todos sus alumnos.”

Luchino se rascó la cabeza.
–¿Y no temen los profesores que los alumnos se puedan retirar del salón si se les pone la inasistencia?”
–No, eso no es problema, todas las manijas de las puertas son electrizadas con suficiente voltaje para dejar inconsciente a una persona. Eso le debo de agradecimiento a los chicos de la facultad de Electrónica.

Luchino, se agarró la nariz, tratando de soportar el espantoso olor.
–Ahora bien, eso en cuanto a las reglas de clase. Ahora, hablemos de la importancia de la comodidad para los alumnos. Los alumnos tienen la ventaja de tener carpetas reclinables para poder atender cómodamente a las clases. Estas carpetas, como las puedes admirar, vienen con televisores con cable, ranura para audífonos, y VHS. Debido a que los alumnos no pueden salir de clase en ningún momento, cada aula tiene barman incluido donde pueden apetecer de los más deliciosos y refrescantes tragos.

–No me diga… ¡¡es increíble!! Pero hay un pequeño detalle… ¿cómo hacen los alumnos si es que quieren ir al baño?
–Ah, eso! Casi lo olvidaba. Supongo que ya sospecharás algo por el olor del aula. Todas nuestras carpetas tienen incluido un retrete. Lo único que hay que hacer es pararse, levantar la tapa de la silla y listo, he allí la facilidad de no tener que estar interrumpiendo las clases por querer ir al baño. Con relación al papel higiénico, eso ya es cuestión de criterio. Un alumno inteligente usa los recursos que tiene a la mano para limpiarse el culo.

—-

Luchino es ahora un egresado ad honorem de nuestra orgullosa universidad. Así como él, usted también puede llegar a ser un profesional creativo e innovador. Para cualquier consulta busque al señor Ruprieto Benavio, dueño de la universidad, que él con gusto lo esperará en su nueva caseta de guachimán.

Univer-ciudad Cuadrática – Cuento

Cuento Ganador el 2002 del Primer Puesto de los Juegos Florales de la UPC

1

Luchino despertó. Miró su reloj; eran las once y diez de la mañana.
–Maldición, hoy comienzan mis clases –aseveró.
En Universidad Cuadrática, las vacaciones concedidas a los alumnos duraban un año. El otro año, era dedicado al ciclo de estudios. Era por eso que los alumnos más capaces acababan su carrera en diez años. Ni qué comentar sobre los alumnos de Medicina; era digno de fascinación ver a estos jóvenes de frentes arrugadas, pelo cano y veinte años de estudios, todos estos, amontonados sobre voluptuosas barrigas cuando salían como orgullosos egresados de la Institución. Obviamente muchos doctores,  aprovechaban para jubilarse a los cinco años de ejercer su profesión.

Luchino recordaba su primera visita a Universidad Cuadrática; las aulas con retretes, el frondoso bosque de las serpientes y la encantadora piscina; sí, más que nada la piscina. Se paró, entro al baño y refregó su rostro con agua fría. Observó tras el espejo su enorme y musculosa espalda; ésta era una forma de identificar a los estudiantes de Universidad Cuadrática: todos tenían espaldas anchas. Esta fisonomía particular, venía de la estricta preocupación integral de la institución por el bienestar de los alumnos. Todos los docentes y alumnos, para ingresar a las aulas, debían pasar nadando por aquella piscina, ya que la misma abarcaba toda el área de acceso a clases.

Luchino se cambió rápidamente, alistó sus cosas y encendió el carro. Era hora de partir, ver viejas caras y asombrarse con las peripecias de sus profesores. Se preparó unas tostadas con el aroma de mantequilla lentamente deslizándose de su cuchillo. 11:20 a.m. Sus clases comenzaban a las doce. Luchino vivía en el campo, a 60 kilómetros de la ciudad. No llegaría a tiempo si seguía masticando esas tostadas. Las escupió, dejando que los residuos salivosos sean picoteados por las gallinas.

