Eres dulce mi primavera,

verde en el pasto donde floreces,

azul en tu suave canto de paloma.

 

Tu murmullo silencia los ríos

y me embriago

con el tibio raudal de olas

con el que rodeas mi cuerpo.

 

Arrastrado en tus aguas,

déjome llevar al inconsciente destino

donde desembocas.

 

Échome en tu verde pedestal

de hierbas y fragancias dulces,

y de pronto me hallo

botando suspiros color rosa.

 

Oh sol,

¿qué sucede con tu luz

que ha sido opacada por ojos

del color de la propia tierra?

Encontré dos tiernos luceros

en el río profundo y lejano

del Edén secreto;

aquél donde avizoran las montañas

frente al muro y sus lamentos.

 

No oses bajar el cuello

permitiendo que esas lágrimas

hagan más salada esa mar

y más lamentado ese muro.

 

Coloca tu mano sobre la mía

aferrándote con fuerza

y verás resucitar la mar que ha muerto.

Metámonos en sus aguas dulces

que dejaron atrás la sal.

 

Ahora observa mis ojos risueños

claros sobre ese rostro tan tuyo

y únete a mis esperanzas

que no serán más un muro de lamentaciones,

sino uno de constantes alegrías.

 

Te acercas como una rosa

y tan delicada yo te toco

tus labios de polen

emanando la miel

que mi paladar

poco a poco palpita.

 

Dame un abrazo fuerte-

como raíces que brotan

de árboles inclinados y tersos

en un entrelazo que sólo cesa

si con el hacha

la vida me cortas.