Al salir de su granja, entrando en la despejada carretera, el auto ronroneó y traqueteó; iba a 80 kilómetros por hora, velocidad necesaria para llegar a tiempo a la universidad. Estaba notablemente emocionado. Sus obligaciones en la granja no le permitían ir a la ciudad durante las vacaciones.

El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. Siguió de frente el largo trecho que lo llevaba cada vez más cerca de la ciudad. Recordaba, el boletín de su universidad con orgullo:

Estimados Alumnos,

Nos es grato saludarlos a ustedes con el fin de darles las buenas nuevas. Universidad Cuadrática ha logrado ampliar sus horizontes, con lo que ahora hemos tenido el espacio suficiente para la creación de nuevas carreras profesionales; digno de nuestro sello, nuestra institución ha optado por la creación de carreras sumamente innovadoras. He aquí una lista de estas para aquellos interesados:

1– Peluquero Forestal: el alumno podrá dar un nuevo look ambiental en cortes de pelo, extrayendo de los más recónditos bosques la esencia necesaria para decorar la cabellera de su clientela en diversos estilos arbóreos.

2 – Plomero Contorsionista: capacitado para reparar todo tipo de tuberías a domicilio y en posturas elásticas para mayor alcance a lugares de difícil acceso. El alumno deberá entretener a la clientela con graciosas flexiones mientras trabaja; para esto, deberá pasar por cursos de yoga y elasticismo para suplir los requisitos de esta carrera tan demandante.

3 – Ingeniería Payasista: el alumno será capaz de sorpender a amigos y colegas con su sabiduría de las artes de circo. Sabrá como arruinar fiestas y analizar las últimas tendencias suicidas para emplearlas en un escenario no menos decente.

4 – Veterinario Ventrílocuo: a través del maravilloso mundo de la cirugía, el veterinario ventrílocuo podrá utilizar sus animales disecados como amenos títeres para las fiestas infantiles.

Sin importunarles más tiempo de su fructífera aventura universitaria, les deseo lo mejor.

Atentamente,

Ruprieto Benavio
(Rector Universidad Cuadrática)

El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. “Tantos recuerdos,” pensó suspirando mientras el carro avanzaba.
–Hey, Luchinaummmmmmmm!!! –escuchó resonar la voz de un conductor de vehículo que viajaba en dirección contraria.
El carro que se alejaba parecía correr a más de 300 kilómetros por hora.
–¡Locos!!! –exclamó Luchino, olvidándose que su universidad tenía esa misma fama.

Pero lo habían saludado. Sí, estaba seguro que eran compañeros suyos de la universidad. ¿Pero quienes podían haber sido? Tal vez fue Gorlozo, un muchacho de rostro deforme, que solía trabajar después de clases en las pruebas de resistencia de impacto vehicular, cosa que solía remarcar con orgullo mostrando sus elefantescas cicatrices.

El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. Luchino observó nuevamente su reloj, eran las 11:45. Tenía la sensación de estar aún muy lejos de su universidad. Prendió la radio con intenciones de relajarse. Aumentó el volumen, “Tum, tum, tum, tum, tum, infiernos, fríos, muerte, revelaciones, AHHH, MUERTE!”.

Cambió la estación. Necesitaba relajarse, no escuchar una sesión destructiva. Sus oídos afinaron al suave ritmo del Adagio en G de Albinoni. Era la estación que escuchaba cada vez que necesitaba relajarse. Pura música clásica. Ahora se sentía extremadamente tranquilo. Tan tranquilo que hasta creía sentir a la gente moviéndose al compás de su carro.

Aún así, contemplaba el panorama. El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe. El compás aletargaba el tiempo. La gente pasaba el carro a un ritmo tranquilo y caprichoso.
–Un momento –pensó Luchino– esto es demasiado irreal.
Apagó el equipo de música y observó la vereda; un anciano, a paso corto,  pasaba su vehículo presionando su bastón contra el suelo. Luchino sentía su pie sobre el pedal; sí, seguía presionando éste con fuerza. El velocímetro marcaba 85 kilómetros por hora. Contempló nuevamente el horizonte. El cielo era hermoso, un sol amarillo, alumbraba las casas de tejas rojas y paredes de adobe.

Era ilógico. Frenó y se bajo del vehículo con intenciones de ver que sucedía. No bien se había bajado cuando un súbito mareo lo hizo caer sobre la pista. La gente y las casas de tejas rojas se alejaban. Él estaba estático, pero retrocedía a una velocidad de 80 kilómetros por hora.
–¡¡¡Ahhhh!!! –gritó meneando la cabeza– con todo lo que he tenido que soportar estos años en Universidad Cuadrática y ahora esto!

Un sujeto de barba hasta la cintura saltó de la berma a la pista. Era Barbidio, el profesor de yoga de la universidad.
–Profesor Barbidio, ¡pero está usted loco! ¡Lo pude haber atropellado! –exclamó el joven.
–Eso lo dirán los astros en su momento, Luchino.
–No comprendo, dígame por favor qué sucede. ¿Por qué nos estamos moviendo para atrás si no estamos en movimiento?
Barbidio sacó un encendedor y lo prendió tranquilamente sobre su extendido mentón. Mientras su barba era consumida por llamas de fuego, calmadamente le explicó:
–Sucede mi estimado amigo, que nos encontramos en una pista con faja.
–¿Qué? ¿Tipo las máquinas trotadoras que se hallan en los gimnasios?
–Exacto –sonrió sudando por el intenso calor del fuego.
Ver a Barbidio con un haz de fuego en el mentón era una escena sorprendente.
–No entiendo por qué la municipalidad tomaría esa clase de medidas. No tiene lógica –protestó Luchino.

–Verás, mi estimado aprendiz, fue decisión de la Universidad Cuadrática, no de la municipalidad.
Luchino se jaló de los pelos.
–¿Por qué la Universidad haría una cosa así? ¿Acaso no quieren que lleguemos a entrar en la misma? ¿Después que harán? ¿Pondrán tiburones en la piscina que todos deben entrar nadando?
–Calma, calma, muchacho. Yo conozco el nuevo camino a la universidad. Subamos a tu carro.
Barbidio juntó sus dos palmas frente a su chiva de fuego y la apagó; Ahora expelía humo y olor a quemado. El auto ronroneó y traqueteó.
–Pero esta vez –murmuró– vamos en dirección opuesta.

Luchino no comprendía. Si iban en la dirección contraria, se alejarían cada vez más de la universidad. Dio la vuelta al carro y empezó a acelerar. Con ayuda de la faja, el carro parecía volar. Después de unos minutos, la velocidad del vehículo descendió a su velocidad normal.
–Hemos salido de la faja. Es más, allí esta tu granja, Luchino.
El muchacho asintió con la cabeza.

Los diez minutos siguientes transcurrieron rápido. Luchino bajó la velocidad al ver carros alineándose con sumo cuidado en una fila. Habían llegado al peaje. Luchino, empezó a balbucear, injuriar y mentar la madre.
–¡Por qué diablos habrán hecho un sólo peaje para tantos carros! ¡Maldita sea!
Bocinazos, caos y desorden. Un volkswagen en su desesperación había chocado al carro de su delante. Dos kilómetros más al fondo, un camión cisterna erupcionaba humo de su motor como lava ardiente.

La larga fila iba avanzando de a pocos. Tortuosos minutos después, Luchino se encontraba a un carro del peaje.
–Hola, Luchino. ¡Bienvenido!
Luchino alzó la cabeza y vio con sorpresa el rostro conocido.
–¿Ruprieto Benavio? ¿Pero qué hace usted trabajando en peaje? ¿Que acaso ya no está a cargo de Universidad Cuadrática?
Ruprieto se rascó el bigote sonriendo. –Claro que lo estoy muchacho. Sigo siendo el dueño de la universidad. Verá usted, hemos ampliado nuestras instalaciones.
–Sí –aseguró Luchino– leí el boletín.
–Que buen muchacho –sonrió el director –vas a la universidad, ¿no?
Asintió.
–Bueno, entonces deberás pagar $200 de peaje y estacionar tu auto en alguna parte de nuestro estacionamiento.
–¡Doscientos dólares!! –exclamó Luchino– ¡Por qué tanto!
–Es que como no se puede llegar a Universidad Cuadrática por la pista. Ya que le pusimos una faja trotadora, la única forma de llegar allí es por helicóptero.
–Entonces, –balbuceó Luchino– ¿por qué pusieron la faja?
–Por estética. Ahora págueme los doscientos dólares –sonrió Ruprieto.
Luchino sacó de su billetera el dinero y se lo extendió. El bigotudo le arranchó el billete con sigilo, levantando la tranca automática. Luchino atravesó el peaje presuroso, por temor a que esta se vuelva a cerrar.

–El director Benavio es un hombre muy humilde –comentó Barbidio– a pesar que es dueño de la universidad, trabaja en un pequeño puesto de peaje.
–Sí, creo que tienes razón –murmuró Luchino contemplando su billetera vacía.

La antigua carcocha entró a una larga vereda señalizada, donde un gigantesco cartel demandaba: Sólo para Cuadráticos. El vehículo fue estacionado y Luchino agregó,
–Rápido, creo que el helipuerto está allá.
Corrió agitado. Barbidio se había quedado atrás, caminando lentamente. Se apresuró, olvidándose del profesor de yoga,
–Al menos ya no sentiré ese olor a  quemado – se aseguró mientras le mostraba su carné de estudiante al guardia del helipuerto.
–Puede pasar –aseveró el mismo con voz queda.

2

El helicóptero descendió, mostrando el contorno de la isla rodeada de palmeras.
–Este lugar es fantástico! –murmuró Luchino a uno de los estudiantes que se encontraba mirando también el paisaje. La máquina aterrizó sobre una plataforma de aspecto hexagonal. Los veinte alumnos bajaron, contemplando el horizonte; delante de ellos todo era playa y palmeras.

El sol hacía el lugar aún más acogedor. Hermosas mujeres en bikinis saltaban de un lugar a otro; en la arena, los hombres se dedicaban al fútbol con sus gruesas bermudas floreadas. Rodeados por la frescura de las palmeras, los bares exhibían los daiquiris y piñas coladas con su sorbetín y sombrilla miniatura.

–Disculpe, –interrumpió Luchino al piloto– ¿es esto parte de Universidad Cuadrática?
–Así es muchacho. Sea usted bienvenido.
–Pero–  pero esto no puede ser. Es un paraíso! –exclamó Luchino– ¿cómo hago para llegar a mis clases?
El piloto sonrió. –Muy simple. Los letreros que han sido colocados en tierra firme te guiarán. Tú sólo haz lo que estos indican.
–OK, gracias! –despidióse el alumno.

Luchino avanzó sintiendo como los zapatos se le filtraban con arena.
–Amigo, ¿sabes como hago para llegar a la Universidad Cuadrática?
El muchacho de gafas oscuras, se encontraba tendido en su toalla, recibiendo a quemarropa, la luz solar.
–Estamos en Universidad Cuadrática, loco.
–No comprendo, ¿para esto se viene a la universidad? ¿Sólo para–
–Bueno loco, no sé tú pero yo vengo acá para huevear. Todos los que estamos acá somos de la Facultad de Ciencias de la Buena Vida. No creas que es una tarea fácil…
–¿Ah no?
–Por supuesto que no. Ayer ponte, tuve examen en mi clase de eticultura. Teníamos que comprobar experimentalmente, los efectos de tomar mucho whisky, ¿manyas? Desgraciadamente me jalaron –frunció la boca.
–¿En serio? ¿Por qué? –inquirió Luchino.
–Es que mis compañeros y yo nos acabamos las cinco botellas de whisky. Se supone que el profesor se las iba a tomar para que nosotros anotemos los efectos negativos en su persona, pero en fin.. nos terminó gritando, inculpándonos que jamás había estado tan sobrio como el día de hoy y por lo tanto nos iba a poner ceros a todos.
–Así que eso fue lo que sucedió…
–Sí, pero felizmente en el resto de cursos estoy bastante bien.
–¿Qué otros cursos llevas?
–Hmm..estoy llevando, Análisis Gastronómico, Arte Kamasutra….no, pero ese es en la noche… y Juegos Deportivos.
–Suena interesante –dijo Luchino mirando su reloj– pero me gustaría que me digas como llego a mis clases.
–¿Clases? Realmente vas a ir a clases? ¿Por qué no te quedas en nuestra Facultad? Acá ni siquiera te tienes que inscribir para graduarte. Sólo basta con que pagues tus cuotas universitarias y te quedes  10 años de buena vida en la isla.
Luchino miró a las dos chicas topless que pasaron frente a él.
–No –dijo apenado– no me puedo dar ese lujo.
–Bueno cuñao, francamente creo que tú estás mal de la cabeza. Pero en fin, si tú quieres encontrarte con todos los lunáticos y marcianos, eres bienvenido. ¿Chequeas ese letrero, allá al fondo en la orilla?
Asintió.
–Bueno, pues ese letrero dice como llegar.

El letrero se encontraba surcado por gaviotas. Estas se agitaron y tomaron vuelo ante la presencia del extraño. Luchino leyó el  vetusto cartel desparramado en guano:

“Bienvenidos a la Isla de la Facultad de la Buena Vida. El resto de nuestras instalaciones se encuentran a 20 kilómetros de la isla. Se deberá llegar a estas nadando y no por uso de otros medios. En caso contrario, alumnos de la universidad serán severamente sancionados.”

–No, ¡no puede ser!
Miró el lento y suave oleaje que extendía y retornaba sus fauces en la arenilla. Sonrió, agitado. El año pasado era necesario entrar a las facilidades de la universidad nadando a través de una piscina. Ahora la espalda, brazos y pulmones del estudiante se encontraban dispuestos a afrontar este nuevo reto: cruzar el océano.

3

La ropa de buceo le encajó perfecto. Entró en el agua cálida y se alegró ante el agrio olor a sal; su cuerpo cada vez se iba haciendo más diminuto hasta que sus piernas, sin dar con el piso, comenzaron a patalear con fiereza. El mar no ofrecía mayor resistencia, simplemente dejaba que su fiel rival lo atravesara como espada filosa. Braceó y respiró; el pataleo era intenso. Le aburría nadar mucho tiempo de esa forma así que decidió ponerse de espaldas. El sol, aún intenso, soltaba su brillo sosegado.

Luchino se relajó, tal vez demasiado; la extraña picazón sobrevino su pie derecho. Se estiró un ratito en el agua y se rascó. Debía seguir braceando, no detenerse en detalles absurdos. Ejecutó cinco brazadas adicionales y sintió nuevamente su pierna; esta vez sentía un fuerte jaloneo. Sudó frío. Miró a su alrededor, viendo que se encontraba solo, en medio de un vasto océano. El camino de regreso a la isla estaba a unos quince minutos. Dio una brazada más, tratando de ignorar su pierna, pero el dolor se comprimió en el músculo. Era un calambre.
–¡Auxilio! –aleteó los brazos– ¡Alguien ayúdeme!
Era inútil. Las piernas no reaccionaban. Poco a poco sucumbía a las mansas aguas flotando como una boya, inútil e inmóvil.

4

Luchino miraba el cielo. Una cara enorme, elongada y borrosa atravesó su visión.
–Parece que esta recobrando conciencia.
Viró la cabeza. Otro hombre con vestido escocés fumaba de una pipa. Sobresaltado, Luchino se levantó.
–Qué– ¡qué sucede! ¿Quiénes son ustedes?
Los hombres reían a carcajadas.
–Calma, calma muchacho. Somos los salvavidas de Universidad Cuadrática.
Miró a su alrededor. El escocés jaló la cuerda del motor, una, dos, tres veces. El motor arrancó y disparó a la lancha sobre el manso oleaje.

–Tienes suerte que te hemos avistado, muchacho. Pero igual vas a tener que sufrir las penalidades de la universidad.
Luchino los miró con sospecha,
–Un momento, ¿de qué penalidad me están hablando?
–Bueno –aclaró su garganta– simplemente que has incumplido las normas de la Institución.
–¿Qué?! Yo jamás–
–Sí, muchacho. Sí lo has hecho. El reglamento dice claramente que los alumnos sólo pueden cruzar nadando y no por otros medios. Tú estas viajando en una lancha. Has transgredido el reglamento.
–¡Eso no es justo! –protestó Luchino– pero si ustedes son los que me han subido a bordo!
–Bah, eso es lo de menos. ¿Qué acaso preferías ahogarte en el agua? No te preocupes por esa penalidad. Agradece mas bien que estés vivo.
–¿Y cuál es la penalidad?
–Te aumentarán $300 de multa a la boleta –sonrió el de la cara elongada.
Luchino los contempló fatigado.

Llegaron a la costa en poco tiempo. El lugar parecía una estepa, con franjas de pasto verde y colinas cubiertas de flores. Fue dejado a orillas, despidiéndose de los dos salvavidas con un suave movimiento de su brazo derecho. Se hundió en el agua que esta vez le llegaba hasta la cintura. Todo parecía perfecto, un paraíso; la tierra, los mares y el aire…

Luchino se zambulló justo a tiempo cuando vio una avioneta caer al mar en brotes de humo. La ambulancia llegó al instante, con dos paramédicos que se tiraron al agua y fueron al rescate del cuerpo.
–¡Cayó allá, cayó allá! –gritó el aturdido Luchino a los doctores.
Arrastraron el cuerpo a tierra con suma velocidad. El rostro estaba pálido, pero aún más Luchino, que conocía a la víctima; era Gorlozo.

En un santiamén se encontraba fuera del agua, corriendo hasta el lugar donde extendían a su amigo.

–Gorlozo, Gorlozo, ¿te encuentras bien?
Este sonreía, mostrando los tres dientes delanteros que le quedaban.
–Pucha, ¡que ha sido de tu vida maldito suicida! –rió Luchino.
–Lo de siempre, gajes de la carrera.
–¿Y no has pensado cambiarte de carrera? Estudiar para ser piloto de pruebas es un poco peligroso, ¿no crees?
Su amigo grito mientras le ponían una inyección.
–Sí lo sé, pero mi siquiatra me ha dicho que es mi vocación.
Luchino hizo un gesto sorprendido.
–Oye, pero te veo diferente. Algo te has hecho.
–Ah, sí. Me tuvieron que amputar una oreja al probar los nuevos celulares con encendedor incorporado.
–Bueno, pues –tembló de asco–  nos estamos viendo– y cuida esa otra oreja!
Luchino se despidió de su magullado amigo y continuó la travesía.

Cruzó la colina, y cuando lo hizo, quedó tieso. La ciudad había cambiado bastante. Las casas eran enormes, cada una parecía una mansión de dos o tres pisos. El aire era puro. A su alrededor vio las pistas limpias, transitadas sólo por vehículos propios y taxis. Se preguntaba que habría pasado con todos los microbuses. Niños, adultos y ancianos, caminaban portando libros en la mano.
–¡Increíble! –pensó– no puedo creer que tanto progreso y cultura cautivaran con fervor a la ciudad.

Echó dedo. Un taxi amarillo paró a su costado mirándolo fijamente.
–Buenas señor, cuánto me cobra por llevarme a la Universidad Cuadrática?
El taxista sacó un cigarro de la guantera furioso.
–Oiga usted, no me tome el pelo o ahorita salgo del vehículo y lo golpeo.
–¿De qué habla? No entiendo–
El vehículo aceleró y fue perdido de vista. Luchino se sacudió la cabeza.

Nuevamente llamó otro taxi.
–Buenas tardes, necesito que me lleve a la Universidad Cuadrática, porfavor.
El hombre sonrió. –Pero amigo, estamos en Univer–ciudad Cuadrática.

Lentamente lo que sucedía sacudía las redes neuronales del estudiante.
–O sea que todo esto–,
–TODO esto es parte de la Universidad. Se lo compraron todo al Gobierno hace ya ocho meses.
Luchino miró de nuevo la ciudad con nuevos ojos. Evidentemente, cada casa tenía el sello de la universidad, ahora transformadas en pabellones de la floreciente institución.
–¿Adónde quiere que lo lleve, joven?
–Porfavor, lléveme al Pabellón de la Facultad de Economía.
El taxista rió. –Usted es uno de los mediocres, ¿cierto?
–¿A qué se refiere? –respondió indignado.
El carro viró.
–Es que en el periódico leí, que ahora con las nuevas y extravagantes carreras que ofrece la universidad, aquellas otras carreras ya existentes son sólo para alumnos conformistas y mediocres. Decía también que estos alumnos buscan estancarse en el mundo de la globalización.
Luchino alzó los hombros en señal de no comprender.
–Me mantengo bien informado amigo, y eso es lo que decía el periódico.
–¿Y quien maneja el periódico? –inquirió el joven.
–Ah, esos son los muchachos de la Facultad de Periodismo Correctivo.
–Hmm…bueno, creo que no hablaría mal de ellos, entonces –murmuró Luchino con sarcasmo.

–Bueno, aquí es. Tienes suerte que no está nada lejos. A otros alumnos les he tenido que hacer cruzar 4 distritos –dijo frenando el vehículo.
El joven estudiante miró por la ventana.
–No puede ser. Pero ese pabellón de allí… ¿que no era antes la casa de mi abuelo?”
–¡Qué sé yo! La Institución compró todas las casas y edificios de la ciudad. Los que se negaban a irse fueron sometidos a juicio. Como yo –murmuró tristemente el taxista– antes tenía mi departamento y un trabajo como ejecutivo. Desde que rehusé abandonar mi casa, El Hermano Rector me abrió juicio, despojándome absolutamente de todo. Ahora ya ves, soy taxista y trabajo como empleado de la Institución. No me queda otra.
–Sí pues –murmuró Luchino con tristeza– no te quedaba otra.

–Bueno, amigo –necesito que me muestres un ratito tu carné universitario.
Luchino se lo entregó. El taxista atravesó la tarjeta por una pequeña maquina en el respaldar del vehículo. Se la devolvió al momento.
–Toma muchacho. No te preocupes, con tu carné universitario el costo del taxi ahora se carga a tu boleta.
Luchino salió a la intemperie, sonriendo. Veía con orgullo el renacer de su nueva univer–ciudad.

Vientos – Poema

 

Soplos de la noche

corren taciturnos,

sin ritmo ni trasnoche,

sin cielo de canciones,

en las tardes del soroche.

 

Soplos del día,

reflejan luz de valles,

mientras sombras se escondían

entre angostas calles.

 

Soplos de la noche,

Soplos del día,

corriendo sin reproche,

sin falsa la osadía,

navegando por los aires.

Silencio – Poema

 

Gaviotas colorean los mares en un oleaje de primavera.

Vuelve a mí viento perdido, voz de los océanos,

y aleja las tempestades y sus gritos de fuego.

Dispara relámpagos como dardos hacia mis enemigos,

y déjame a mí yacer en un colchón de aguas dulces.

 

En mi corazón prima el silencio,

el tamborileo profundo de noches sin retorno.

Dagas oscurecen la verdad.  Sácalas y el mundo se desangra.

Sus misterios por ende yacen,

ocultos bajo libros de piedras.

Rieles del Tiempo – Poema

 

Triste retrueno de rieles

anuncian la ida de seres queridos

con un lento venir,

con un sigiloso despedir.

 

Un agudo tintineo,

anuncia el tiempo

ya llegado a su fin

mientras viscosos humos de estribor

cubren vela sobre la reciente penumbra.

 

El cielo apagado,

opacado por la lejanía del tren

ya se aleja,

dejando atrás la amarga desolación

de llantos y murmullos.

Réquiem ad Astra per Aspera (Poema)

Surge tras los montes

la desastrosa ave

del pico en réquiem.

Su noche de lívida presencia,

escarmienta los pájaros,

menos aquél.

Tan gris es el aparato

que la luna refleja

y en los aires gélidos

la cabeza pone en pie

como quien alberga

la paz de un rey.

Cuando sus pastosas tierras

pronto se talquean,

bajo dos augurios

un eclipse retoña.

Cambia de faz

la noche enternecida,

brotan los húmedos rosales

de la efímera mañana.

La corriente carraspea

el acerbo pedregal,

el murmullo se torna

en extraño rumor.

Ya al alzar la mirada

veo quién soy:

aquél al que el pasaje efímero del tiempo

todo le dio.

Pedestal de Hierro (Poema)

Pedestal de hierro tengo,
ante ustedes y mis ojos.
Un ciego alimento sexual,
que cena pero jamás engorda;
y todo por sentir este vacío
falto de amor.

A veces sueño,
en mi subconsciente platónico,
con aquella mujer,
niña de espíritu,
loca y desenfrenada,
pero cúmulo intelectual
de sonrisa sensual
e inocencia casual.

Luego despierto
para ver que no estás,
y sentir- sólo sentir…
que algún día estarás.

El Murmullo que Silencia los Ríos (Poema)

Eres dulce mi primavera,

verde en el pasto donde floreces,

azul en tu suave canto de paloma.

 

Tu murmullo silencia los ríos

y me embriago

con el tibio raudal de olas

con el que rodeas mi cuerpo.

 

Arrastrado en tus aguas,

déjome llevar al inconsciente destino

donde desembocas.

 

Échome en tu verde pedestal

de hierbas y fragancias dulces,

y de pronto me hallo

botando suspiros color rosa.

 

Oh sol,

¿qué sucede con tu luz

que ha sido opacada por ojos

del color de la propia tierra?

Encontré dos tiernos luceros

en el río profundo y lejano

del Edén secreto;

aquél donde avizoran las montañas

frente al muro y sus lamentos.

 

No oses bajar el cuello

permitiendo que esas lágrimas

hagan más salada esa mar

y más lamentado ese muro.

 

Coloca tu mano sobre la mía

aferrándote con fuerza

y verás resucitar la mar que ha muerto.

Metámonos en sus aguas dulces

que dejaron atrás la sal.

 

Ahora observa mis ojos risueños

claros sobre ese rostro tan tuyo

y únete a mis esperanzas

que no serán más un muro de lamentaciones,

sino uno de constantes alegrías.

 

Te acercas como una rosa

y tan delicada yo te toco

tus labios de polen

emanando la miel

que mi paladar

poco a poco palpita.

 

Dame un abrazo fuerte-

como raíces que brotan

de árboles inclinados y tersos

en un entrelazo que sólo cesa

si con el hacha

la vida me cortas.

La Llanta Humana (Poema)

Nunca antes se había visto

un fenómeno como La Llanta Humana.

Su ruedo ha marchitado las flores,

callado el pico al gallo

y aguado el día a San Valentín.

Con tanto chapucero,

¿quién puede ver los huecos de la pista?

La Llanta Humana,

ay, ¡pobre de ella!;

sube la cúspide del cerro,

sin saber que después

rodará cuesta abajo;

aceptémoslo pues a murmuro de huayco,

mientras La Llanta Humana

tropieza su cerro y nos aplasta.

¿Por qué será que como peruanos,

vemos sólo círculos, ruedas y rodeos?

Escombros Ideales (Poema)

Ya iniciado el letargo citadino que cumula el resorte nocturno,

Un rutilante pasaje de quebradiza soltura cuelga lo diurno.

El opaco celestial de embolsado furor ya cesó su sol enmarmolado.

Son los absortos trazos ilusos los que ignitan las semillas creativas

Esculpiendo en cinceles concreto desviado en abstracto enarbolado.

Zaherir causa justa en vientos ruinosos es hundir el vaivén

De olas etéreas que sumergen tal realismo en corrientes del Zen.

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